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‘Georgia on my mind’

El día del voto es una gran fiesta, pero algunos no quieren que todos estén invitados

Una trabajadora electoral de Gwinnett hace una pregunta durante el recuento de los votos de las elecciones en Lawrence (Georgia, Estados Unidos), el 13 de noviembre de 2020.
Una trabajadora electoral de Gwinnett hace una pregunta durante el recuento de los votos de las elecciones en Lawrence (Georgia, Estados Unidos), el 13 de noviembre de 2020.Megan Varner / AFP

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En las pasadas elecciones de Estados Unidos, los republicanos de Donald Trump perdieron el Estado de Georgia por 11.779 votos. Una cantidad muy ajustada, si tenemos en cuenta los cinco millones de electores de ese Estado, que inclinó la balanza en favor de los demócratas. La reacción posterior del presidente Trump, tratando de negar los resultados, resultó infructuosa, pero tiñe aún la estrategia del Partido Republicano de un tufo negacionista. En unas elecciones que marcaron un récord absoluto de participación, el resultado se explica por la intensa movilización de ciudadanos que a menudo se quedan sin votar. Por ello, los republicanos han activado 361 proyectos de lo que se llama leyes reactivas o que desincentivan el voto de las minorías y las personas con menor poder adquisitivo. En Georgia, precisamente, se ha reducido el tiempo para que los votantes soliciten su voto anticipado y se endurecen los requisitos para formalizar el registro. No hay que olvidar que un 25% de los electores de ese Estado participaron por correo en las pasadas elecciones y de entre ellos el 75% se inclinó por el Partido Demócrata. El big data se ha puesto a trabajar para favorecer la abstención y la indiferencia.

Se trata solo de un ejemplo esclarecedor en uno de los países que presume de simbolizar la democracia participativa. Sí, el día del voto es una gran fiesta, pero algunos no quieren que todos estén invitados. Por ello se disuade de votar con obstáculos insalvables y a veces ridículas medidas, como la de prohibir dar agua o comida a quienes tienen que esperar largas colas, o como en Florida al obligar a registrar la firma personal anticipadamente. Los que conocen el juego electoral saben que tan importante como atraer voto a favor es desincentivar el voto en contra. Lograr desanimar a ciertos votantes es quizá un esfuerzo vergonzante pero muy eficaz. A los madrileños no les va a costar mucho imaginar el cálculo de quien convoca las elecciones un martes laborable tras un largo puente festivo.

De entre todos los votantes, quien se abstiene es quien más suele presumir públicamente de ello. Se vanagloria con aires de insumiso e irreductible, porque considera que nadie le podrá achacar los errores de los políticos. Todos lo hemos hecho. Desvincularse del lado patán de todo candidato es una liberación. Y más aún de su posterior obra de gobierno, necesariamente incompleta, frustrante y discutible. Pero detrás de la decisión de no votar se esconde un gran esfuerzo por parte de los estrategas de los partidos. Quizá es el votante mejor seducido, porque muerde el anzuelo sin saber que lo muerde, creyendo que a él nadie le ha engañado. Pobre iluso. La estructura del Estado, el papeleo, la tasación, la eterna tutela y, en muchas ocasiones, la hipoteca a 30 años, le concede el derecho a la indiferencia, a evadirse, a pasar de todo el día de las elecciones. Ya padece bastante el gremio de profesionales de la política, que hoy por hoy no brilla por su carisma, como para encima concederles su ilusión. Pero es conveniente tratar de analizar cuántos se alegrarán de tu decisión de no votar, cuántos festejarán en secreto que el hastío te venza y hasta contabilizarán tu indiferencia como uno de los grandes logros de su sutil inteligencia. Ellos son los secretos triunfadores de la fiesta de la democracia. En Georgia ya están manos a la obra.


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