Columna
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Los dinamiteros de Podemos-ERC

Pablo Iglesias, más que invertir en agenda social, invierte todo en la división del país

Pablo Iglesias y Gabriel Rufián se saludan con el codo en un encuentro en el Congreso de los Diputados.
Pablo Iglesias y Gabriel Rufián se saludan con el codo en un encuentro en el Congreso de los Diputados.Dani Gago / Europa Press

La ministra de Hacienda sostenía en el Congreso que “rechazar los presupuestos es una irresponsabilidad”; anticipándose a los discursos más o menos tremendistas de PP y Vox. Claro que la oposición de la oposición, incluso el choque áspero con Casado, ya se descontaba. El interés estaba en la suma de la mayoría, donde poco antes Bildu se anunciaba en lo que parecía algo más que un ejercicio de responsabilidad. De inmediato, muy orquestadamente, Iglesias elogiaba a Bildu por esa responsabilidad, dándole la bienvenida a la “dirección del Estado”, así tal cual, y se remataba la operación con Podemos enfatizando que “Ciudadanos forma parte de la foto de Colón”. Todo estaba orientado a provocar a Arrimadas y sacar a Cs de la foto. Rufián diría después que actuaban en defensa propia. Volviendo a la afirmación de la ministra Montero, ¿se puede concluir que Podemos y ERC son unos irresponsables? La pregunta es retórica, claro está.

La premisa de Montero es razonable. Nunca antes ha habido tantas razones para plantear consensos presupuestarios en España, pero no sólo del Estado sino también de la Comunidad de Madrid, o Cataluña, o Andalucía, o Valencia, o Euskadi, o Santiago, Palma, Murcia… Hubiera sido un buen mensaje a la sociedad. En muchos casos, ha sobrado desinterés de unos y/o de otros, casi todos, más cómodos en sus trincheras. Pero lo de Podemos y ERC es caso aparte, porque se han esforzado en restar, sacando de ahí a Cs y dinamitando la posibilidad de unos presupuestos no bloquistas. Y la razón es obvia: lo que desean exactamente es el bloquismo polarizado. Desde la mina puesta en la ley Celaá contra un hecho fundacional de Cs hasta los epitalamios a Bildu, han porfiado con ese objetivo. Incluso Echenique se burlaba de Arrimadas, con un estilo zafio, mientras Montero braceaba ante el hemiciclo al ver que naufragaba su argumento de la responsabilidad. Esa, aunque incomode al PSOE, es la lectura: Iglesias tiene el control.

Claro que Moncloa tiene sus intereses, sobre todo ver a ERC en la Generalitat. Y el Palau bien vale una pifia. Sin embargo, el coste de la operación Bildu es mucho más que una pifia rufianesca. La reacción de Vara —al que Oskar Matute le enseñaba un viejo carnet como si un pasado en AP fuese más deshonroso que uno de bombas y tiros en la nuca— representa a millares de socialistas; e incluso Susana Díaz, convertida en vocera entusiasta del sanchismo, ha marcado cierta distancia, a rebufo de otros barones como Page o Barbón. Echenique no se corta en señalar a Lambán por sus guiños a Cs, y apenas salía Urquizu en su defensa. Los socialistas, en media España, no se pueden reconocer en esa alianza dinamitera. Y Arrimadas acertó a ponerlos ante el espejo: existe elección. Claro que Iglesias, más que invertir en agenda social, invierte todo en la división del país. Con la convicción acertada de que es la clave del futuro. Entiéndase, de su futuro.

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