Tribuna
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El arte, esencial en la educación

La creación es garantía de democracia: enseña a reflexionar sobre opciones estéticas y defenderlas

Exposición del museo de Bellas Artes de Bilbao en el arenal bilbaino.
Exposición del museo de Bellas Artes de Bilbao en el arenal bilbaino.Luis Tejido (EFE)

Pensar una ley de educación que deje en “decretos de desarrollo curricular” al arte es condenarlo al arbitrio y la contingencia. Solo teniendo una concepción limitada de las capacidades desarrolladas en el proceso creador —uniéndolas al ocio o al entretenimiento— se puede tomar tal decisión. Permítanme compartir algunas ideas sobre las funciones del arte en la educación, que han sido desarrolladas durante siglos, en momentos donde el futuro del ser humano se enfrentaba a grandes retos, incluso a su propia supervivencia.

El proceso creador permite la expresión organizada de los impulsos internos. Es curioso que la mayoría de las personas ajenas al arte piensen en la actividad creadora como una especie de catarsis que libera tensiones y permite la famosa función de “expresión sin reflexión”, cuando es exactamente lo contrario: el arte organiza y toma el control simbólico de una experiencia interna, ordenándola, exteriorizándola y reflexionando sobre ella.

Crear es apostar por la vida. La creación nos liga a las pulsiones de vida, apostando por la vitalidad del ser humano. Señalaba Viktor Ullmann, músico que trabajó incansablemente en el gueto de Theresienstadt, que la capacidad de crear es similar a la capacidad de sobrevivir. Crear es apostar por estar en el mundo, con los otros, haciendo de ello acontecimiento a través de la inclusión de lo bello, que confiere a nuestra existencia un distintivo de “algo especial”. Estos meses de pandemia hemos podido comprobarlo.

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El arte aporta sensibilidad estética. La estética nos liga con la organización, interna y externa, y con las leyes de la naturaleza y la percepción, que es crucial en todos los proyectos humanos, sea la construcción de una casa, un puente, un diseño urbanístico, un tejido, un escenario o incluso la relación con los otros.

El arte cultiva el desarrollo de la mirada atenta, base de la investigación y la relación humana. Pocas actividades desarrollan tanto la atención como el acto de dibujar, donde pasamos horas tratando de comprender la estructura, volumen, color, características de un objeto, y sus relaciones con el entorno. El tiempo se detiene. La atención pide la plena implicación personal. Se entronca con la escucha atenta y desinteresada que respeta lo que observa. Por ello es base de la relación empática, pero también es el pilar de la investigación. Como señalaba Jerome Bruner, el arte es un modo de conocimiento distintivo.

El arte es ejercicio crítico ante la cultura visual. Aprender a mirar supone comprender que los símbolos e imaginarios culturales se construyen a través de formas, estructuras compositivas, iconologías e iconografías heredadas y actuales, que dan carta de realidad normativa a mensajes sociales específicos. Solo quien sabe qué significa la verticalidad, el orden o desorden visual, las construcciones del cuerpo, el picado o contrapicado, dispone de herramientas no solo para analizarlo, sino para proponer alternativas emancipadoras.

El arte ayuda a aprender a equivocarse. Asumir los errores cometidos en el espacio simbólico de la creación permite reconocernos mortales, vulnerables y frágiles. La capacidad de asumir errores en este espacio seguro desviste a los mismos de la gravedad de la vida real, ayuda a asumir una autocrítica sana, pero necesaria en el crecimiento personal. Los fallos realizados ayudan a separar sujeto y objeto y, a la vez, reflexionar sobre causas, vínculos y relaciones.

El arte ayuda a tolerar la frustración: trabajar con los materiales del arte nos confronta a las cualidades de la materia y a nuestro propio límite. Acostumbrados a una sociedad basada en el consumo, donde la adquisición implica satisfacción inmediata, afrontar un diálogo y entendimiento con la materia (sea piedra, arcilla o un programa de ordenador) supone reconocer no solo sus reglas, sino nuestras capacidades.

El arte es garantía de democracia: propone eternamente problemas de libertad e incluye reconocer la angustia que supone optar. La creación nos sumerge en la obligación de ser responsable de la elección tomada, enseña a reflexionar sobre nuestras opciones estéticas y defenderlas. En el proceso nos deconstruimos y reconstruimos una y otra vez. Incluye ambigüedad, polisemia, duda, soluciones diversas e igualmente válidas. Enseña a comprometernos sin tener la verdad única en un proyecto personal, que es siempre incierto. Por ello, es sumamente necesario para afrontar las crisis. El arte —el teatro, el canto coral, el mural— permite, más que ninguna otra actividad, que el individuo no se pierda en la masa: lo enriquece, a la vez que le hace sentirse parte del grupo. Contrarresta las experiencias colectivas que alienan la individualidad. Por eso el ejercicio del arte, como forma de libertad y práctica colaborativa, es una garantía para la democracia.

Señora ministra, señores y señoras diputadas: la práctica del arte, implicada en el respeto al patrimonio, la sensibilidad social, la humildad intelectual y vital, la incertidumbre y la duda, en el placer de comprometerse, equivocarse y rectificar, en la mirada global y crítica, en el cuestionamiento constante, es esencial en la educación. De ustedes depende el futuro de las nuevas generaciones.

Marián López Fernández Cao es catedrática de Educación Artística de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

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