Editorial
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El mal sabor de la Superliga

El proyecto elitista asestaría un duro golpe a los valores fundacionales del fútbol

Los futbolistas Lionel Messi y Sergio Ramos en un encuentro entre el FC Barcelona y el Real Madrid de esta temporada.
Los futbolistas Lionel Messi y Sergio Ramos en un encuentro entre el FC Barcelona y el Real Madrid de esta temporada.ALBERT GEA / Reuters

Una docena de grandes clubes de fútbol europeos ha anunciado su intención de crear una Superliga que representaría la voladura del sistema vigente y una profundísima herida al espíritu propio de este deporte. El proyecto forjaría un torneo con plaza asegurada permanente para 15 equipos de élite del continente —que serían los dueños del formato— y al que cada año estarían invitados tan solo cinco clubes externos, una sustitución de facto de la actual Champions League, a la que se accede por mérito sobre la base de los resultados anuales de las ligas nacionales. La razón de la iniciativa reside en el interés financiero de las entidades involucradas —entre ellas Real Madrid, Barcelona y Atlético de Madrid—. Estas contarían con la garantía de cobrar todos los años los beneficios asociados a pertenecer a esa liga de estrellas y, con toda probabilidad, la perspectiva de que estos sean mucho más cuantiosos que en la actualidad, con una Champions League abierta a más participantes y controlada por la UEFA.

Los daños colaterales de este plan serían muy graves. En primer lugar, un golpe casi letal a la épica de un deporte que, aunque esto suceda cada vez menos, está abierto estructuralmente a que equipos David puedan vencer puntualmente a los Goliat, o que con el buen trabajo se pueda paulatinamente pasar de la mediocridad a la excelencia. En segundo lugar, un mazazo a las ligas nacionales, que sufrirían la sombra de esta Superliga, perdiendo el aliciente de ser propulsoras hacia la Champions League en razón del mérito y sufriendo el creciente interés de los clubes de élite por la otra competición. No es casual que los líderes de varias ligas nacionales se hayan expresado duramente en contra, subrayando cómo varios de los clubes involucrados en la operación sufren pésimas gestiones que acumulan deudas pese a su fama mundial. La UEFA también se ha opuesto con fiereza, anunciando una lucha sin cuartel. Está por ver que las represalias anunciadas sean legales; pero también las autoridades de libre competencia tendrán que echar un buen vistazo a este oligopolio claramente dañino para los demás. Entre los críticos del proyecto destacan líderes políticos como Emmanuel Macron y Boris Johnson.

Los sostenedores del nuevo torneo señalan que sería algo muy parecido a la liga profesional de baloncesto de EE UU, un proyecto muy exitoso. Pero no pueden olvidarse los hechos diferenciales que marcarían su réplica en el fútbol: una historia centenaria apoyada en el sueño de poder algún día subir hasta la cumbre —y el miedo a caer del pedestal—; así como el negativo impacto deportivo y económico en tantas ligas nacionales, sin equivalencia en el caso estadounidense. Son historias distintas.

No caben ingenuidades: esto no es otra cosa que un pulso de poder. Los grandes clubes quieren sacar mejor provecho de su posición dominante; al otro lado, se halla una institución muy desprestigiada como la UEFA. En el medio, un deporte que hace soñar en todo el mundo a legiones de aficionados, y en cuya base está la épica de que la vía está abierta siempre y hasta el final para los equipos que lo merecen. Este proyecto destruye ese concepto. Harían bien sus promotores en reconsiderarlo.

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