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La dimisión de la ministra del Interior y el caos en el grupo parlamentario conservador ponen contra las cuerdas a Liz Truss

Suella Braverman era la candidata favorita de los euroescépticos. La primera ministra tiene en su contra a una mayoría de diputados conservadores

Suella Braverman
La minista del Interior, Suella Braverman, este martes en LondresKin Cheung (AP)
Rafa de Miguel

El Gobierno de Liz Truss se descompone a marchas forzadas. La ministra del Interior, Suella Braverman, la candidata favorita del ala dura y euroescéptica del partido tory durante las pasadas primarias, ha presentado su dimisión este miércoles. Se lo ha dicho cara a cara a la primera ministra, después de una tormentosa sesión de control en la Cámara de los Comunes en la que Truss ha asegurado que “era una luchadora y no una persona que se rinde”. La situación de la primera ministra resulta cada vez más insostenible. A última hora de la jornada, también ponía sobre la mesa su dimisión la jefa del grupo parlamentario, Wendy Morton, incapaz de contener la rebelión creciente de los diputados conservadores. El Gobierno la convencía finalmente para seguir en el puesto.

Las sospechas de que el día, una vez más, se estaba complicando para Truss surgieron cuando Downing Street canceló, con apenas una hora de preaviso, una visita que tenía prevista a una empresa de productos electrónicos, donde iba además a atender a los medios de comunicación.

Braverman —que respaldó a Truss durante las primarias, una vez que ella fue eliminada, y la defendió cuando surgieron los primeros conatos de rebeldía en el partido— ha explicado en su carta de dimisión que abandona el Gobierno por un error propio en materia de seguridad. “Hoy he mandado un documento oficial desde mi correo personal a un colega diputado de confianza, con el propósito de recabar apoyo para la política de inmigración del Gobierno (...) Tan pronto como me di cuenta del error, lo comuniqué a través de los canales oficiales (...) Como ministra del Interior, debo responder a los mayores niveles de exigencia éticos, y lo correcto es dimitir”, ha escrito Braverman.

Sin embargo, su explicación suena más a excusa que a otra cosa, porque en el mismo texto dejaba claro que le preocupa “la deriva del actual Gobierno”. “No solamente hemos incumplido compromisos con nuestros votantes, sino que tengo serias dudas de la voluntad de este Ejecutivo de cumplir con nuestro programa electoral, como la reducción del número de inmigrantes, y la eliminación de la inmigración ilegal”, ha asegurado Braverman.

En las últimas semanas, enterrada bajo el descomunal revuelo creado por la fallida rebaja de impuestos, se había producido una tensión creciente entre la jefa del Gobierno y su responsable del Interior respecto a la promesa electoral de 2019 de reducir la cifra de inmigrantes y actuar con dureza frente a los intentos de entrar al país a través del canal de la Mancha. Durante el mandato de Boris Johnson, la ministra Priti Patel endureció notablemente las leyes migratorias del país, e incluso impulsó, en contra de los tribunales británicos, la política de deportaciones al país africano de Ruanda, una medida que provocó duras críticas por parte de organizaciones humanitarias, la Iglesia anglicana e incluso el entonces príncipe de Gales y hoy rey, Carlos III. Braverman llegaba al puesto con la intención de preservar, e incluso incrementar, esa dureza. Pero la propia Truss acariciaba la idea, según informaron varios medios, de abrir el grifo y ampliar la cuota de inmigrantes para ayudar a impulsar el crecimiento de la economía.

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Incluso el modo en que Braverman ha justificado su renuncia —la necesidad de enmendar un error como la quiebra del código ético ministerial, al transmitir información confidencial— era un modo velado de criticar la actitud reciente de Truss, quien después de crear una tormenta en los mercados y entre los conservadores con su rebaja fiscal, había dado un giro de 180 grados y presentaba todo ese desastre como un simple error y pretendía seguir adelante como si nada hubiera pasado. “Gobernar significa asumir los errores propios. Pretender que no hemos cometido errores, seguir adelante como si nadie los hubiera visto, y confiar en que, como por arte de magia, todo se enderezará, no es una política seria. Yo he cometido un error. He asumido la responsabilidad. He dimitido”, ha escrito la ya exministra del Interior. Era notorio el mensaje que subyacía en sus palabras, y la destinataria a la que se dirigía.

Truss ha reemplazado de inmediato a Braverman por el exministro Grant Shapps, precisamente uno de los primeros en organizar la rebelión contra la primera ministra en cuanto anunció la rebaja de impuestos y trasladó el pánico a los mercados. Shapps fue, y es, el “hombre del Excel”, en referencia a su seguimiento minucioso de los pronunciamientos públicos y pesares privados de los compañeros del Partido Conservador. Su capacidad para controlar el ánimo y las tendencias de todos los diputados del grupo parlamentario ayudó mucho a Boris Johnson, en su momento, a controlar las rebeliones en su contra. Shapps es un aliado útil y un enemigo peligroso. La jugada, interpretan muchos críticos, habría servido a la primera ministra para incorporar a los moderados y críticos del partido al Gobierno —una tarea que ya comenzó con el nuevo ministro de Economía, Jeremy Hunt—. El objetivo sería estabilizar su propia situación. Pero esto resultará complicado, porque la salida de Braverman supone el inicio de una nueva conjura contra Truss, precisamente del ala más radical del Partido Conservador, la única que todavía expresaba un tímido apoyo a su continuidad en Downing Street.

La segunda dimisión

La oposición laborista ha desplegado una estrategia de acoso y derribo contra una primera ministra en horas bajas, cuyo talón de Aquiles han sido las continuas rectificaciones y golpes de timón en sus decisiones. En el programa electoral conservador de 2019, el Partido Conservador se comprometía a mantener la prohibición de la fracturación hidráulica (fracking), la polémica técnica de extracción, con técnicas de alta presión, de los hidrocarburos contenidos en la roca madre, “a no ser que la ciencia demuestre de un modo categórico que se puede realizar de un modo seguro”.

Ante la crisis energética creada por la invasión de Ucrania, Truss prometió durante las primarias que levantaría esa prohibición. Utilizó como cebo que el Gobierno buscaría el consenso de los vecinos afectados, y prometió además compensaciones de hasta 1.200 euros por vivienda. La medida, sin embargo, sigue siendo profundamente impopular, y los laboristas han logrado impulsar en el Parlamento el debate de una moción que pretendía imponer la prohibición definitiva del fracking.

En un momento de extrema debilidad, el Gobierno de Truss ha advertido a los diputados conservadores rebeldes dispuestos a votar a favor de la moción de que los expulsaría del grupo parlamentario. Truss no puede permitirse muchos más cuestionamientos a su autoridad. “¿Vamos a perder nuestra condición de diputados conservadores si votamos a favor o nos abstenemos? ¿Estamos hablando de una moción de confianza?”, ha reclamado la diputada tory Ruth Edwards al secretario de Estado de Energia, Graham Stuart, que tenía la ingrata misión de defender la posición del Gobierno en un debate tormentoso. “Esa cuestión deberá resolverla la dirección del partido”, ha respondido Stuart, ante las risas de los laboristas y las protestas de los conservadores presentes.

La moción ha sido rechazada, porque nada une más a los conservadores que derrotar en la Cámara de los Comunes a la oposición, pero varios diputados de la oposición han descrito escenas de tensión en la entrada a los pasillos donde los miembros de la Cámara se dividen para votar. “Nunca había visto escenas así a la entrada de los pasillos. Los tories en plena guerra. La dirección del grupo gritando a sus colegas. Están acabados”, ha descrito en Twitter el laborista Ian Murray. Chris Bryant, el diputado laborista que preside la Comisión de Ética Parlamentaria, reclamaba al término del debate una investigación, por supuesto acoso. “He visto cómo algunos diputados eran zarandeados y empujados al pasillo para votar a favor del Gobierno”, ha dicho Bryant.

La jefa de los whips (látigos), los encargados de impulsar y guiar el voto del resto de colegas y mantener la disciplina de partido, Wendy Morton, que tiene cargo con rango ministerial, ha presentado su dimisión, según adelantaba el diario Daily Telegraph. A última hora de la noche, Downing Street se resistía a confirmar esa información, y el equipo de Truss se volcaba en convencer a Morton de que se replanteara una decisión más fruto de una frustración espontánea que de una idea premeditada. Finalmente, lograban convencerla para permanecer en su puesto. 326 diputados conservadores, de un total de 357, han votado en contra de la propuesta laborista. El Gobierno apenas tenía tiempo de celebrar una victoria pírrica, porque, junto a la jefa del grupo, también amenazaba con tirar la toalla su número dos, Craig Whittaker, con nivel de secretario de Estado. Truss ganaba otro día más de supervivencia, a base de aumentar la tensión interna en el grupo parlamentario. Queda por comprobar la dureza que podrá permitirse emplear con los rebeldes, porque lo que menos necesita a estas alturas son más enemigos.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel
Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.

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