Opinión
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Recordando a Alfredo

Homenaje, en este día y en nombre de muchos, a la pasión, la honestidad, la capacidad intelectual y la manera de hacer política para mejorar la sociedad de Alfredo Pérez Rubalcaba

Alfredo Pérez Rubalcaba, en Universidad Complutense de Madrid, donde impartió clase, en 2016.
Alfredo Pérez Rubalcaba, en Universidad Complutense de Madrid, donde impartió clase, en 2016. SAMUEL SÁNCHEZ

Hoy hace un largo año, en una forma cruel por inesperada, perdimos a Alfredo, a Alfredo Pérez Rubalcaba. Y creemos, hoy como entonces, que es una pérdida no sólo para su familia y sus amigos, no solo para los socialistas españoles, sino también para el conjunto de los ciudadanos.

Estas son unas líneas de recuerdo y de reconocimiento que, con seguridad, habrían podido dedicarle muchos de sus amigos de los que, como nosotros, compartimos gran parte de nuestra vida enlazados por el afecto, la cercanía, el trabajo, el compromiso político. Solo nos diferenciamos del resto en que Pilar, su mujer, nos ha hecho el encargo, y el regalo, de que nos ocupemos de mantener su legado personal y político incorporando sus escritos, sus discursos, sus notas, al archivo de la Fundación Felipe González. De algún modo, creemos que, para quienes lo consulten, descubrirán que así seguirán hablando, como hacían casi cada día, dos referentes indispensables para conocer y comprender lo que ha sido el PSOE de la era moderna, su acción de gobierno y la conquista y el desarrollo de la democracia española desde los últimos años del franquismo hasta nuestros días.

Nos marcó tanto durante su vida que ha conseguido permanecer vivo en nosotros. Su falta es tan honda que todos los días hemos tenido ocasión para sentir su ausencia. Nos pasa cuando quedamos a cenar, cuando recordamos anécdotas, cuando envidiamos su rapidez mental para aclararnos (“¿Lo ves, no?”), cuando comentamos la actualidad política, cuando subrayamos su lealtad al Partido Socialista al que tanto quiso y al que tanto dio en los momentos de éxito y también en los de oscura amargura.

La admiración que suscitaba en cuanto emprendía traspasó los límites de su círculo más cercano: lo afirman quienes trabajaron con él, lo proclaman sus alumnos de química orgánica y lo acredita, sobre todo, el homenaje silencioso que le rindieron miles de ciudadanos en el momento de su despedida.

Allí, en la capilla ardiente instalada en el Congreso de los Diputados, alguien expresó, mejor que nadie, el respeto que se labró por su valía personal, intelectual y política y el vacío que nos ha dejado: “Y ahora, ¿a quién vamos a llamar cuando no sepamos qué hacer?”.

Fue la forma espontánea de reconocer que hubo un momento a partir del cual Alfredo se había convertido en algo más que ministro, vicepresidente o secretario general del PSOE para pasar a ser considerado el consejero, el inspirador, el recurso último de cuantos en el Partido Socialista ejercían tareas de gobierno.

No sólo eso. Alfredo, que fue el más joven de la generación política de Felipe González, acabó asumiendo, para la generación siguiente a la suya, un papel de referencia complementario y sucesivo al que Felipe desempeñó naturalmente durante treinta años.

Las llamadas no solo eran de socialistas; se extendían a dirigentes de otros partidos, empresarios y sindicalistas, periodistas e intelectuales. Y hoy, con seguridad, se le seguirían haciendo, especialmente en estas semanas en las que se han perdido las seguridades y el panorama solo ofrece incertidumbre.

La pregunta hoy sigue sin respuesta, justo cuando parece ser tan difícil sostener una idea limpia y compartida de España como fondo permanente de la acción política, una concepción fuerte del Estado como instrumento para defender los intereses generales o, lo que es lo mismo, los intereses colectivos de los ciudadanos y un respeto real a la Constitución y al entramado institucional diseñado por ella.

De las pocas cosas que escapaban a su comprensión eran el encanallamiento de la política y el cainismo como principio de la acción política, que sufrió personalmente en lo que fue su mayor éxito en beneficio de España. Alguna vez dijo que el primer deber de un responsable político era aprender pronto que estaba condenado a entenderse con sus adversarios. Y se lo aplicó a sí mismo durante toda su trayectoria política.

La afirmación tiene más valor de lo que parece si se recuerda que era rocoso en la defensa de sus convicciones y un polemista temible en cualquier escenario. Dos características que, sin embargo, combinó con una acreditada vocación por los pactos y una endiablada habilidad para lograrlos. Lo hizo en el Gobierno y lo hizo desde el Congreso de los Diputados. Por eso no puede extrañar que, a lo largo de estos meses, cuando tantas cosas graves se suceden, nos preguntemos unos a otros, ¿qué diría Alfredo? ¿qué propondría Alfredo?

Es imposible saberlo y en eso vivimos su ausencia. Coincidimos en mucho de cuanto le atribuimos pero en algunas cosas le interpretamos en formas diferentes. Solo hay una coincidencia recurrente: defendería una política de pactos para hacer frente a los profundos retos que exigirán lo mejor de todos los españoles para superarlos y también el funcionamiento estricto de las instituciones públicas y de las normas y los procedimientos democráticos. Una política que incluye aceptar la iniciativa concreta del Gobierno, la renuncia a condiciones que los demás no puedan asumir y la lealtad no solo a lo pactado sino al procedimiento mismo de negociación.

Más de una vez insistió en que cuando no se logra un acuerdo no es por las condiciones que se pongan, sino por la voluntad de no alcanzarlo, pues se prefiere vivir del conflicto aunque eso signifique desinteresarse de los ciudadanos, de sus problemas y sus aspiraciones. Los que luchan por hacer de la política un espacio de diálogo son, en esta hora, los imprescindibles.

José María Maravall, José Enrique Serrano, Elena Valenciano, Jaime Lissavetzky y Gregorio Martínez integran el Consejo asesor del Espacio Rubalcaba en la Fundación Felipe González


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