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Cuñada

Vaticino conflictos familiares entre un alumnado que confía más en lo que dice el móvil que en el arcaico y falible conocimiento de papá o mamá

Un niño estudia y hace los deberes en casa con la ayuda de su madre.
Un niño estudia y hace los deberes en casa con la ayuda de su madre.Eduardo Parra / Europa Press

Vamos a juntar a Borges con la publicidad. El combinado no es académicamente anómalo si consideramos las fuentes de la poesía novísima y posnovísima, y un ensayo del profesor, poeta y exatleta, Jenaro Talens, que reflexiona sobre la publicidad como fuente historiográfica y, especialmente, sobre la historiografía como fuente publicitaria. Renuncio a someter a Borges a un deep fake —le habría encantado—, en el que detrás de Lola Flores reconocemos a Lolita vendiendo cerveza; y eso que me gusta la reivindicación del acento, no por esa metonimia franquista que convirtió toda España en Andalucía tal como se parodia en Bienvenido, Mr. Marshall, sino por mi persistente denuncia de la homogeneización/gentrificación de los estilos que, lejos de transformar lo local en universal, conduce a que solo lo universal sea universal, y lo universal es el country y pollos que se llaman, redundantemente, pollo, pollo porque de pollo no tienen nada… Pero, volviendo a Borges, él escribió un relato, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, que comienza así: “Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”. La enciclopedia en el espejo aboca al descubrimiento y fundación de territorio y una civilización. Palabra y reflejo anteceden a la carne o quizá la carne siempre tiene algo inmaterial. Yo, con mi fórmula quinta de razonamiento pop, he sumado dos y dos para establecer un vínculo entre la literatura fantástica borgeana y un anuncio. Cuando veo anuncios me rejuvenezco porque busco en ellos la verdad —está ahí, detrás de las luces— y aún me siento como una niña que mira con la boca abierta… Dejo la academia y bajo al fango: es preciso encontrar un punto intermedio entre estos dos lugares.

En el anuncio un papi, después de consultar a una inteligencia de mesa que se da por aludida cuando le dices por ejemplo “¡Chachi, giggle!”, aclara a su hijo que la destrucción de Pompeya se produjo en el 79 después de Cristo. El niño, un tocapelotas, sigue interrogando al padre, que claramente no aprobó la EGB: “¿Y qué volcán la destruyó?”. El papi repregunta a ¡Chachi, giggle! que le da la respuesta: el Vesubio. Ahí se me cruzó el cable y recordé la conjunción del espejo y la enciclopedia que dio lugar a Uqbar. Porque ¿qué sucedería si todas las maquinitas contestaran que el volcán napolitano no es el Vesubio, sino el Etna? Vaticino conflictos familiares entre un alumnado que confía más en lo que dice el móvil que en el arcaico y falible conocimiento de papá o mamá. Y cuando un papá, que no es el del anuncio sino otro que sabe un poquito de geografía e historia, respondiera: “El Vesubio”, el hijo, después de consultar su ¡Chachi, giggle!, lo miraría con lástima y le diría: “Joer, papá, no me seas cuñao, ¿vas a saber tú más que el giggle?”. Desde ese momento, en Nápoles el Vesubio quizá se metamorfosee en Etna y el perfil de la costa se altere. No podríamos sorprendernos: en el seductor borgeano jardín de los senderos que se bifurcan, el relativismo y la visceralidad que apareja, Matrix, los espejos, las propagandísticas repeticiones deformantes, los tuits de Trump, la soberbia de un conocimiento virtual muy manipulable, la memoria flaca, el descrédito de la filosofía y las risotadas que suscita la lógica formal se localiza el apoteósico nacimiento de la posverdad.

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