Crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cinco claves para que los adolescentes toleren mejor la frustración

Un menor desengañado se comporta con ira, impotencia o tristeza. Los padres deben enseñarle que cualquier error es un aprendizaje y a enfrentar con optimismo el fracaso a la vez que evitan la sobreprotección

Un grupo de adolescentes se hacen un selfi.
Un grupo de adolescentes se hacen un selfi.Maskot (Getty Images/Maskot)

Si algo recuerdo de mi adolescencia es la dificultad que tenía para hacer frente a la frustración y digerir correctamente mis tropiezos. Cuando no alcanzaba lo que pretendía surgía en mí la aflicción, el enfado o el impulso de abandonar aquello que me había propuesto. Podía pasarme días en bucle, enfadada con el mundo y con los que me rodeaban, intentando dominar mi ira o buscando culpables a mis malas decisiones. Los adultos que me acompañaban me explicaban la necesidad de analizar todo aquello que me pasaba con tranquilidad, pero a mí me costaba mucho hacerles caso.

Si hay una emoción desagradable que los adolescentes muestran dificultades para manejar es la frustración. Una emoción que aparece cuando no son capaces de conseguir aquello que desean o se proponen. Surge de la diferencia entre lo que ocurre realmente y lo que se había pensado que pasaría. Un sentimiento muy molesto que les provoca desánimo y frustración.

La tolerancia hacia ella es una habilidad que necesita un aprendizaje específico y que debe empezar desde que uno es pequeño. Esta ayuda a afrontar los cambios inesperados y los fracasos, así como a saber manejar aquello que no está a la altura de las expectativas. Desarrollarla es imprescindible para poder afrontar de forma saludable situaciones que crean incertidumbre y rabia.

En esta etapa de desarrollo tan convulsa y repleta de cambios, el cerebro adolescente no siempre está preparado para actuar desde la reflexión y frenar correctamente los impulsos. Por este motivo, a menudo tienen conductas disruptivas —dificultad para controlar sus emociones y su comportamiento— y dificultades para mostrarse resilientes.

Los adolescentes buscan satisfacer sus necesidades de manera inmediata y cuando no pueden hacerlo tienen enfados desmesurados o dificultades para modular correctamente sus emociones. Muchas de estas situaciones acaban en conflictos con los adultos que les acompañan, provocando situaciones desagradables. Los que tienen una baja tolerancia a la frustración interpretan los límites como algo inmerecido, se muestran impulsivos y desafiantes y les cuesta mucho aceptar los cambios y sus consecuencias. Se desmotivan muy fácilmente ante cualquier contratiempo y, a menudo, abandonan sus objetivos. En cambio, un adolescente con un elevado nivel de tolerancia podrá mantener su estado de ánimo sin alteraciones aunque no vea cumplidas sus expectativas, pedirá ayuda cuando lo necesite y sabrá aceptar las críticas, asumir sus responsabilidades, trabajar en equipo y gestionar mejor los conflictos. Será más optimista, se sentirá capaz de probar cosas nuevas y transformará las situaciones problemáticas en oportunidades para aprender y mejorar.

Tolerar la frustración significa ser capaz de afrontar los problemas y limitaciones que se encuentran en el camino diario con optimismo e intentar buscar soluciones. Aprender a adaptarse a los cambios, aceptar que no siempre vamos a ganar y solicitar ayuda cuando lo necesitemos sin que eso afecte nuestra autoestima. Superar los obstáculos con responsabilidad, inteligencia y determinación.

Desarrollar una buena inteligencia emocional será clave para que un adolescente pueda hacer frente a la frustración. Para aprender a tolerarla necesitarán la oportunidad de enfrentarse a ella sin sobreprotegerles, trabajo que debe empezar a hacerse desde los primeros años de vida. Se debe potenciar la autonomía e iniciativa personal para que sean capaces de hacerle frente desde la calma y la reflexión. Si los padres no dejan que se enfrenten a ella, intentando resolverles las dificultades continuamente, provocarán que se conviertan en adultos que no saben solucionar sus problemas sin depender de los demás.

Estas son cinco claves que los padres pueden poner en práctica para enseñar a los adolescentes a tolerar la frustración:

  1. Ayudándoles a poner nombre a todas las emociones que aparecen cuando se sienten frustrados: recelo, ira, decepción, angustia... Explicándoles que estas emociones desagradables son necesarias para su desarrollo y deben aprender a darles respuesta.
  2. Evitando la sobreprotección y la permisividad encontrando un equilibrio en la exigencia. Ayudándoles a marcarse metas razonables, realistas y precisas, animándoles a probar sin miedo a tropezar. Ajustando las expectativas a sus capacidades para que no se sientan agobiados o juzgados.
  3. Animándoles a entrenar su paciencia a diario. Sin ella no serán capaces de examinar, desde la tranquilidad y objetividad, todo aquello que les ocurra ni ser persistentes para poder conseguir aquello que se propongan.
  4. Enseñándoles a enfrentarse a las situaciones negativas o a los problemas con realismo y positivismo y a aceptar el error como factor imprescindible para el aprendizaje. A persistir y ser conscientes de que las cosas cuestan un esfuerzo y a menudo no se consiguen a la primera.
  5. Los padres deben convertirse en el mejor ejemplo que puedan tener a la hora de hacer frente a su propia frustración. Pidiendo disculpas cuando se equivoquen con humildad y mostrándoles que con tenacidad y paciencia será mucho más fácil conseguir aquello que se propongan.

Se debe explicar a los adolescentes, con grandes dosis de cariño y respeto, que la vida no es perfecta y tampoco controlable. Que está repleta de desafíos diarios que van a exigir trabajo y su mejor versión. Animémosles a superar las piedras que se encontrarán en el camino con seguridad y atrevimiento. Como decía la cantante, compositora y empresaria de éxito Dolly Parton: “Si quieres el arcoíris tienes que aguantar la lluvia”.

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