Columna
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Eufobia

Cuando la economía se queda sin consumidores, quizá aprende una lección inolvidable, nada se sostiene sin la gente

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Washington, el pasado 22 de julio.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Washington, el pasado 22 de julio.SARAH SILBIGER / POOL / EFE

Uno de los más llamativos rasgos de la política del oportunista consiste en su capacidad ilimitada para contradecirse. Lo hacen con un desprecio olímpico por la inteligencia de los demás, empeñados en garantizarse de manera automática la razón en cualquier circunstancia. Lo hemos visto en los dobleces iracundos de quienes pedían aislamiento o libertad durante la pandemia en función de su cálculo particular. El último giro de guion lo ha protagonizado el presidente Trump al afirmar que llevar mascarilla es un gesto de patriotismo después de pasarse meses instalado en la negación del contagio. Con las encuestas en contra, el presidente norteamericano ha cambiado a su director de campaña porque no puede cambiarse a sí mismo. Su caso ha llegado a tal extremo de patetismo que se ha convertido en un negocio editorial publicar las memorias personales de sus asesores. Después de acompañar a Trump en su escalada al poder y validar su incongruente modo de gobernar, cuando se ven expulsados de su círculo íntimo corren a ofrecer un recuento de agravios y desmanes para calmar su culpa y llenar la bolsa.

Que la Unión Europea haya sido capaz de trazar un acuerdo económico entre países no ha desatado la euforia. No es el momento. Los ciudadanos empezamos a entender que los ritmos sanitarios no son los mismos que los ritmos económicos. El verano iba a servir de paliativo antes de enfrentarnos a la magnitud de la tragedia. Pero ni esa tregua nos ha sido concedida. Por suerte, aquellos que hicieron carrera de empequeñecer las ventajas de pertenecer a la UE, los que defienden un nacionalismo particularista, los que abominaban de la moneda única y de las políticas comunes, han disimulado su enérgica oposición y ahora buscan ocasión más favorable para machacar al rival. Visto el deseo de Boris Johnson de alzar al Reino Unido a una posición de independencia gracias al Brexit, transmite cierta pena ver su doble sumisión ante el bloqueo a Huawei ordenado por Estados Unidos y la nula capacidad para enfrentarse al aplastamiento de la democracia en su antigua colonia de Hong Kong por parte de China. Si la independencia era esto, prefiero pertenecer a un bloque de países con intereses cruzados, afanes distintos y morales opuestas, pero capaces de llegar a acuerdos.

En el último trimestre del año tendremos que enfrentarnos a un desajuste de enorme magnitud, con éxitos empresariales desmesurados frente a cierres locales y desempleo crítico. La actitud del poder no puede consistir en hinchar una rueda que está pinchada. Por más aire que le pongas, vuelve a desinflarse nada más empezar a rodar de nuevo. Por lo tanto, toca enfrentar la alarma social. Debemos cuidar a la gente más desprotegida y para ello tenemos que priorizar algunas cosas sobre otras. Ese ha sido el error en la desescalada. Pretender que la economía es un milagro que no depende de factores emocionales y sanitarios. Cuando a Trump se le empiezan a morir los votantes, reacciona de manera contradictoria. Cuando Johnson se ve en cuidados intensivos, repiensa sus prejuicios. Cuando la economía se queda sin consumidores, quizá aprende una lección inolvidable, nada se sostiene sin la gente. Así, la eurofobia de tantos caraduras es ahora un silencio atronador y apenas una reivindicación tardía y tosca de la austeridad en cabeza ajena. Europa es la unión de los europeos, que no es poco.

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