Cómo hablar de sexo con tu hijo adolescente: ni con tecnicismos ni como si fueras su amigo

Pocos padres educan en sexualidad o abordan el tema con naturalidad. La mayoría aplaza el momento a un sermón puntual, cuando el menor de edad ya se ha licenciado en pornografía, o lo dejan para las charlas en el colegio

Otis Milburn junto a su madre, la sexóloga y psicóloga Jean Milburn, dos de los protagonistas de la serie de Netflix 'Sex Education'.
Otis Milburn junto a su madre, la sexóloga y psicóloga Jean Milburn, dos de los protagonistas de la serie de Netflix 'Sex Education'.

Carlos y Ana tienen dos niños; una chica de 10 años y un chico de 13. La relación de esta pareja con sus hijos es ejemplar, han cambiado de lugar de residencia para llevarlos a determinados colegios y se podría decir que son unos padres vocacionales. Ahora, Carlos siente que es el momento de hablar de sexo con su hijo, que es algo más introvertido que su hermana. Este ha ingresado en la adolescencia con ese voto de silencio que algunos chicos parecen haber firmado, y que solo es excusable para casos extremadamente graves y con la utilización de monosílabos. “No sé cómo abordar el tema”, confiesa, “y conozco a varios amigos en la misma situación”.

Ese discurso que muchos padres se sienten obligados a dar a sus hijos produce tanto desasosiego que, cuando llega el momento, se hace torpemente, deseando acabar y con la exclusiva audiencia de un adolescente que no ve motivo para romper su mutismo o dejar de mirar su iPhone. El joven, que registra ya muchas horas de visionado de porno y que, probablemente, haya tenido ya algún que otro escarceo con alguien del sexo contrario o del propio, mira a su padre con cara inexpresiva mientras sus pensamientos oscilan entre “¡Venga papá, si ya me lo sé todo!” y “¡Jo, pues sí que lo está pasando mal el pobre!”.

“Lo que no saben algunos padres es que ya llevan hablando de sexo a sus hijos desde que nacieron”, comenta Noemí Domínguez, sexóloga y psicóloga del gabinete de psicología Lo Bueno Si Breve, en Barcelona, y con amplia experiencia impartiendo charlas sobre sexualidad en centros educativos. “No con palabras, pero sí en la forma en la que se comportan en casa, con su pareja y sus muestras de afecto hacia ella. En la manera en que reaccionan ante las escenas íntimas de una película, en la cara que ponen cuando van por la calle y ven a dos personas del mismo sexo besándose o en el grado de naturalidad o incomodidad cuando, accidentalmente, algún miembro de la familia ve a otro semidesnudo en el baño. Es imposible no educar. Inevitablemente, estamos educando siempre a nuestros hijos con nuestra manera de actuar frente a las situaciones de la vida”, sostiene Domínguez.

La educación de la sexualidad no se limita al apartado mecanicista o técnico (como ponerse un condón, por ejemplo) sino que abarca todos los aspectos de la personalidad. “Cuando obligamos a un niño a darle un beso a un amigo nuestro, estamos entrando en el terreno de la sexualidad, de los límites del cuerpo y hasta del consentimiento”, apunta Domínguez, “y no deberíamos forzarlo, porque así pensará que para ser querido tiene que dar algo a cambio, aunque no le apetezca”.

“La sexualidad está tan implícita en todos los ámbitos de la vida que lo natural es ir hablándoles del tema a medida que los pequeños van formulando preguntas”, cuenta Ana Yáñez Otero, psicóloga sanitaria y sexóloga clínica, directora del Instituto Clínico Extremeño de Sexología, miembro del Comité Asesor de la Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS en sus siglas en inglés) y de la Junta Directiva de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS). “Es entonces donde se les puede hablar de las diferentes partes de la anatomía, de cómo respetar otros cuerpos, de los límites, de los afectos, de quién puede tocar tu cuerpo y quién no, de los diferentes tipos de familias y de todo lo que surja”, sentencia Yáñez.

La información sin educación no sirve de mucho

El ejemplo de ponerse o no preservativo cuando hay sexo ocasional es ilustrativo de cómo el poseer la información no siempre es suficiente para elegir la opción más adecuada. Casi todo el mundo sabe que prescindir del condón, cuando se practica el sexo con personas de las que desconocemos su currículo sexual, es comprar un boleto para la rifa de las enfermedades de transmisión sexual (ETS). ¿Qué es lo que hace entonces que unos se lo pongan y otros no? Según Noemí Domínguez, la respuesta a esta pregunta estaría en “la educación recibida sobre temas como el autocuidado, el riesgo, la capacidad de decir no, la habilidad para negociar, el respeto a nosotros mismos; la autoestima, que nos previene de hacer lo que los demás nos digan para caer bien o encajar en el grupo, o el hecho de llevar siempre condones, por si acaso”.

La educación es algo así como un buen sistema inmunitario. No podemos pretender vivir en un mundo sin virus ni bacterias, lo que si podemos intentar es tener las defensas en forma para que, cuando llegue la ocasión, podamos hacer frente a los patógenos como es debido.

Domínguez reconoce que, incluso hoy en día, la primera menstruación suele estar revestida de cierta gravedad, y suele ser el momento que, generalmente, muchas madres eligen para hablar del temido asunto con sus hijas. Así, abundan las frases lapidarias como “ya eres mujer”, “ya puedes tener hijos” o “ahora tienes que tener más cuidado con los chicos”. “Lo ideal sería que los niños y niñas tuvieran ya una idea de lo que les va a ocurrir en la pubertad, a sus cuerpos y a sus mentes. Pero una idea realista, ni idealizada ni centrada exclusivamente en los peligros del sexo”, recomienda la sexóloga y psicóloga.

“La idea de decirle al hijo: ‘Mira, hoy quedamos a las seis de la tarde en el salón para hablar de sexo’ no me parece muy buena”, señala por su parte Antonio Daniel García Rojas, psicólogo, sexólogo, director del Departamento de Pedagogía de la Universidad de Huelva y miembro de FESS, quien también imparte clases de sexualidad a familias. “Yo siempre hablo que lo que tiene que prevalecer es la naturalidad; pero muchos padres abordan este tema con mucho miedo porque son conscientes de que sus hijos poseen mucha información que ellos no tienen (diferentes sexualidades, nuevos términos para designar gustos o actitudes, etcétera). Muchos me han dicho: ‘¿Y qué hago si mi hijo me pregunta qué son, por ejemplo, los pansexuales y yo no sé qué contestarle?”.

Más que adoctrinar, acompañar

Aproximarse al adolescente esperando que este se confiese como lo haría con un amigo tampoco da buenos resultados: “Durante la pubertad aparece un proceso mediante el cual el ser humano empieza a darse cuenta de la importancia de su privacidad e intimidad, y en esa esfera se encuentra el ámbito de la sexualidad” señala Domínguez. “Es, por lo tanto, poco probable que nuestros hijos nos cuenten sus aventuras y nosotros tampoco deberíamos pedírselo. Más que preguntar de forma directa, hay que sugerir o también podemos contarle experiencias nuestras que les puedan servir de lección, sin necesidad de entrar en intimidades, si no lo queremos”.

“Lo importante es que sepan que los padres son siempre un apoyo al que poder recurrir cuando existe un problema o algo que les preocupa demasiado, y que estos no van a reaccionar enfadándose con ellos o criminalizando su actuación”, comenta Yáñez.

El miedo de los progenitores a que sus hijos sufran por amor, tengan desengaños, contraigan una ETS o, lo que es aún peor, sean víctimas de abusos sexuales es lógico, pero enfatizar el lado peligroso del sexo no es lo adecuado. “Se sabe ya que los chicos que reciben educación sexual empiezan sus relaciones más tarde, eligen mejor sus parejas y tienen más recursos para tomar decisiones responsables, al margen del grupo. Aun así, nadie está a salvo de tener problemas y hay que proporcionarles algunas herramientas y reglas básicas como, por ejemplo, no irse nunca con alguien que no conozcan bien, informar siempre a los amigos o padres dónde se está, no dejar las bebidas fuera de control o beber cosas que ofrecen desconocidos y no abandonar a nadie que haya bebido demasiado”, comenta Ana Yáñez.

El porno es otro caballo de batalla. Intentar prohibirlo es como poner puertas al campo porque, de todas formas, lo verán tarde o temprano. “Yo aquí sí que estoy a favor de un pin parental”, comenta Antonio Daniel García Rojas, “controlar el consumo del móvil porque los niños empiezan a ver porno a los siete y ocho años, cuando se les regala su primer teléfono y luego las consultas están llenas de jóvenes con disfunción eréctil o chicas con desgarros vaginales, que intentan hacer lo que han visto”, explica el sexólogo. “Cuando tienen 14 o 15 ya es distinto, pero yo antes de hablar de pornografía les hablaría de otras cosas, de lo que es una sexualidad sana, de la diversidad, del compromiso, del amor, de los sentimientos. Cuando doy charlas sobre ello a los adolescentes, lo que más me piden es que les explique la diferencia entre el amor y la amistad o cómo saber cuándo uno está realmente enamorado”, añade.

Rita Abundancia es periodista, sexóloga y autora de la web RitaReport.net.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS