Bruselas responderá sin “líneas rojas” a los aranceles de Trump a los productos europeos
La Comisión Europea prepara medidas simétricas con gravámenes comerciales pero no descarta otras bazas, como cerrar el mercado de la UE a ciertos bienes o servicios estadounidenses

La Unión Europea afila sus armas comerciales para responder al “Día de la Liberación”, el 2 de abril. La jornada en la que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha prometido imponer lo que denomina “aranceles recíprocos” —que de eso tienen poco y pueden afectar a todos los bienes que llegan a EE UU— contra un rosario de países. Si cumple, la nueva medida aumentará la guerra comercial hasta consecuencias inimaginables. La Comisión Europea, que tiene las competencias comerciales del bloque de 27 países y 450 millones de ciudadanos, prepara su respuesta a la escalada contra quien ha sido uno de sus aliados más cercanos. “No hay líneas rojas en el catálogo europeo de represalias”, advierte una alta fuente comunitaria.
Eso significa que, además de una respuesta comercial en forma de aranceles a productos estadounidenses, que se sumarían a los previstos para contrarrestar los gravámenes de un 25% que Washington ya impuso a principios de mes al aluminio y el acero, Bruselas considera aplicar todo su arsenal en el que está también el llamado instrumento anticoerción, un arma de seguridad económica, que permitiría cerrar el mercado europeo a ciertos bienes o servicios, e incluso impedir que empresas estadounidenses concursen en licitaciones públicas o participen en proyectos financiados con el presupuesto comunitario.
La relación comercial entre los dos lados del Atlántico es una de las más intensas del mundo. Según los propios números de la Administración estadounidense, las importaciones y exportaciones de bienes suman 975.000 millones de dólares (900.000 millones de euros), con una balanza favorable a la UE de 235.571 millones de dólares. Hasta ahora, las respuestas de la Unión se han centrado exclusivamente en la relación comercial con Estados Unidos. Fue así en 2018, con las medidas proteccionistas de Trump en su primer mandato, y lo ha sido con las propuestas actuales.
Pero si ahora Estados Unidos impone los aranceles masivos que ha anunciado para el 2 de abril, golpear en esta parte comercial de la balanza —la de los productos estadounidenses— tiene limitaciones y, además, tiene impacto en la UE. Por tanto, no falta quien contempla dirigir el golpe a los intercambios de servicios (digitales, financieros, propiedad intelectual…), un área sobre la que no hay aranceles y en la que Europa es deficitaria, exporta muchos menos servicios que a la inversa. En 2024, el saldo en servicios fue positivo para EE UU por 75.617 millones de dólares.
Golpear a esta parte del intercambio internacional, implicaría que la UE recurra a una herramienta legal que hasta ahora no ha utilizado: el instrumento anticoerción. Su aprobación ha sido reciente, llegó en la legislatura anterior, y se debió a las lecciones aprendidas durante la primera Administración de Trump y, también, a la amenaza por la pujanza de China. Por ahora, en las reuniones del Consejo de la UE sobre comercio esta opción no se ha discutido, apuntan fuentes conocedoras de estos debates, pero está sobre la mesa y tiene grandes defensores dentro del propio Ejecutivo comunitario, que sostienen que se puede “modular” en función de las medidas de Washington.
El instrumento anticoerción —para algunos el bazuca definitivo— es una de las herramientas disponibles, más allá de la pura respuesta comercial. También hay otras diplomáticas que la UE ya está practicando, apuntan fuentes comunitarias, como el acercamiento a otros socios comerciales y el impulso acelerado de nuevos acuerdos comerciales —como el del Mercosur— y la revisión de antiguos. Hay más: algunos defienden que debería reactivarse la idea de imponer un impulso a las tecnológicas, aparcado por las negociaciones en la OCDE.
Pero hay gran recelo en algunos sectores del Ejecutivo comunitario y las capitales de ir más allá de la respuesta simétrica en forma de aranceles. De hecho, el temor a una gran guerra comercial y a sus consecuencias ha llevado a varios países, como Francia, Italia o Irlanda, a pedir a la Comisión Europea que juegue bien sus cartas y revise a fondo el catálogo de bienes estadounidenses a gravar. Esa primera oleada de aranceles en respuesta a los del aluminio y el acero —que en realidad se había construido con una lista de 2018 y 2021 de represalia a los impuestos por Trump en su primer mandato— por valor de unos 26.000 millones de dólares debía entrar en vigor esta semana e incluía desde el bourbon a ropa de la marca Levi’s o las motocicletas Harley-Davidson.
Riesgo de fisuras en la unidad
Pero Bruselas ha pospuesto su aplicación no solo para dar más tiempo a negociar con Washington sino también con los Estados miembros y los sectores más afectados. Trump anunció respuesta a los aranceles impuestos por Europa y aseguró que gravaría un 200% los licores y el vino europeo. Y eso ha escamado a París, Roma y Dublín, que temen por su sus vinos y su whisky. Ese primer desmarque de varios Estados miembros preocupa en Bruselas, donde temen que los socios empiecen a ir por su cuenta para tratar de que sus sectores industriales más potentes no se vean afectados. “Si Trump logra romper la unidad, la UE está perdida”, zanja una alta fuente comunitaria.
La Comisión Europea ha asegurado que no le temblará el pulso. “Estamos preparados para salvaguardar nuestros intereses económicos y, en caso necesario, daremos una respuesta firme, proporcionada, robusta, bien calibrada y oportuna a cualquier medida injusta y contraproducente de Estados Unidos”, manifestó un portavoz comunitario el jueves, después de que Trump firmase nuevos aranceles de un 25% a los automóviles (y piezas) que llegan a EE UU.
La UE mantiene que seguirá intentando negociar con Trump y su equipo hasta el final, y ha ofrecido algunas concesiones, como bajar sus aranceles sobre los bienes industriales, impulsar algunas importaciones y llegar a acuerdos para aumentar el flujo hacia Europa del gas licuado estadounidense.
Pero por ahora, ningún acercamiento ha sido fructífero. El martes, el comisario de Comercio, Maros Sefcovic, y el poderoso jefe de Gabinete de la presidenta Ursula von der Leyen, Björn Seibert, se reunieron en Washington con el secretario de Comercio de EE UU, Howard Lutnick, el representante comercial Jamieson Greer y Kevin Hassett, director del Consejo Económico Nacional, en un último intento de impedir una guerra comercial transatlántica total. Los europeos salieron de la cita con buenas sensaciones, cuentan fuentes próximas a esas negociaciones. Sin embargo, después se cristalizaron los aranceles de EE UU a los automóviles y el equipo europeo tuvo que desayunarse con los comentarios despectivos —“gorrones” o “patéticos”— del círculo más cercano del presidente estadounidense sobre Europa en un chat de Signal destapado por un periodista de The Atlantic.
Quienes han estado involucrados en las negociaciones los últimos meses con el equipo de Trump en Europa, y en países como Canadá, destacan que sus negociadores tienen, en realidad, muy poco margen de maniobra y que es el propio Trump —con su conducta errática— quien toma la decisión final, al margen de lo acordado previamente. Bruselas cree que EE UU está determinado a imponer más aranceles a la UE —de en torno a un 20%, según cálculos de varias fuentes— y que solo abrirá la mano para negociar una vez que esos gravámenes estén en marcha. El presidente estadounidense ha repetido varias veces que la UE “se ha portado mal” con Estados Unidos e incluso ha llegado a lanzar que se creó para jorobar —aunque él usó una palabra menos diplomática— a Washington.
Ante el día grande, Bruselas ha acelerado el debate sobre sus represalias y trabaja sin descanso en catálogos de productos estadounidenses a gravar, análisis de riesgos y control de daños. Aunque el momento de la verdad puede llegar más bien en diferido, después del anuncio. El Consejo de la UE tiene previsto abordar las relaciones comerciales con EE UU y China el próximo 7 de abril en una reunión extraordinaria de ministros y responsables de Comercio convocada en Luxemburgo.
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