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Columna
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Taxontä’äk. Desdeñar las alegrías

La población indígena que porta prendas de sus tradiciones textiles sufre un racismo cotidiano por la vestimenta pues la ropa con la que cubren sus cuerpos reafirma su pertenencia a una categoría inferior en la jerarquía establecida por el sistema racista

Yásnaya Elena A. Gil
Mujeres pertenecientes a la comunidad tarahumara, en Ciudad de México.
Mujeres pertenecientes a la comunidad tarahumara, en Ciudad de México.Miguel Tovar (LatinContent via Getty Images)

En su libro Cómo ser antirracista, Ibram X. Kendi cita a Linneo que colocó al Homo sapiens europaeus en lo más alto de la jerarquía racial con la siguiente descripción: “Vigoroso, musculoso. Pelo largo y rubio. Ojos azules. Muy inteligente, ingenioso. Cubierto con prendas ajustadas. Gobernado por la ley”. La mención del tipo de prendas que el homo europeo utiliza en la descripción racial de Linneo me llamó fuertemente la atención. Por contraste, al homo asiático, Linneo le atribuye el uso de prendas holgadas y, aún más bajo en la jerarquía racial, al homo americano se le describe con pintura roja en la cara. Basta echar un ojo a las descripciones de las togas romanas y otro tipo de vestimenta propios de la tradición occidental para darnos cuenta de la falsedad de la descripción de Linneo. Sin embargo, lo importante es cómo estas ideas muestran claramente que la vestimenta, como una segunda piel, se sujetan también a los procesos de racialización.

La pertenencia racial se lee también en las prendas que portamos, lo mismo sucede con la clase social a la que pertenecemos y con el género. La población indígena que porta prendas de sus tradiciones textiles experimenta un racismo cotidiano por la vestimenta pues la ropa con la que cubren sus cuerpos reafirma su pertenencia a una categoría inferior en la jerarquía establecida por el sistema racista. Una prenda que, dentro de un tradición, se lee como bella o elegante, se convierte en un motivo de desprecio cuando el cuerpo que la porta ha sido racializado como inferior.

Este choque suele ser muy confuso para quienes crecemos en distintos tipos de tradiciones textiles, el rebozo de bolita que mi tío abuelo adquirió como regalo para su esposa le costó una cantidad considerable de sus ahorros, ella lo recibió entusiasmada y lo portaba con orgullo como una prenda preciada sin sospechar que pronto, en las calles de la capital oaxaqueña, alguien le gritaría “india rebozuda” antes de empujarla. “Se insulta al prójimo cuando se desdeñan sus alegrías”, nos dice la escritora Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano.

La alegría textil, el marcador de estatus y el símbolo de elegancia que significaba el rebozo de mi tía abuela dentro del sistema de valores de su tradición se convirtió en un indicador racial, en un marcador de desprecio y en motivo de desdén dentro del sistema racista. Descubrir que un elemento cultural que nos causa gozo, que nos hace sentir alegría y que apreciamos profundamente es, en otro contexto, un motivo de profundo desprecio es un doloroso sentimiento que el racismo nos hace experimentar. Una prenda valiosa se ve transmutada en una prenda despreciable; aunque la prenda siga siendo objetivamente la misma, el sistema racista la traduce y la coloca en un lugar concreto de la jerarquía racial. Es casi un lugar común indicar que este fenómeno ha sido una de las causas principales de la desaparición de las tradiciones textiles de muchos pueblos indígenas del país.

Esto sucede también en otros ámbitos, los elementos culturales que dentro de un sistema en específico se consideran valiosos, bellos o elegantes son rejerarquizados para adecuarlos al lugar que ocupan los pueblos racializados como inferiores. Mi abuela se sorprendió mucho cuando se dio cuenta que, en una mesa redonda transmitida en televisión, alguien argumentaba que se necesitaba hacer algo por la población en pobreza extrema que come frijoles; era la sorpresa de alguien que por primera vez se daba cuenta que, en determinados contextos, comer frijoles era algo indeseable mientras que en la lengua mixe la frase “kumoojk kuxëjk” implica que alguien que tiene mucho maíz y mucho frijol es alguien rico, alguien que goza de mucha abundancia; era la sorpresa de alguien a la que le acababan de regalar frijoles multicolores recién cosechados que alcanzan precios elevados en el mercado del pueblo debido a su calidad y sabor. Esa misma sorpresa me impactó el día en el que me dijeron que mi pelo largo hasta la rodilla, muy apreciado en mi contexto, era indeseable y propio de “sirvientas”, ser trabajadora del hogar y tener el pelo largo se jerarquizaban como indeseables en un sistema clasista, racista y misógino; este doble desprecio se resumía en la frase “pelo a la cintura, chacha segura” de uso tan frecuente.

Así como la construcción del “buen gusto” puede tener motivaciones racistas y también clasistas. El desprecio que se expresa con frecuencia con respecto de las fiestas de las clases bajas como bodas o fiesta de quinceaños que se llevan a cabo cerrando las calles para utilizarlas como pistas de baile son un ejemplo claro de cómo el clasismo se vale de desdeñar las alegrías de los demás. A estas fiestas, que son una manifestación de la alegría humana, se les despoja del esfuerzo para llevarlas a cabo, de todo el gozo que causa a quienes la organizan y a quienes asisten, de todo el valor que tienen este tipo de celebraciones para confinarlas en el adjetivo clasista “naco”.

Sin embargo, cuando el sistema que desprecia las manifestaciones estéticas de las poblaciones jerarquizadas como inferiores se da cuenta que puede sacar provecho económico de las mismas, la situación parece cambiar. La presión racista que ha empujado a muchos pueblos indígenas a abandonar el uso de las prendas de sus propias tradiciones textiles se transmuta también cuando la industria textil occidental decidió que había hallado, por fin, algo bello y valioso en la vestimenta de los pueblos indígenas que, a pesar de todo, habían resistido y habían mantenido sus tradiciones textiles y estéticas a pesar de la discriminación.

El afán de apropiarse y de comerciar con las vestimentas tan despreciadas en cuerpos racializados explica el plagio que de manera descarada marcas de moda han hecho de los textiles de los pueblos indígenas. Una cara aparentemente más amable del interés de la industria de la moda por los textiles de pueblos indígenas se disfraza de colaboración. Es interesante cómo esta colaboración pasa por un proceso que llaman “estilización” como si las prendas de estos pueblos no nacieran ya estilizadas. En realidad, la palabra “estilización” pasa por ajustar estas prendas al cuerpo humano, mientras que, en las palabras de ciertos diseñadores involucrados en estas colaboraciones textiles con artesanas indígenas, el huipil mesoamericano parece un “costal” sin forma que, sin embargo, puede ajustarse a la silueta humana y quedar así “estilizado”.

No es difícil ver cómo detrás de esta idea late la vieja caracterización de Linneo sobre la vestimenta del grupo racial que consideraba superior: las prendas con las que el homo europeo cubre su cuerpo son ajustadas. Ajustar las prendas no significa necesariamente una operación motivada por el racismo, el mismo hecho de soltar o ajustar puede obedecer a múltiples gustos y razones, el problema está en pensar que ajustar las prendas amplias de los pueblos indígenas es estilizarlas, la equivalencia entre “estilizar” y “ajustar” sí que implica una motivación racista. Se considera que hay que estilizar algo que no lo estaba con anterioridad, que hay que estilizar una prenda que fue creada de modo más burdo, tosco o no suficientemente bello y hacerlo con esta idea de fondo implica una mejora en la jerarquía racista. Dado que una manifestación del racismo es desdeñar nuestras alegrías estéticas, la resistencia pasa también por defender nuestras propias versiones de lo que es elegante, valioso y bello a pesar del espejo que nos devuelve imágenes distorsionadas de nuestra propio sistema de valoración estético.

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