Maternidad
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Ser madre, un amor que lo soporta todo

A veces Netflix nos sorprende con historias que, narradas desde una pasmosa sencillez, llegan al alma. La asistenta (’Maid’) cuenta la historia de una jovencísima de 23 años que decide separarse del padre de su hija, el problema es que con una mano delante y otra detrás

La actriz Margaret Qualley protagonista de la serie 'La asistenta' de Netflix.
La actriz Margaret Qualley protagonista de la serie 'La asistenta' de Netflix.Ricardo Hubbs / Netflix

A veces Netflix nos sorprende con historias que, narradas desde una pasmosa sencillez, llegan al alma. Supongo que todos los que tienen hijos se pueden sentir conmovidos con la historia de una madre (o padre) con problemas que hacen que la vida se complique tanto que sientas que no puedes respirar. La asistenta (Maid, en inglés) cuenta la historia de una jovencísima de 23 años que decide separarse del padre de su hija el día que él, preso de ira y alcohol rompe un jarrón y pedazos de cristal se quedan en el pelo de la pequeña. A ella no la toca (ni a la niña), pero es fácil empatizar con el miedo de que te podía haber pasado algo peor y que, en tu responsabilidad como madre, no has sabido protegerla. El problema de la protagonista es que se va con una mano delante y otra detrás, literalmente. Y sin coche en una ciudad dónde las distancias son enormes y el transporte público no es como el que conocemos.

La protagonista encuentra enseguida un trabajo de asistenta por horas, mal remunerado y un problema: ¿Con quién dejar a su hija? Su madre, magníficamente, interpretada por Andie Macdowell, que es, además madre en la vida real de la actriz protagonista, Margaret Qualley, es poco confiable, una hippie poco estable con trastorno bipolar y obtener una beca en una guardería requiere de cientos de trabas administrativas, horas de espera, papeleos. Ayudas hay, no muchas, pero sí para poder lograr dejar a su hija mientras trabaja, descuentos en supermercados etc.

Sin embargo, ¿y dónde vive? Y nuevamente se da bruces con un sistema que parece no querer entender que una mujer maltratada psicológicamente necesita también protección aunque no presente unos moratones. Los servicios sociales le ofrecen una casa un techo para evitar que la justicia le quite la custodia no obstante esa misma ley crea la trampa. ¿Qué voy a decir a la policía si no tengo golpes?, dice con absoluta franqueza a la de servicios sociales.

¿Cuántas mujeres madres en el mundo son víctimas de sistemas administrativos que lo único que hacen es poner más trabas en sus ruedas de vida complicadas? Veamos en nuestro país con la LVG que, por supuesto es necesaria, sin embargo ¿funciona bien? En mi opinión, no. Pienso que deja muy desprotegida a la mujer maltratada que denuncia. No hay recursos para protegerlas a todas y cuando un maltratador pasa una noche o dos en el calabozo sale como toro en San Fermín por la cuesta de Santo Domingo: sin freno. He admirado cómo mujeres maltratadas han terminado por retirar la denuncia porque van a por ellas, a por sus hijos y prefieren tener paz a tener razón o justicia. He contemplado cómo muchas han llegado a perder durante meses a sus hijos porque el padre los ha machacado con frases: “por culpa de tu madre voy a ir a la cárcel”.

Estar sola en la maternidad

Salvo la elegida, la maternidad en solitario puede ser frustrante. Hay muchas maneras de sentirla, incluso, estando emparejada. Hombres que han sido educados por (generalmente) madres machistas que les permiten hacer lo que quieren, hombres que no únicamente no hacen nada en casa, sino que, además, se permiten el lujo de llegar tarde y no precisamente de trabajar. ¿Han echado un ojo a los bares llamados afterwork que suele haber en las capitales? ¿Por qué motivo está siempre llenos de hombres y apenas de mujeres? Fácil, ellas están en casa preparando baños, cenas, ayudando con deberes. ¿Por qué? No recurriré a la famosa palabra patriarcado, no es tan sencillo, también intervienen factores biológicos insoslayables.

Es verdad, no se me pongan en mi contra todos los hombres del mundo, hay muchísimo padre entregado, de hecho cada vez hay más roles compartidos en la crianza. Llevo cada día a mis hijos al colegio y los recojo y veo muchos padres, tantos como madres en un equilibrio perfecto.

Pero la maternidad en solitario va más allá de esto, va de sentimientos, de sensaciones de tirar una sola del carro, en lo emocional (lo más importante), en lo físico y a veces incluso en lo económico. Y eso pasa factura. La protagonista de la serie lo hace de cine (nunca mejor dicho) porque jamás pierde la calma delante de su hija de dos años. No obstante, ¿y las demás? ¿Es fácil no derrumbarse delante de tus hijos y llorar? ¿Qué sucede con sus cerebros y sentimientos si observan a una madre que llora porque no puede más? Pues suceden muchas cosas y la neurociencia lo ha descrito. Los hijos vienen al mundo, diseñados para ser queridos y protegidos, para ser consolados, jamás para ejercer de psicólogos de sus mayores. Vienen para ser entendidos, amados y educados en un ambiente de equilibrio emocional para que no queden huellas que les quedarán en el futuro como adultos y que quizás no sepan resolver.

Una madre sola, triste, desesperada, es una madre que puede ser ausente y ese niño podrá desarrollar una ira hacia ella o hacia el mundo que será difícil de ser curada salvo que acuda a terapia.

Hay muchas madres estupendamente bien acompañadas por sus parejas o exparejas, pero hay muchas otras que no y todas ellas pueden admirarse (podemos admirarnos) perfectamente reflejadas en la protagonista.

Luego hay otra cosa, los hijos son para siempre y salo casos muy raros, a pesar de todo esas mujeres tiran (tiramos) hacia adelante incluso a costa de la salud, de la alegría y de todo. Y a pesar del sentimiento de culpa que a veces invade el corazón con la inevitable pregunta: ¿para qué me habré metido yo en este jaleo?, al final, quiero creer, se sale. Y se sale porque afortunadamente los hijos crecen y comienzan a ser de gran ayuda. No es lo mismo dos años que doce ni catorce a pesar incluso de la adolescencia.

Es necesario que la sociedad apoye, apoyemos a estas mujeres por razones obvias: las madres son las que están educando a esos futuros adultos. Su aportación a la sociedad será vital si es buena y nefasta si son adultos heridos.

Pero no solo a sociedad, los legisladores, en lugar de perderse en leyes que no van a ninguna parte, deberían estar más comprometidos con estos apoyos. Empezando por bajas remuneradas maternales más largas, siguiendo por la gratuidad de las guarderías públicas, sin embargo, de verdad (y más plazas, claro) Y empezando a entender que es vital proteger a esas madres para que puedan ellas, a su vez, proteger a sus hijos. Los niños son la parte más vulnerable siempre. Y es obligación de todos procurarles una infancia lo más estable posible.

Gema Lendoiro es periodista y madre de 3 hijos, uno de ellos, autista.

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