¿Qué es la ansiedad lingüística y cómo puede afectar a tu hijo cuando aprende un idioma?

El término, acuñado por Krashen en 1982 en su teoría del Filtro-Afectivo, refleja que tanto la actitud del niño como su estado anímico influyen positiva o negativamente en los procesos de adquisición de segundas lenguas

Escuela de primaria, Montes dos Postes, en Santiago de Compostela, durante una clase de ingles a alumnos de primer curso de Primaria.
Escuela de primaria, Montes dos Postes, en Santiago de Compostela, durante una clase de ingles a alumnos de primer curso de Primaria.OSCAR CORRAL

Uno de los objetivos de los padres y madres en la actualidad es que sus hijos aprendan por lo menos un segundo idioma. El bilingüismo, el tener la capacidad de poder relacionarse en otra lengua y disfrutar de la oportunidad de conocer otros países y otras culturas, suele estar en los primeros puestos de la lista de deseos de muchas familias. Pero no siempre es bonito y fácil: no todos los niños aprenden a la misma velocidad, ni tienen la misma capacidad de expresarse en otro idioma. Y aquí es cuando puede surgir la ansiedad lingüística.

Acuñado por Krashen en 1982 en su teoría del Filtro-Afectivo en el aprendizaje de idiomas, este término refleja que “tanto la actitud del estudiante como su estado anímico influyen positiva o negativamente en los procesos de adquisición de segundas lenguas. Además de la ansiedad, afectan factores como la motivación y a autoestima. Si el filtro afectivo tiene niveles bajos, la enseñanza es más relajada y efectiva. Si es alto, se crea un bloqueo mental que impide utilizar su potencial, tanto para expresarse como para aprender. Por tanto, se producen barreras psicológicas que reducen la autoconfianza y puede verse reflejada en forma de nerviosismo, temblor, vergüenza a expresarse en el idioma y rechazo hacia el aprendizaje o uso de la lengua”, explica Inés Ruiz, directora de ELEInternacional y licenciada en Traducción e Interpretación, máster en Educación y máster en Neuroeducación.

“Por todo esto, la ansiedad lingüística es un factor emocional negativo que surge al usar un idioma extranjero y que puede afectar tanto al aprendizaje como al rendimiento. Genera un sentimiento de vulnerabilidad al tener que hablar o emplear una lengua que no es la nativa y puede influir también en los niveles de autoestima y motivación”, incide Ruiz. “Cuando hablamos en otro idioma, experimentamos este tipo de ansiedad porque tenemos que expresarnos delante de otros y podemos sentirnos vulnerables, pues no estamos utilizando todo nuestro potencial comunicativo. La presión grupal también puede aumentarla, sobre todo en los adolescentes”, añade.

Los factores afectivos en el proceso de aprendizaje están tomando más relevancia hoy en día debido a los avances en los estudios de neuroeducación. “Incluso el Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas (MCERL) pone de manifiesto la importancia de estos en la enseñanza de lenguas extranjeras. Aquí se señala que la actividad comunicativa de los estudiantes se ve afectada por aspectos relacionados con las motivaciones, actitudes, valores, creencias, estilos cognitivos y tipos de personalidad que contribuyen a su identidad personal. Reconoce, por otro lado, la influencia del estado físico y emocional del alumno. Si se encuentra relajado y despierto, tiene más probabilidades de alcanzar con éxito los objetivos de aprendizaje que otro cansado e intranquilo”, afirma Ruiz. Por ejemplo, cuenta la experta, en la parte cognitiva del cerebro, esta ansiedad afecta a la metacognición, que es como regulamos el proceso de aprendizaje, siendo un obstáculo para poder afianzar la información o recibir el input: “Además añade una barrera a este proceso y puede involucrar a áreas del cerebro como la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal, creando problemas para concentrarse, controlar las emociones y recordar los conceptos que se están estudiando”.

Según Ruiz, este es un problema que requiere mejoras en el entorno (escolar o familiar) para poder tener una forma de trabajo que reduzca los posibles desencadenantes, ya sea con la ayuda de unos métodos de enseñanza y una perspectiva más emocional (uso del error como proceso de aprendizaje) o trabajando en casa ciertas habilidades personales (como afianzar el sentimiento de seguridad y autoconfianza).

Inés Ruiz, directora de ELEInternacional y licenciada en Traducción e Interpretación, máster en Educación y máster en Neuroeducación.
Inés Ruiz, directora de ELEInternacional y licenciada en Traducción e Interpretación, máster en Educación y máster en Neuroeducación.

Qué hacer en casa para ayudar al alumno que sufre ansiedad lingüística

“En casa los padres tienen un papel fundamental. Es importante integrar en la rutina la segunda lengua que se está aprendiendo para practicar el idioma fuera del aula”, explica Ruiz. Según informa, sería estupendo que los papás y las mamás estudiaran con los niños y que fueran los más pequeños los que les ayuden a ellos con la pronunciación o les enseñen los avances en clase para, por un lado, aumentar la autoestima y, por otro, hacer que todos participen: “También sería interesante conversar con los niños sobre lo que sienten al aprender un idioma. Cuando podemos identificar sus sentimientos, podemos ayudarles a procesarlos para superar ese desafío. Por ejemplo, si nos dicen que tienen vergüenza de hablar mal, podemos buscar la letra de su canción favorita e imitar la pronunciación del cantante. De esta forma, haremos una conexión emocional relevante para él o ella y su proceso de aprendizaje con algo que le motiva. Y a la vez, estamos “repasando” con ellos de una manera más orgánica y divertida”.

Y en el aula…

En el aula hay que crear ambientes afectivos para que los niños se sientan cómodos.“Por ejemplo, se puede realizar una actividad en la que se escriban en la pizarra todos los posibles miedos al aprender idiomas. Y entre todos, reflexionar para debatir si tienen lógica o si hay alguna cosa que podamos hacer para afrontarlos. Si un alumno comenta “no sé pronunciar bien”, podemos argumentar que todos estamos aprendiendo y que con la práctica mejoraremos”. “También les podemos preguntar qué acciones pueden ejecutar para avanzar. De este modo, les hacemos participar y les damos un rol más importante en el proceso de enseñanza. Además, pueden proponer aspectos que les interesen, como por ejemplo escuchar su canción favorita y trabajar la pronunciación, por lo que aumentaremos la conexión emocional y significativa”, añade la experta.

Si el profesor detecta estudiantes con baja autoestima, es conveniente animarles a repasar lo que han conseguido hasta ahora y hacerles ver que con esfuerzo y tiempo se alcanza todo: “Una propuesta interesante es hacer cuadernos de a bordo, donde se van recogiendo los trabajos del semestre. Esto les ayudará a observar su progresión y lo que han aprendido”.

A los alumnos más tímidos les cuesta abrirse a los demás, e incluso pueden sentirse excluidos: “Para evitarlo, hay que realizar dinámicas de grupo. En clase, por un lado, sería recomendable practicar actividades centradas en incrementar el nivel de confianza, la calidad de interacción entre los participantes y mejorar el grado de implicación. Por otro lado, enfocarse en crear un sentimiento de pertenencia, especialmente en las primeras semanas de clase, para que los niños inicien sus primeros contactos con los compañeros a través de la segunda lengua”. Para Ruiz, siempre hay que apoyar al estudiante con refuerzos positivos y generando ambientes cómodos y relajados, sin castigar los errores, pues forman parte del aprendizaje.

“Por último”, prosigue, “el docente puede proporcionar al alumno algunas estrategias de comunicación que le permitan ganar tiempo cuando hagan una tarea de expresión oral; y también de interacción que le capaciten a expresar que no ha entendido el mensaje cuando hay una conversación en la lengua meta”. “Es esencial que el estudiante no se sienta inútil porque probablemente termine abandonando las clases”, concluye Ruiz.

La importancia de enseñar inteligencia emocional desde la infancia

Según explica Inés Ruiz, traductora y máster en Educación, la inteligencia emocional ayuda a los niños a enfrentarse a los retos de la vida de forma positiva y a reducir y evitar sentimientos negativos o de frustración, así como a relacionarse en distintas situaciones sociales: "Permite conocer las emociones, aprender a gestionarlas y expresarlas de manera efectiva y encontrar soluciones. Entre otros, algunos de los beneficios de una inteligencia emocional desarrollada son la reducción de conductas destructivas o negativas, la empatía hacia otros niños, la comunicación asertiva y la autoestima alta". 

"Partiendo de que la afectividad del estudiante interviene en el proceso de adquisición de la lengua y esta actúa como un filtro invisible que puede obstaculizar el aprendizaje, cuanto más control tenga el niño de las emociones, mayor será la motivación y autoconfianza y menor la ansiedad. Por consiguiente, será más efectiva", termina Ruiz.  

 

 

 

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Sobre la firma

Carolina García

La coordinadora y redactora de Mamas & Papas está especializada en temas de crianza, salud y psicología, y ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Es autora de 'Más amor y menos química' (Aguilar) y 'Sesenta y tantos' (Ediciones CEAC). Es licenciada en Psicología, Máster en Psicooncología y Máster en Periodismo de EL PAÍS.

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