Columna
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La vacuna de Trump

Si al presidente de EE UU le importase el bienestar no ya de sus conciudadanos, sino tan solo de sus votantes potenciales, no estaría permitiendo que la vacuna se desarrollase bajo incertidumbre partidista

El presidente de Estados Unidos, durante la Convención Nacional Republicana.
El presidente de Estados Unidos, durante la Convención Nacional Republicana.Andrew Harnik (AP)

Trump quiere una vacuna contra el virus para poder ganar las elecciones presidenciales de noviembre. Disfraza sus intenciones sugiriendo (sin pruebas) lo contrario con ligereza conspiranoica: que “alguien” quiere bloquear los avances científicos para que no gane. En realidad, su subalterno inmediato en la materia (Stephen Hahn, jefe de la agencia encargada de una eventual aprobación) se ha alineado con el mensaje de su jefe y ya habla de uso temprano. Además, EE UU se niega a entrar en Covax, la alianza internacional auspiciada por la OMS para un desarrollo conjunto: solo acuerdos bilaterales, con todo el control para la actual Administración.

¿Defiende Trump “a los suyos”, excusa preferida de la élite conservadora que aún apoya al presidente? Solo como medio para mantener el poder, no como fin. Si realmente le importase el bienestar no ya de sus conciudadanos, sino tan solo de sus votantes potenciales, no estaría permitiendo que la vacuna se desarrollase bajo incertidumbre partidista: al hacerlo, se expone a que las prisas y la marca ideológica le resten alcance y credibilidad, dinamitando la propia lógica bajo la que debería funcionar una vacuna (cuanta más gente se la ponga y más segura y eficaz sea, más probable será que termine con la epidemia).

Pero aún quedan élites dispuestas a excusarlo. En la convención republicana que la semana pasada le encumbró como candidato indiscutible, Charlie Kirk, joven valor al alza del partido, etiquetó a Trump como “guardaespaldas de la civilización occidental”. Pero si algo tienen en común las grandes corrientes de pensamiento que en su contraposición han definido la dinámica moral de dicha civilización, si en un punto se encuentran liberales, progresistas y conservadores, es el respeto por la vida humana como fin, nunca como medio. Podríamos resumir dicho respeto por un compromiso con la reducción del sufrimiento agregado. Cualquier gramo de sufrimiento que se elimine de la humanidad será un logro. Las ideologías y paraguas filosóficos pueden diferir y difieren enormemente en cómo lograr dicho objetivo. En esas divisiones se reparten los costes y beneficios de cada acción, se definen los grupos, los partidos. Pero tanto las palabras como las acciones de Trump en torno a la vacuna van mucho más allá: son inequívocamente egoístas. Trump no es el guardaespaldas sino de sí mismo y de su (aparentemente frágil) ego. @JorgeGalindo

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Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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