_
_
_
_
_

Carolina Jiménez, presidenta de WOLA: “En Latinoamérica aún hay más oportunidades para la promoción democrática que en otras partes del mundo”

La pujanza de la sociedad civil y de una juventud comprometida son indicios alentadores, pese a la caída de popularidad del modelo democrático en las encuestas, apunta esta experta

Carolina Jiménez Sandoval
Carolina Jiménez Sandoval, presidenta de WOLA

Segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Argentina el próximo domingo. Toda una ronda de comicios en el continente americano el año próximo, desde Estados Unidos y México a El Salvador y Venezuela, en las que se plantean interrogantes claves sobre el avance o retroceso democrático en la región. Todo ello en un convulso contexto global, en el que continúa la guerra en Ucrania, el conflicto entre Israel y Hamás amenaza con extenderse por Oriente Próximo, el sur global trata de que se escuche su voz y Washington rivaliza con China en todos los ámbitos. Pero Carolina Jiménez Sandoval, presidenta de la ONG Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), especializada en la promoción de los derechos humanos en Latinoamérica, rompe una lanza en favor de la región. En Latinoamérica “sigue habiendo más oportunidades para la promoción democrática que en otras partes del mundo”, sostiene.

El panorama es agitado. “Hay retrocesos importantes que son innegables” en la solidez de la democracia de la región, empezando por el propio prestigio de este sistema político entre sus habitantes, reconoce esta experta de nacionalidad venezolano-mexicana con más de 20 años de historial en la defensa de los derechos humanos en América Latina. Según el Latinobarómetro, solo hay un 48% de apoyo de los ciudadanos a la democracia. “Este es un dato gravísimo. Representa una aceptación de otras formas de gobierno que no respeten los principios democráticos por los que tanto luchó la región”, recuerda.

Además de modelos autoritarios consolidados como Cuba, o Nicaragua o una Venezuela donde “se ve una rendija de aquí y de allá”, otros regímenes “se están moviendo aceleradamente hacia esos mismos modelos”. Como la Administración del presidente Nayib Bukele en El Salvador, que “en un período muy, muy corto de tiempo logró cooptar las instituciones más básicas para la supervivencia de una democracia y minar el principio de separación de poderes”.

P. Y luego están los países signos de interrogación.

R. No sabemos qué va a pasar en Argentina, pero también es una de esas grandes sorpresas. No creo que hace diez años hubiésemos imaginado que la segunda ronda en una elección en Argentina tendría a un contendiente como Javier Milei, claramente un candidato antiderechos y antisistema que representa una gran amenaza. Eso no quiere decir que el otro candidato [el peronista Sergio Massa] sea maravilloso, pero el factor Milei genera mucha preocupación. Aunque no avanzó en la primera ronda, sería tremendamente preocupante que llegara a través de apoyo de fuerzas democráticas. En vez de ser justamente los guardianes de la democracia, ver que hay partidos que se suponía que jugaban con la reglas democráticas apoyando a Milei, como en su momento vimos a partidos de la izquierda tradicional venezolana apoyando al madurismo, que es un extremo de la izquierda. Cuando esos partidos permiten ser cooptados por los extremos, creo que es cuando realmente la democracia entra en una situación de mucho peligro.

Y luego está Guatemala, donde todo parece indicar que la llegada al poder de Bernardo Arévalo, a pesar de ser una expresión de deseo de cambio de los guatemaltecos, va a estar llena de obstáculos en el camino. Al final, los poderes de facto siguen teniendo la posibilidad de hacer su permanencia en el cargo tremendamente difícil. Y podemos hablar de México y su militarización. La región tiene muchísimos desafíos, pero también es esa región donde la democracia se va reintentando o incluso se salva a sí misma a través de sus mecanismos. Colombia salió de una administración que realmente boicoteaba el acuerdo de paz a una que ha decidido abrazar su proceso, que ha estado, está, lleno de dificultades. Creo que la región sigue demostrando que, a pesar de que los mecanismos de la democracia son usados para minarla, también consiguen detener el retroceso democrático y reconstruir la democracia.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

P. ¿Por ejemplo?

R. Yo creo que a pesar de esa cifra del 48%, que no deja de preocupar muchísimo, sigue habiendo en América Latina movimientos muy importantes a nivel social, que dan esperanza para que la región se mueva más hacia la defensa de los derechos fundamentales. El movimiento feminista latinoamericano ha logrado, por ejemplo, avances en términos derechos sexuales y reproductivos que eran impensables hace 15 años.

Mientras Estados Unidos retrocede en derechos sexuales y reproductivos, se ven avances en Argentina en México, en Colombia, incluso en los países más inverosímiles, católicos, más conservadores. Los logros también se han visto en materia de promoción de políticas para mitigar el cambio climático, a favor de la protección del Amazonas, etcétera. Están muy marcados por una juventud latinoamericana que ha puesto el tema climático muy en el centro de sus preocupaciones.

Las encuestas sobre la juventud latinoamericana nos dicen que muchos no creen en los partidos políticos, no creen en las instituciones políticas, pero creen en la participación política, que es algo distinto. Ellos, como agentes de cambio, pueden influir en en el devenir de sus propias historias y en los temas que les importan: el medioambiente, la equidad de género. Los jóvenes quieren trabajar y tener un empleo digno y poder vivir, desarrollar un proyecto de vida. Entonces, si bien hay fuerzas antipolítica, muy antiderechos, que también tienen mucho peso en la región, creo que hay una ciudadanía mucho más activa de la que a veces queremos ver.

(Jiménez cita el caso de Venezuela, donde, tras tres décadas de mandato autoritario, se acaban de celebrar elecciones primarias para decidir el candidato de la oposición en los comicios de 2024, ganadas por María Corina Machado).

Lo que nadie se esperó, incluyendo el Gobierno de [Nicolás] Maduro, es que ese ejercicio netamente ciudadano, sin intervención del Estado, iba a lograr un proceso de participación de 2,3 millones de personas. Creo que sorprendió la comunidad internacional, pero ciertamente sorprendió al poder autoritario.

P. Pero ese proceso ha quedado cancelado.

R. Sí, pero esa es la parte interesante. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela sacó una sentencia de debajo de la manga, honestamente, y dice que suspende los efectos de las elecciones primarias. Pero es un hecho consumado. La elección pasó, la participación política fue mucho más alta de la esperada, y energizó a una población que la comunidad internacional veía como muy despolitizada. Ahora el Gobierno se va a dedicar por los próximos meses a decir que esas elecciones son un fraude, no son legales, pero no puede borrar la acción que ya sucedió. Y que es parte del acontecer diario, porque la gente fue a votar. Y además no sólo fue a votar, la gente la organizó. No hubo participación del Estado en la realización de esas elecciones, la gente prestó sus casas, la gente votó en las plazas. Ese ejercicio ciudadano va a quedar en la memoria de la historia de los venezolanos, más allá de que haya una sentencia que crea poder borrar un ejercicio ya consumado. En efecto, nos preocupa muchísimo cómo salir de los autoritarismos consolidados y cómo detener los retrocesos democráticos. Pero siento que América Latina sigue dando oportunidades para que la región no se sume a ese gran vacío de desesperanza ciudadana. En Brasil, la institucionalidad logró detener los intentos de Jair Bolsonaro de dar la vuelta a las elecciones, y su figura política está mucho más reducida.

P. Precisamente ese empuje de la juventud y la sociedad civil ha traído a líderes más jóvenes o más novedosos en Chile o Colombia, pero en cierta manera estos líderes tampoco han cumplido las expectativas creadas.

R. Sí. El presidente electo en Ecuador tiene 35 años, luego tenemos a Gabriel Boric en Chile y a Nayib Bukele en El Salvador, tres presidentes millennials. Pero si algo nos demuestra Nayib Bukele, que en su momento fue el líder más joven de la región, es que la juventud sola no garantiza actitudes democráticas, como tampoco lo garantiza una carrera política de muchos años. Los líderes una vez que llegan al poder pueden mostrar lados antidemocráticos que no se conocían necesariamente. Cuando Bukele llega al poder es el primer presidente en la historia de la ONU que se toma una selfie mientras está dando un discurso y lo coloca en su Twitter. Entonces empieza este boom de Bukele, muy relacionado con su forma de comunicarse, su edad y lo que se supone que representaba el nuevo liderazgo de un presidente millennial. Bueno, ya está por terminar su periodo y la decepción no puede ser más grande para los que creemos en los derechos humanos. A través de una política de seguridad punitiva, y bastante ilegal bajo los estándares internacionales de derechos humanos, ha puesto al 2% de la población adulta en prisión, ha desmantelado instituciones democráticas y ahora sabemos que se va a intentar reelegirse, aunque está prohibido expresamente por la Constitución de El Salvador.

P. ¿Y en Chile?

R. En el caso de Boric, sí es donde hemos visto un poco más esos liderazgos que quisiéramos ver en la región, al menos en cuanto a su política exterior. Ha puesto los derechos humanos muy en el centro y es capaz de sortear las diferencias ideológicas y condenar, por ejemplo, violaciones de derechos humanos, independientemente de quién sea el perpetrador. Pero no cabe duda que tienen los desafíos enormes a nivel interno y que en este momento es un líder con altas tasas de impopularidad.

Algo parecido pasa en Colombia. Las expectativas sobre Gustavo Petro eran directamente proporcionales al rechazo a la Administración anterior. Los problemas estructurales de violencia, de desigualdad, no se iban a terminar en un día, pero él lo prometió y entonces obviamente la población exige que cumplas. Dicho esto, también se le reclama mucho que tiene un lenguaje polarizante. No siempre es conciliador, y este es un país que necesita más conciliación que divisiones.

P. Siguiendo con este repaso a América Latina y sus democracias y respecto a los derechos humanos hay otra pareja de países que también tienen en común líderes débiles y donde el poder lo tiene la legislatura, Ecuador y Perú.

R. De Ecuador hay que hacer mucho seguimiento. Preocupa el incremento de la violencia que está muy ligada obviamente a la transformación del país en un centro importante de operación de carteles y de toma del crimen organizado de territorios muy claves. Los desafíos que tiene el presidente electo Daniel Noboa son tremendamente grandes para una población que tiene también expectativas tremendamente grandes.

Y Perú está en una encrucijada bastante grave porque nadie tiene una aprobación tan baja como la presidenta peruana, Dina Boluarte, o como el Congreso peruano, en torno al 6%. Y a pesar de eso, siguen actuando para desmantelar unas instituciones democráticas que tanto costaron construir, como la Defensoría del Pueblo. En Perú sí hubo un proceso de justicia transicional, una vuelta de la democracia pero los factores autoritarios siguieron teniendo mucho poder. Esa desigualdad entre ciudad y campo que en Perú es tan marcada, la discriminación contra los pueblos indígenas, se volvieron caldo de cultivo no para que la democracia nunca se consolidara.

P. Nos queda México, uno de los grandes países donde habrá elecciones el año próximo. ¿Qué hay que vigilar?

R. Un país donde hay democracia y al mismo tiempo 110.000 personas desaparecidas es una contradicción enorme. Buena parte de esas desapariciones justamente ocurrieron en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. En vez de retirar al Ejército de las calles, como tanto prometió, profundizó la militarización. Los militares ahora controlan las aduanas. La incursión de las Fuerzas Armadas en aspectos que siempre fueron civiles en la política mexicana es de los legados más decepcionantes del sexenio, y eso va a tener un efecto profundo en México para las próximas décadas. Una vez que empieza a darle mayor poder a las Fuerzas Armadas es siempre muy difícil revertir esos procesos y creo que lo vamos a ver con quien sea elegido. A eso se le agrega un gran desprecio por la sociedad civil, el periodismo independiente, muy poca tolerancia a la crítica. También, intentos de desmantelar el poder judicial.

Sigue toda la información internacional en Facebook y X, o en nuestra newsletter semanal.

Sobre la firma

Macarena Vidal Liy
Es corresponsal de EL PAÍS en Washington. Previamente, trabajó en la corresponsalía del periódico en Asia, en la delegación de EFE en Pekín, cubriendo la Casa Blanca y en el Reino Unido. Siguió como enviada especial conflictos en Bosnia-Herzegovina y Oriente Medio. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid.
Normas
Tu comentario se publicará con nombre y apellido
Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_