La granja de los horrores de Ucrania: 2.000 vacas muertas y un reguero de minas que explican la devastación de la agricultura en el país

Los bombardeos rusos acabaron con buena parte del ganado de una gran explotación en la región de Járkov al principio de la invasión. El sector ha perdido unos 40.000 millones desde febrero

Serguéi Yatsenko, responsable de la granja Agrosvit de Shestakove, el día 11, delante de uno de los establos destruidos por los bombardeos.
Serguéi Yatsenko, responsable de la granja Agrosvit de Shestakove, el día 11, delante de uno de los establos destruidos por los bombardeos.Luis de Vega

Una veintena de naves con tejado de chapa refulge en el pueblo de Shestakove (región de Járkov), a una docena de kilómetros de Rusia, gracias a la vista de pájaro que permite Google Maps. Pero la imagen no está actualizada a los tiempos bélicos que corren en Ucrania. Seis de esas edificaciones alargadas, establos y almacenes de la granja Agrosvit, de la marca de productos lácteos Agromol, han saltado por los aires y otra media docena han resultado dañados tras los bombardeos aéreos, misiles llegados desde el otro lado de la frontera y fuego de artillería.

Así lo afirma uno de los responsables, Serguéi Yatsenko, que asegura que, tras ser atacada, la granja fue ocupada por los invasores. Este es solo un pequeño ejemplo de los daños que el sector sufre en una guerra en la que cientos de granjas, campos y silos han sido destruidos. Las fuerzas de ocupación también han robado maquinaria y parte de la producción de cereal de un país que está considerado como uno de los graneros del mundo, denuncia Kiev. La invasión que comenzó el 24 de febrero ha causado pérdidas en la agricultura y la ganadería de Ucrania por valor de más de 40.000 millones de euros, según estimaciones del Gobierno.

Con los pies en Shestakove, en el distrito de Vovchansk, es fácil comprobar la devastación. El edificio de la escuela es una montaña de escombros y muchas de las casas levantadas a uno y otro lado del camino han recibido impactos o han sido parcialmente destruidas. Ya en la granja, enormes amasijos de metal dan la bienvenida. La guerra ha arruinado el principal negocio de la localidad, una explotación agrícola y ganadera donde, como parte principal del negocio, se cultivaban 25.000 hectáreas ahora baldías y donde, además, han muerto 2.000 de las 3.000 vacas, de las que 1.400 eran lecheras. El remate, tras dejarla casi destruida desde el aire, fue la ocupación de las instalaciones durante un mes por parte de las tropas rusas.

Una de las vacas muertas en la granja.
Una de las vacas muertas en la granja.Luis de Vega

Los ataques tuvieron lugar entre febrero, desde el día 28, cuando murió uno de los empleados, hasta avanzado marzo, detalla Yatsenko. La ocupación de la granja, desde el 3 de abril hasta que fueron desalojados por los militares ucranios el 5 de mayo. “Aquello que tenía todavía utilidad, se lo llevaron. Todo”, comenta. Yatsenko insiste en respuestas a preguntas del reportero que ninguno de los daños fue causado por el ejército local al hacer frente a los rusos.

El ataque a la granja de Shestakove supone una violación de la Convención de Ginebra, que regula la protección de las víctimas en los conflictos armados, apunta el Center for Strategic and International Studies (CSIS), con sede en Washington, que acusa al presidente ruso, Vladímir Putin, de emplear el hambre de la población como arma de guerra. Las evidencias apuntan a una agresión directa e intencionada por parte del ejército ruso a esas instalaciones, según el análisis llevado a cabo por el CSIS de las imágenes por satélite captadas por la empresa estadounidense Maxar. “La naturaleza del daño observado y la falta de cráteres dentro de la instalación sugiere, aunque no es concluyente, un ataque de precisión con pequeñas municiones lanzadas desde el aire. Las áreas residenciales circundantes no parecen haber sufrido daños, lo que indica que la granja fue atacada intencionalmente por las fuerzas rusas”, se lee en el análisis que firma, entre otros, Caitlin Welsh, directora del Programa Global de Seguridad Alimentaria de este centro de estudios.

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Serguéi Yatsenko, junto a restos de munición dejada por los rusos tras el mes que mantuvieron ocupadas las instalaciones.
Serguéi Yatsenko, junto a restos de munición dejada por los rusos tras el mes que mantuvieron ocupadas las instalaciones.Luis de Vega

En el rincón de una de las naves hay algo parecido a un polvorín con decenas de cajas de munición, proyectiles y restos de misiles. Justo afuera, el esqueleto calcinado de un camión que no pudieron llevarse en su huida los ocupantes. Por el terreno siguen esparcidas raciones de comida de campaña con el logotipo del Ejército ruso. También decenas de flechitas de hierro de las que esparcen proyectiles de artillería con la intención de alcanzar víctimas de manera indiscriminada y que los rusos ya emplearon en frentes como el de Bucha o Irpin.

Antes de ser expulsados por las tropas locales, además de pintadas en las paredes, dejaron los campos de la granja minados e impracticables, como ha podido comprobar EL PAÍS. Solo los daños materiales ascienden a unos 25 millones de euros, estima Yatsenko, de 36 años y responsable de la explotación, durante la visita al lugar.

Solo 30 o 40 de los 300 trabajadores han podido retomar su actividad. En las últimas semanas, han empezado a ordeñar algunas vacas, pero la cantidad de 40.000 litros diarios de leche anteriores a la invasión es una cifra ahora mismo impensable, señala Yatsenko. Tras el fin de la ocupación, el millar de vacas que sobrevivieron fueron trasladadas a una explotación de la región de Poltava. Hace unas semanas que las trajeron de vuelta a Shestakove, donde el nacimiento de los primeros terneros abre una pequeña ventana a la esperanza.

Una empleada trabaja con las vacas que han sobrevivido a la guerra en la granja Agrosvit de Shestakove, donde murieron 2.000 de los 3.000 animales.
Una empleada trabaja con las vacas que han sobrevivido a la guerra en la granja Agrosvit de Shestakove, donde murieron 2.000 de los 3.000 animales.Luis de Vega

Mientras logran recuperar el ritmo previo a la invasión, la solución de Agromol, explica Yatsenko, ha sido adquirir leche a otras empresas y así poder seguir elaborando en la planta de Járkov los diferentes tipos de leche, mantequilla o yogures con que surten a 130 tiendas en esa ciudad.

Todavía hoy, los pocos empleados que se ven conviven con los cadáveres sin retirar de algunas de las vacas. Son básicamente pellejo y huesos donde ya no se posan ni las moscas. Algunos permanecen desvencijados con la cabeza sobre los comederos, donde les pilló el ataque de turno. Otros animales fueron disparados por la onda expansiva a los tejados. Y otros salieron volando al pisar alguna de las minas.

Cerca de los establos se ve a empleados trabajando en el tendido eléctrico, pero el suministro no se ha restablecido todavía, señala el responsable de la granja. Por unos segundos ruge un gran generador que se halla delante de uno de los establos, pero pronto se detiene. Yatsenko asegura que consumen 80 de litros de combustible cada hora.

Algunas de las flechas metálicas lanzandas sobre la granja en proyectiles de artillería y que Rusia ya ha empleado en frentes como el de la localidad de Bucha, cerca de Kiev.
Algunas de las flechas metálicas lanzandas sobre la granja en proyectiles de artillería y que Rusia ya ha empleado en frentes como el de la localidad de Bucha, cerca de Kiev.Luis de Vega

La mayoría de esos más de 40.000 millones de euros de pérdidas del sector, hasta 34.250, representan daños indirectos. Corresponden a la pérdida de ingresos tras el descenso de la producción, la caída de precios en el mercado local y el sobrecoste que han de afrontar las empresas debido al conflicto armado. Hay otros 6.600 millones de daños directos, donde la maquinaria se lleva la peor parte. Estas cifras se obtienen de cálculos realizados por el Ministerio de Agricultura y la Kyiv School of Economics (KSE), actualizados hasta mediados de septiembre.

Antes de despedirse, Serguéi Yatsenko muestra sin ocultar cierta melancolía un vídeo grabado desde el aire antes de la guerra con los campos de la explotación repletos de cereal y atravesados por una enorme y moderna cosechadora. Los tiempos de la producción de maíz, trigo, girasol o remolacha azucarera son ahora mismo un espejismo. También recuerda la última celebración, el verano del año pasado, del Festival Agromol, una gran fiesta rural para vecinos y empleados donde las alpacas de paja conformaban el escenario, los bares y hasta un enorme laberinto.

Tras la ocupación rusa de la granja Agrosvit de Shestakove, las tropas del Kremlin dejaron los campos sembrados de minas que ya han causado la muerte a algún animal (como el de la foto).
Tras la ocupación rusa de la granja Agrosvit de Shestakove, las tropas del Kremlin dejaron los campos sembrados de minas que ya han causado la muerte a algún animal (como el de la foto).Luis de Vega

La realidad hoy en Shevstakove es la de las minas antitanque sembradas por los campos que mantienen secuestrados los cultivos, donde reinan las malas hierbas y el pánico de los trabajadores. “Es un gran problema que no podamos cultivar o dar de comer a los animales. O que seamos nosotros los que acabemos manipulando las minas”, lamenta Yatsenko delante de una decena de artefactos que han sido localizados por los equipos de seguridad estatales, pero que no han sido retirados todavía. Se queja de la lentitud de los trabajos, pero las autoridades reconocen que la limpieza de todos los artefactos puede llevar una década.

A diferencia de otros puntos de la región de Járkov, no hay una sola señal de advertencia en el camino, ya que transcurre dentro de la granja. Los restos de una vaca que puso la pezuña en uno de los explosivos permanece unos metros campo adentro como clara muestra de que ese peligro casi invisible es muy real.

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Sobre la firma

Luis de Vega

Ha trabajado como periodista y fotógrafo en más de 30 países durante 25 años. Llegó a la sección de Internacional de EL PAÍS tras reportear año y medio por Madrid y sus alrededores. Antes trabajó durante 22 años en el diario Abc, de los que ocho fue corresponsal en el norte de África. Ha sido dos veces finalista del Premio Cirilo Rodríguez.

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