Jair BolsonaroColumna
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Atención: Bolsonaro se va a volver más peligroso

Si el ‘impeachment’ no avanza, Brasil (y el mundo) necesita prepararse para algo aún peor que el récord mundial de muertes de covid-19

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, durante una ceremonia en Brasilia, el pasado 5 de abril.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, durante una ceremonia en Brasilia, el pasado 5 de abril.ADRIANO MACHADO / Reuters

Primero. No existe la más mínima condición moral para discutir sobre las elecciones presidenciales brasileñas en 2022. Hacerlo es ignorar el horror diario de Brasil, que el 6 de abril registró el récord de 4.195 muertes por covid-19. Jair Bolsonaro tiene que ser sometido a un juicio político ya. Cada día que pasa con Bolsonaro en el poder es un día con menos brasileños vivos. Muertos no por una fatalidad, porque el mundo vive una pandemia, sino porque Bolsonaro y su Gobierno han propagado el virus y han convertido a Brasil en un contraejemplo mundial.

Vamos camino de los 400.000 muertos. Si Brasil sigue así —como advierten varios epidemiólogos— superaremos el medio millón. Y las muertes continuarán. Si este exterminio no es suficiente para mover a quienes tienen la obligación constitucional de promover o apoyar un juicio político contra Bolsonaro, es importante que abramos los ojos ante una gran probabilidad. Bolsonaro es una bestia. Acorralado y aislado, es casi seguro que se vuelva más peligroso. Es urgente detenerlo antes de que se produzca un horror aún mayor que cientos de miles de muertes.

Que a Jair Bolsonaro no le importa nadie más que él mismo y sus hijos varones, está clarísimo. No duda en poner la zancadilla a quienes le ayudaron a ser elegido —que se lo digan al abogado Gustavo Bebianno— y también a quienes le ayudaron a mantenerse en el cargo —que nos lo diga el general Fernando Azevedo e Silva, ya que Bebianno ya no puede—. Bolsonaro no es leal a nadie, solo le importan sus propios intereses. Más que intereses, Bolsonaro tiene apetitos. Solo le importan sus propios apetitos.

Sin embargo, a Bolsonaro le ha cogido gusto a la popularidad y a la idea de ser el líder de un movimiento. Bolsonaro, una mezcla mal acabada de perro rabioso y bufón de la corte, que durante casi 30 años chupó de las arcas públicas como diputado sin hacer nada relevante, apreció que finalmente se le tomara en serio. Y eso produjo un efecto en él, como en cualquiera.

Bolsonaro fue elegido y empezó a gobernar con generales que lo apoyaban, justo a él, un capitán que salió del Ejército por la puerta de atrás para que no lo arrestaran (otra vez). Bolsonaro fue elegido y comenzó a gobernar con Paulo Guedes, un economista ultraliberal que contaba con la bendición de ese ente metafísico llamado “mercado”, que tanto opina en los periódicos, siempre nervioso y con humores, pero rara vez con cara. Bolsonaro fue elegido y comenzó a gobernar con el todavía héroe (para muchos) Sergio Moro, con su capa de juez justiciero contra los corruptos. Bolsonaro, que solo daba risa, de repente fue aclamado como “mito”, elegido para dirigir un país.

Era un delirio en cualquier mente cuerda, pero el delirio se hizo realidad porque Brasil no es un país cuerdo. Una sociedad que vive con la desigualdad racial brasileña no tiene forma de estar cuerda. Una mayoría de electores que vota a alguien que dice que prefiere que su hijo muera en un accidente de tráfico a que sea gay y que defiende en un vídeo que la dictadura debería haber matado “al menos a unos 30.000” no pertenece a una sociedad cuerda. Esta sociedad, de la que todos los brasileños formamos parte y, por tanto, somos colectivamente responsables, ha gestado tanto a Bolsonaro como a sus electores.

Sin perder nunca de vista sus apetitos, Bolsonaro se creyó el delirio. Sin embargo, la realidad lo ha ido corroyendo. Finalmente, en el tercer año de su gobierno, Bolsonaro se descubre aislado. De bufón del Congreso —una imagen con la que convivía sin mayores problemas— ha pasado a ser llamado “genocida”. Haber liberado al pueblo de lo políticamente correcto, como anunció en su discurso de investidura, puede haber liberado también varios horrores, hasta el punto de permitir que un misógino, racista y homófobo como él llegue a ser presidente. Pero el genocidio es un peldaño que todavía sigue en el mismo lugar. No se puede bromear con el genocidio.

Quienes aún tienen algo que perder han empezado a alejarse de Bolsonaro, con las más variadas excusas, a lo largo de los primeros años de su Gobierno. De Janaina Paschoal, una de las autoras de la solicitud de impeachment contra la expresidenta Dilma Rousseff, a Joice Hasselmann, exlíder del Gobierno en el Congreso. De la milicia digital Movimiento Brasil Libre a su propio partido, el Partido Social Liberal. Y entonces el exministro de Justicia Sergio Moro se fue y salió disparando. Y, a finales de marzo, les tocó a los militares. Bolsonaro quiso hacer una demostración de fuerza destituyendo a un general, y el apoyo de los pechos estrellados de las Fuerzas Armadas se redujo, cuando mucho, a media docena de generales. Bolsonaro todavía tiene que soportar en la nuca el aliento del vicepresidente Hamilton Mourão. El general, el único que no es destituible, siempre encuentra la manera de avisar sutilmente al país (que ya ha llevado a la presidencia a tres vices desde la redemocratización, uno por muerte y dos por destitución) que está a su disposición si es necesario. Mourão siempre está por ahí, ingeniándoselas para que le recuerden.

La caída del canciller Ernesto Araújo ha sido un punto de inflexión en el Gobierno de Bolsonaro. Porque Bolsonaro se vio obligado a destituirlo y a Bolsonaro no le gusta que le obliguen a nada. Resentido como un niño mimado, reacciona con rabietas infantiles o violencia, lo que en parte explica la mal calculada destitución del ministro de Defensa, equivalente a un codazo para demostrar quién manda cuando siente que ya no manda lo suficiente. Pero sobre todo porque Ernesto Araújo era importante para Bolsonaro. Era el idiota ilustrado del bolsonarismo, responsable de dar un cariz supuestamente intelectual a un Gobierno de ignorantes que saben que son ignorantes.

Araújo siempre fue mucho más importante que el gurú Olavo de Carvalho porque era el ideólogo del bolsonarismo dentro del Gobierno y traía consigo la legitimidad (y el lustre) de ser un diplomático de carrera en el Ministerio de Relaciones Exteriores, aunque oscuro. Su discurso de investidura como canciller fue una ametralladora de citas para hacer gala de erudición. La pieza final fue delirante, pero cuidadosamente pensada como documento fundacional de lo que el entonces canciller anunció como una “nueva era”. Un delirio. Pero ¿qué es Bolsonaro en el poder sino un delirio hecho realidad?

Perder a Araújo o, peor aún, verse obligado a darle la patada en contra de su voluntad, significa para Bolsonaro que ya no existe el simulacro de un proyecto más allá de sí mismo y del parapeto que eso representaba, que ya no existe ningún anhelo o expectativa de ser algo en la historia. Bolsonaro ahora también es oficialmente solo él. Y él sabe quién es.

Bolsonaro ha convertido a Brasil en un gigantesco cementerio. Y ese ha sido un titular recurrente en periódicos de idiomas muy diversos. Su proyecto de diseminar el virus para garantizar la inmunidad por contagio, un barco agujereado en el que embarcó el primer ministro británico Boris Johnson al inicio de la pandemia pero que abandonó cuando el Reino Unido presentó las peores estadísticas de Europa, ha dado al Gobierno brasileño el título de peor gestión de la pandemia entre todos los países del planeta.

Si se permitieran cumbres presenciales, Bolsonaro difícilmente conseguiría posar para un retrato oficial junto a cualquier jefe de Estado con autoestima y preocupación electoral. El brasileño está considerado un paria y estar cerca de él puede contaminar a su interlocutor. En el escenario mundial no es un mito, sino un mico (con el perdón del animal que, gracias a Bolsonaro, hoy vive mucho peor en todos sus hábitats naturales).

Bolsonaro es radiactivo y ha infectado las relaciones comerciales de Brasil con el mundo. Algunas grandes cadenas de supermercados, por ejemplo, no quieren arriesgarse a sufrir un boicot por vender carne y otros productos de un país gobernado por un destructor de la mayor selva tropical del mundo. Nadie que aprecie la imagen de “demócrata” quiere negociar con alguien cada vez más pegado a la etiqueta de “genocida”, especialmente en una Europa presionada por activistas climáticos como Greta Thunberg y con los “verdes” aumentando su influencia en varios parlamentos.

Este martes, 199 organizaciones ambientalistas brasileñas han publicado una carta abierta a Joe Biden en la que alertan sobre el riesgo que un inminente acuerdo de cooperación entre Estados Unidos y el Gobierno de Bolsonaro traería para la emergencia climática, los derechos humanos y la democracia. Descubrir que el Gobierno de Biden ha mantenido conversaciones a puerta cerrada con el de Bolsonaro sobre el medio ambiente durante más de un mes ha sorprendido al mundo democrático. Según la carta, las negociaciones con Bolsonaro —un negacionista de la pandemia que ha desmantelado la política medioambiental de Brasil al que los indígenas han acusado en la Corte Penal Internacional de crímenes de lesa humanidad— contaminan la narrativa de Biden, que ha prometido luchar contra la pandemia, el racismo, la crisis climática y promover la democracia en el mundo. “El presidente estadounidense tiene que elegir entre cumplir con su discurso de investidura o darle a Bolsonaro recursos y prestigio político. Imposible tener ambas cosas”, afirma el texto.

Tras más de dos años con Bolsonaro en el poder, Brasil vive uno de los peores momentos de su historia. La economía se ha hundido. El PIB brasileño es el peor de los últimos 24 años. El hambre y la miseria han aumentado. La Amazonia está cada vez más cerca del punto sin retorno. Los cuatro hijos varones de Bolsonaro (su hija es solo el fruto de un desliz, ¿recuerdan?) están siendo investigados por corrupción y otros delitos. Su conexión con las mafias paramilitares de Río de Janeiro y la intersección con la ejecución de la concejala Marielle Franco —ella sí que era un icono—, se vuelven cada vez más evidentes. Uno tras otro, los principales periódicos del mundo retratan a Bolsonaro como una “amenaza mundial” en sus editoriales y reportajes.

¿Quién permanece junto a Bolsonaro hoy? Paulo Guedes, anunciado como un superministro para aplacar los ánimos del mercado, ha sido solo un miniministro desde el inicio del Gobierno. El hecho de que siga siendo el titular de la cartera de Economía en un Gobierno con semejante desempeño dice mucho más de Guedes que de Bolsonaro. Si fuera una empresa privada, como las que él tanto defiende, lo habrían despedido hace muchos meses. Y no sirve de nada echarle la culpa a la pandemia, porque varios Gobiernos del mundo, incluso en América Latina, han mostrado unos resultados económicos mucho mejores, entre otras cosas porque decretaron confinamiento.

Los líderes del evangelismo de mercado también siguen a su lado. Es importante diferenciar a los evangélicos para no cometer injusticias. Quienes apoyaron y apoyan a Bolsonaro y sus políticas de muerte son los grandes pastores vinculados al neopentecostalismo y al pentecostalismo que han convertido la religión en uno de los negocios más rentables de esta época, y también algunas figuras católicas. Las iglesias se han beneficiado de la condonación de una deuda, concedida con la bendición de Bolsonaro, de 338 millones de dólares, dinero que, es importante señalar, se le está quitando a la población porque le pertenece. Sin ningún compromiso con la vida de los fieles, esos mismos pastores y curas abrieron sus templos en Semana Santa, autorizados por Nunes Marques, magistrado-mascota de Bolsonaro en el Supremo Tribunal Federal, provocando aglomeraciones en un momento en que Brasil cada día superaba al anterior en récord de muertes por covid-19.

Y también siguen a su lado media docena de generales en pijama, de quienes tratan desesperadamente de distanciarse los generales en activo para no corromper aún más la imagen de las Fuerzas Armadas. También está el Centrão, el numeroso grupo de diputados de alquiler que hoy manda en el Congreso, pero que ya ha demostrado que, de la noche a la mañana, puede cambiar de bando si es más rentable, como hizo con la expresidenta Dilma Rousseff en un pasado muy reciente. Esta chusma es la que sigue junto a Bolsonaro, que ya no encuentra personal mínimamente convincente ni siquiera para recomponer su propio Gobierno.

Bolsonaro, a quien le gusta ser popular, ve que se producen bajas en su base de apoyo, asombrosamente leal a pesar de los horrores de su Gobierno... o a causa de ellos. Su popularidad está cayendo. Es cierto que siempre quedará ese grupo que se identifica totalmente con Bolsonaro, para quien negar a Bolsonaro es negarse a sí mismo. Este grupo, aunque minoritario, es lamentablemente significativo. Lamentable porque demuestra que una parte de los brasileños son capaces de ignorar a los cientos de miles de muertos a su alrededor, incluso cuando las pérdidas se producen dentro de casa. Es una característica de la distorsión mental complicada de tratar en una sociedad, pero no es nueva, ya que la sociedad brasileña siempre ha convivido con la muerte sistemática de los más débiles, ya sea por hambre, por enfermedad no tratada o por una bala “perdida” de la policía.

Sin embargo, todos aquellos que encuentran cualquier resquicio para desidentificarse de Bolsonaro o para alegar que les engañó en la campaña electoral se alejan de él horrorizados. Como sociedad, tenemos que dejar de repudiar a los votantes arrepentidos de Bolsonaro, porque hay que dar salida a esas personas o se verán obligadas a permanecer en el mismo sitio. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, lo que no le exime de la responsabilidad de los actos a los que le han llevado sus ideas en el pasado.

Bolsonaro se descubre aislado. Y se descubre feo, un paria para el mundo. Ni siquiera los líderes de la derecha de otros países quieren verlo cerca. Sus antiguos partidarios, que se beneficiaron mucho de él, se escapan por la primera grieta que encuentran. Bolsonaro está acorralado, como mostró al destituir al ministro de Defensa, el general Fernando Azevedo e Silva. Y Bolsonaro acorralado es aún más peligroso, porque no le gusta perder y cada vez tiene menos que perder. No hay que olvidar que es un hombre que planeó detonar bombas en los cuarteles para presionar por un salario mejor. Hacer estallar bombas dice mucho de alguien. Pero también hay que prestar atención al porqué: para mejorar su propio sueldo. Bolsonaro solo actúa fundamentalmente para sí mismo. Su vida es la única que importa, como ha quedado más que demostrado.

La idea ridícula de que Bolsonaro es controlable es solo eso: ridícula. Y, en varios momentos, también oportunista, para que algunos justificaran lo injustificable, que es seguir con Bolsonaro o negociar con él. El hombre que gobierna Brasil es bestial. Se mueve por apetitos, por explosiones, por delirios. Pero no es burro. Aliado con las fuerzas más depredadoras de Brasil, ha destruido gran parte del armazón de derechos que tanto costó conquistar, una obra que inició el expresidente Michel Temer. También ha desmantelado la legislación medioambiental y ha debilitado los organismos de protección, permitiendo que se explote la Amazonia a niveles solo superados en la dictadura cívico-militar (1964-1985). Bolsonaro gobierna. Y, no lo duden, seguirá gobernando mientras no sufra un impeachment.

Hay que entender que Bolsonaro es una bestia, sí, en el sentido de su bestialidad. Pero es una bestia inteligente y con un proyecto. Pocos gobernantes han ejecutado su proyecto con tanta rapidez al asumir el poder. Salvo el vacío discurso anticorrupción, Bolsonaro ha hecho y hace exactamente lo que anunció en la campaña electoral. Por eso, lo que llaman “mercado” está siempre a punto de “perder la paciencia” con él, pero cómo tarda... Tarda porque siempre se puede ganar un poco más con Bolsonaro. Lo que llaman mercado inventó las reglas que mueven al grupo de diputados de alquiler llamado Centrão. Lo que importa son los fines y los fines son las ganancias privadas, a la gente que la zurzan. O que se muera en la cola del hospital, como ahora. El mercado es el Centrão con pedigrí. Mucho más viejo y experimentado que su vástago en el Congreso.

Bolsonaro tiene que sufrir un impeachment ya, porque lo que hará a partir de ahora puede ser mucho peor y más mortífero que lo que ha hecho hasta ahora. Y también tiene que sufrir un impeachment por lo obvio: porque constitucionalmente alguien que ha cometido los delitos de responsabilidad que él ha cometido no tiene derecho legal y ético a seguir en la presidencia. Haber destituido a Dilma Rousseff por haber maquillado las cuentas para encubrir el déficit público y no destituir a Bolsonaro “por falta de condiciones para hacer un impeachment ahora” o porque “el impeachment es una medicina muy amarga” es incompatible con cualquier proyecto de democracia. Es incompatible incluso con una democracia desgarrada como la brasileña. Y habrá consecuencias.

Lo que le queda ahora a Bolsonaro, cada vez más aislado y acorralado, es mirar a Donald Trump y aprender de los errores y aciertos de su ídolo. Seguirá intentando dar un autogolpe, aunque las Fuerzas Armadas afirmen su papel constitucional. Seguirá apostando por quienes lo mantuvieron durante casi 30 años como diputado, su base desde los tiempos en que quería hacer estallar los cuarteles: los mandos inferiores de las Fuerzas Armadas y, sobre todo, los policías militares.

Bolsonaro se prepara desde mucho antes que Trump. Si lo conseguirá o no es una incógnita. Pero ¿los que están sentados sobre más de 70 peticiones de impeachment y los que todavía apoyan al Gobierno se quedarán mirando a ver qué pasa? ¿En serio van a seguir discutiendo una “solución de centro” para las elecciones de 2022 y van a ignorar todos los delitos de responsabilidad que ha cometido Bolsonaro? ¿En serio todavía no han entendido que siempre ha estado fuera de control porque las instituciones que deberían controlar que respetara la Constitución han renunciado a hacerlo?

¿En serio van a arriesgarse a reproducir en Brasil, de forma mucho más violenta, la “insurrección” que vivió el Congreso estadounidense el 6 de enero de 2021, cuando el Capitolio fue invadido por seguidores enardecidos por Donald Trump? Conviene recordar al republicano Mike Pence, vicepresidente en la Administración de Trump, y al republicano Mitch McConnell, líder del partido en el Senado: le dieron a Trump todo lo que quería, creyendo que estaban a salvo, hasta que el 6 de enero descubrieron que también estaban amenazados. No se puede controlar a las bestias.

En Brasil, sin embargo, con una democracia mucho más frágil, cualquiera de las perversas aventuras de Bolsonaro podría tener consecuencias mucho más sangrientas. Puede que me equivoque, pero creo que Trump no tenía intención de que hubiera muertes. Es un político sin escrúpulos, un negociante deshonesto, un mentiroso compulsivo y un showman al que le encantan los focos, pero no creo que sea un asesino. En cambio, Bolsonaro es notoriamente un defensor de la violencia como manera de actuar, defiende armar a la población y goza claramente con el dolor ajeno. Bolsonaro cree en la sangre y cree en infligir dolor. Al lado de Bolsonaro, Trump es un niño travieso con un tupé raro. Y Bolsonaro se mueve.

¿Cuántos brasileños y brasileñas tienen que morir todavía?

Brasil ya presenta un número de muertos por covid-19 comparable a los grandes proyectos de exterminio de la historia. Y las tumbas siguen cavándose a una media de casi 3.000 al día. Muchas de estas muertes podrían haberse evitado si Bolsonaro y su Gobierno hubiesen combatido la covid-19. Esto no es una opinión, es un hecho probado por estudios serios. La sanidad pública está colapsada. La sanidad privada también está colapsada. Ni siquiera sirve de nada tener dinero en Brasil. La gente se muere en la cola, lo que también está demostrado. Los mejores hospitales privados están racionando el oxígeno y diluyendo los sedantes. Y las muertes siguen multiplicándose.

La pregunta a las autoridades responsables, en todos los ámbitos, en la esfera pública y privada, es: ¿cuántas brasileñas y cuántos brasileños más tienen que morir para que ustedes cumplan con su deber? Muchos de nosotros seguiremos muriendo, pero les garantizo: muchos de nosotros viviremos para nombrar la responsabilidad de cada uno en la historia. Sus nombres se escribirán con la vergüenza de los cobardes y sus descendientes tendrán sus apellidos manchados de sangre. No moriremos en silencio. Y los que sobrevivan dirán el nombre de cada uno de ustedes, día tras día.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de Brasil, construtor de ruínas: um olhar sobre o país, de Lula a Bolsonaro. Web: elianebrum.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter, Instagram y Facebook: @brumelianebrum.

Traducción de Meritxell Almarza

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