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El pico de la pandemia

El próximo 3 de noviembre conoceremos si la curva del virus nacionalpopulista seguirá creciendo o si, por el contrario, a partir de ahora solo puede aplanarse e incluso empieza a declinar

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un mitin de campaña, el pasado 20 de octubre.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un mitin de campaña, el pasado 20 de octubre.Gene J. Puskar / AP

Pronto sabremos si ya hemos alcanzado el pico de esta pandemia política. De las urnas del 3 de noviembre saldrá el veredicto. Conoceremos entonces si la curva del virus nacionalpopulista seguirá creciendo o si, por el contrario, a partir de ahora solo puede aplanarse e incluso empieza a declinar.

Si Donald Trump pierde, como indican las encuestas y apuntan los nervios alterados del presidente, será una derrota mundial para el nacionalismo populista. El liderazgo de Estados Unidos se ejerce internacionalmente, incluso cuando desde Estados Unidos se quiere destruir el orden multilateral y erosionar la democracia. Washington predica siempre con el ejemplo y, en el caso de Trump, el ejemplo ha sido cualquier cosa menos ejemplar.

Esta presidencia ha sido un premio para los populistas y los tiranos. Por las simpatías expresadas por Trump, más hacia su personalidad autoritaria que hacia sus políticas, y sobre todo porque se han sentido autorizados por el mal ejemplo. Para Xi Jinping, la violencia policial en Estados Unidos convalida la ejercida en Hong Kong o en Xinjiang. Para Putin, la muerte de George Floyd excusa el intento de asesinato de Alexéi Navalni.

Tratándose de amigos como el príncipe saudí Mohamed Bin Salman, más que de autorización hay que hablar de carta blanca: asesinó a Jamal Khashoggi y se ha exonerado a sí mismo del crimen, sabedor de que cuenta con la plena comprensión del presidente. Todos los que han encontrado un faro en el Salón Oval saldrán perjudicados si ahora se alcanza el pico y se quedan sin tan poderoso padrino.

Benjamín Netanyahu ha sido el más premiado. Le sigue luego Boris Johnson, que lo esperaba todo de Trump y terminará de perder pie si se encuentra con Biden en la Casa Blanca. Para Viktor Orbán y Jaroslaw Kaczynski, ya sin la pedagogía negativa trumpista será más difícil proseguir su cabalgada iliberal. No habrá tantas facilidades tampoco para Recep Tayyip Erdogan, Narendra Modi o Rodrigo Duterte. Tampoco será de buen augurio para los meros aspirantes, como Marine Le Pen, Matteo Salvini o Santiago Abascal.

Un caso especial y solitario es el del norcoreano Kim Jong-un, peligroso tirano dotado del arma nuclear. Por el periodista Bob Woodward, gracias a su libro Rage, hemos conocido las afectuosas cartas cruzadas con Trump, aunque de las tres cumbres entre tan enormes líderes (celebradas en Singapur, en Hanoi y en la Zona Desmilitarizada de la frontera entre las dos Coreas) no se haya deducido otro resultado que unas fotos pretendidamente históricas. Advertido por Obama de que Corea del Norte sería el principal dolor de cabeza de esta presidencia, ahora si pierde Trump será parte de su legado más envenenado.

Xi Jinping es otro caso aparte y el mayor de todos. A pesar de la guerra comercial en marcha y de la nueva guerra fría que amenaza, solo puede estar agradecido a quien tantas facilidades le ha regalado para que China, y no América, sea otra vez grande.

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