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Laurent Berger, líder del primer sindicato de Francia: “El cohete Le Pen ha despegado; ahora hay que evitar que se ponga en órbita”

El secretario general de la moderada CFDT pide suspender temporalmente la ley que aumentará la edad de jubilación y alerta de que el conflicto se está transformando en una crisis democrática

Laurent Berger
El secretario general de la CFDT, Laurent Berger, durante la entrevista, este martes en París.Samuel Aranda
Marc Bassets

Laurent Berger (Guérande, 54 años) es, con Emmanuel Macron, el actor decisivo en la batalla por la reforma de las pensiones en Francia. Toda solución a la crisis política y social que vive el país pasará seguramente por el líder del primer sindicato francés y por el presidente de la República.

Berger es el secretario general de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), tradicionalmente calificada de reformista o moderada por contraste con la más combativa CGT. El dirigente también preside la Confederación Europea de Sindicatos. Aliada del propio Macron y de otros Gobiernos en anteriores reformas, la CFDT se opuso desde el principio a la reforma que pretende aumentar la edad de jubilación de los 62 a los 64 años y acelerar la exigencia de 43 años cotizados, en vez de 41. Sin el rechazo de este sindicato, el mayor de Francia, la reforma habría resultado más sencilla para el Gobierno.

En una entrevista con EL PAÍS y los diarios del grupo de periódicos europeos LENA, Berger detalló este martes en París su propuesta para salir de la crisis política y social en Francia. Su discurso va más allá de la reforma: encarna una izquierda socialdemócrata que en Francia hace tiempo que se ha quedado sin voz.

Pregunta. Hay imágenes de violencia y fuego en las calles de Francia, la sociedad se rebela, el presidente no cede. ¿Cómo salir de este callejón?

Respuesta. Hay una cólera social que empieza a transformarse en cólera democrática. Es un gran movimiento social que no se veía desde principios de los años ochenta. El motivo es sencillo: la reforma de las pensiones y todo lo que revela sobre el mundo laboral. El poder no ha tomado en cuenta lo que pasó durante la pandemia, que convulsionó la relación con el trabajo, sobre todo para los trabajadores de la primera y la segunda línea: los de los cuidados, el acompañamiento, la limpieza, lo agroalimentario. Estuvieron ahí durante el confinamiento, no obtuvieron reconocimiento salarial, y el reconocimiento que ahora obtienen es trabajar dos años más. Son los más afectados por la reforma, los que empezaron a trabajar entre los 18,5 años y los 21 en profesiones poco cualificadas. El conflicto arranca con las pensiones, se gestiona mal desde el punto de vista parlamentario y se transforma en crisis democrática.

P. ¿Cuál es la solución, entonces?

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R. Hay que apretar el botón de pausa. Esto significa suspender temporalmente la ley y volver a debatir en el marco de un proceso con mediadores. El primer gesto del lado del poder consiste en decir: ‘De acuerdo, dejamos de lado durante un tiempo los 64 años y volvemos a hablar’.

P. ¿La pausa sería por seis meses?

R. Sí, el tiempo de calmar las cosas y encontrar un compromiso.

P. ¿Macron puede apretar el botón de pausa sin perder la credibilidad?

R. Imagine que hay un drama en una manifestación uno de estos días. Entonces perdería la credibilidad. Si hago esta propuesta, es para que nadie la pierda. Mi idea es decir: ‘Escuche lo que ocurre, escuche la respiración de la sociedad y del mundo del trabajo’. Hay una tensión enorme y, si se promulga la ley, la tensión se transformará en resentimiento. ¿Ha visto la proyección de escaños en la Asamblea Nacional en caso de disolución y elecciones anticipadas? El [partido de extrema derecha] Reagrupamiento Nacional multiplica por dos sus diputados, la NUPES [alianza de izquierdas] no gana nada, la mayoría presidencial se queda con la mitad...

P. Todos los países del entorno, o casi, tiene una edad legal de jubilación más elevada.

R. Sí, pero mire la edad efectiva de jubilación. Nuestra edad legal de jubilación es de 62 años, pero la edad media de jubilación son 63 años y tres meses. Las proyecciones de los expertos indican que subirá a los 64 años y un poco más. Cuando se mira a otros países europeos, la edad de jubilación es de 65 o 67 años, pero la edad efectiva es más baja. A mí me encantan las comparaciones europeas. Pero nunca hemos entrado, desde hace seis años, en una concertación entre sindicatos y Gobierno como la que se desarrolla actualmente en España, con la capacidad de llegar a compromisos. ¡Nunca! Y conozco bien a Pepe Álvarez [secretario general de UGT]. La concertación a la española con el Gobierno y con Yolanda Díaz [ministra de Trabajo y Economía Social] no es la concertación que se ha desarrollado [en Francia] con Olivier Dussopt [ministro de Trabajo]. Aquí no hay búsqueda de compromiso.

P. ¿Usted aceptaría fijar la jubilación a los 63 años, en vez de los 64?

R. ¿Por qué a los 63? Han convertido la edad en un objeto político. Nosotros hablamos de la vida de la gente en el trabajo. El país está ahora mismo en una tensión extrema, con un riesgo enorme a nivel democrático, y todo esto por un ahorro de 10.000 millones de euros anuales, que son importantes, pero la última medida de ayuda para los carburantes era de 12.000 millones de euros. Lo de edad es dogmático: el propio presidente lo decía en 2017.

P. ¿Cómo gestiona el problema que supone llamar a manifestarse sabiendo que las protestas pueden convertirse en un pretexto para la violencia?

R. Hay un problema y la manera de luchar contra esto es hablando sin ambigüedades. Los black blocks [grupos violentos] odian a los sindicatos tanto como al Gobierno y a los periodistas. Hay que condenar la violencia sin ambigüedades. Ahora imagínese que no hubiese llamamientos [a manifestarse] de los sindicatos movilizados: habría violencia igualmente.

P. ¿De dónde viene esta violencia, difícil de ver a un nivel parecido en otros países de Europa?

R. Hay un ambiente nihilista en algunos grupos radicalizados. He visto a black blocks atacar un banco mutualista: creían que atacaban al capitalismo.

P. ¿Y colgar o quemar una efigie de Macron?

R. Lo condeno. La violencia simbólica es igual para mí. También le digo que he señalado un problema al Gobierno: ¿cuál es la perspectiva democrática de un país, incluida su relación del país con la violencia ,cuando los chalecos amarillos movilizaron como máximo a 284.000 personas y se decidió gastar 13.000 millones de euros [en respuesta a las protestas], y ahora, con al menos nueve movilizaciones pacíficas con 1,5 millones de manifestantes pacíficos, no hay respuesta?

P. ¿Puede ocurrir que, si el Gobierno aceptase su propuesta de diálogo, fuese por la violencia, como sucedió con los chalecos amarillos? ¿Que sea la violencia lo que haga moverse al Gobierno?

R. Yo lamento que en un país democrático inquiete más la violencia que la cólera social que se expresa de forma pacífica. Ambas deberían inquietar al Gobierno. Si propongo una salida es porque creo que debemos ser responsables.

El líder de la CFDT, Laurent Berger, en el centro de la cabecera de la manifestación de París, este martes.
El líder de la CFDT, Laurent Berger, en el centro de la cabecera de la manifestación de París, este martes.Samuel Aranda

P. Macron también propone una salida: dejar que el proceso democrático siga su curso, que el Tribunal Constitucional se pronuncie y hablar de todos los temas que usted menciona, como la calidad del trabajo. ¿Por qué no aceptarlo?

R. Propone hablar del desgaste en el trabajo, de los finales de carrera profesional, del empleo de los mayores. Son temas importantes, que deberían estar en el proyecto de reforma. Nosotros lo proponíamos en octubre, con una gran ley sobre el trabajo, el empleo y las pensiones. Ellos quisieron concentrarse en las pensiones, diciendo que hacía falta ‘sangre, sudor y lágrimas’. Y ahí estamos. El bumerán regresa.

P. ¿Y si Macron no acepta apretar el botón de pausa, como ya ha dado a entender qué hará?

R. No somos facciosos. Yo no acabaré al frente de manifestaciones con 100.000 personas detrás, no tendría sentido. Veremos cómo reaccionan los asalariados y los equipos sindicales. Si hoy parásemos, ellos seguirían yendo. Si la ley se promulga, no sé qué ocurriría, pero la cólera, el resentimiento, la rabia de algunos, se desplazarían a otro terreno. Un terreno político.

P. La única ganadora, ¿es Marine Le Pen? ¿Se le está desplegando la alfombra roja para las presidenciales de 2027?

R. Creo que el cohete ha despegado, pero ahora hay que evitar que se ponga en órbita. Esto significa que hay que despertar colectivamente. A Reagrupamiento Nacional [RN, su partido] le dan igual las pensiones y la cuestión social, pero usará dos resortes que le son propios y que conocemos de otros países que caen en manos de la extrema derecha: la desconfianza en las instituciones y el resentimiento social. Y todo esto, con un comportamiento bastante neutro en la Asamblea Nacional, una forma de respetabilidad. Así que me angustia, por no decirlo de otra manera, la llegada de RN al poder. ¿Será en las presidenciales? ¿En las legislativas? No lo sé. Pero aún estamos a tiempo de despertarnos y crear una esperanza, un rumbo. Y no es lo que se está haciendo. ¿Dónde está el rumbo de los que hoy nos dirigen? No existe.

P. ¿Falta una socialdemocracia en Francia?

R. Nunca ha habido una verdadera socialdemocracia en Francia. Nunca un Michel Rocard, un Jacques Delors, un Pierre Mendès-France con el tiempo suficiente en el poder. Pero ha habido un espacio que congrega a una socialdemocracia. Hoy es un poco complicado.

P. Muchos sueñan con verle encarnando esta socialdemocracia. ¿Debería usted asumir esta responsabilidad, entrar en política?

R. Yo soy sindicalista. No tengo veleidades políticas. Para impedir que [Le Pen] entre en órbita, hay mucha gente que lo puede hacer y que son políticos. Pero si tuviésemos una situación de completa locura democrática y que, en un momento dado, fuese necesario participar en la reflexión, claro que estaría ahí. No voy a desertar.

Manifestantes en la Plaza de la Nación de París, el martes 28 de marzo. Foto: Thibault Camus (Associated Press / LaPresse) | Vídeo: EPV

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Sobre la firma

Marc Bassets
Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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