Ortega apuesta por desterrar al obispo Álvarez de Nicaragua

El papa Francisco se pronuncia sobre la persecución que sufre la Iglesia católica en el país y llama al Gobierno sandinista a un diálogo

Protesta por la detención del obispo Rolando Álvarez ante la Embajada de Nicaragua en Costa Rica.
Protesta por la detención del obispo Rolando Álvarez ante la Embajada de Nicaragua en Costa Rica.OSCAR NAVARRETE (AFP)

El paradero del obispo de la ciudad nicaragüense de Matagalpa no se supo durante casi cuatro horas. A las tres y media de la madrugada del viernes 19 de agosto las fuerzas especiales de la policía de Daniel Ortega y Rosario Murillo irrumpieron en la curia, donde desde hacía 15 días permanecía encerrado monseñor Rolando Álvarez, voz pastoral indeseable para el régimen sandinista. Fue sacado en una patrulla policial en la penumbra y al amanecer los feligreses exigían saber dónde estaba, temerosos de que lo hubiesen llevado a la temida cárcel de El Chipote o desterrado por el aeropuerto o alguna de las fronteras terrestres.

No sucedió ni lo uno ni lo otro. La policía informó que el obispo fue trasladado a la casa de sus familiares en la capital, Managua, donde le impusieron una medida de casa por cárcel que, en la jerga oficialista se dice “resguardo domiciliar”, mientras “las autoridades hacen indagaciones de ley”. El Gobierno sostiene que el religioso, junto a los otros siete sacerdotes y colaboradores que estuvieron encerrados en la curia, persistieron “en actividades desestabilizadoras y provocadoras”.

Analistas políticos consultados por EL PAÍS coinciden en que la pareja presidencial no le impuso a monseñor Álvarez la prisión de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), mejor conocida como El Chipote, para no sumar un preso político de la magnitud de este obispo, muy querido en el norte de Nicaragua. La estrategia ha sido, indica la socióloga Elvira Cuadra, pujar por un destierro del líder religioso nacido en Managua en 1966.

“Tenerlo preso implica costos políticos muy altos para el régimen de los Ortega-Murillo; aun si lo tienen en arresto domiciliario, ya sea en Matagalpa o en Managua. Entonces, seguramente, van a intentar convencerlo por diferentes medios para que deje el país y esas presiones incluirá a su familia que ahora está bajo arresto domiciliario, porque esa detención afecta la restricción y la movilidad de todos los que viven en esa casa”, sostiene Cuadra y agrega que otra “presión” fuerte es el arresto de los sacerdotes y colaboradores que lo acompañaban, quienes sí fueron enviados a El Chipote donde hasta el día de hoy los mantienen incomunicados.

El Gobierno ya ha logrado el exilio forzado de un obispo crítico. Ocurrió con monseñor Silvio Báez en 2019, cuando consiguió que El Vaticano le ordenara al prelado salir del país. En aquel entonces, la relación entre Managua y el Vaticano aún estaba mediada por el nuncio Waldemar Stanisław Sommertag. Sin embargo, la expulsión del clérigo fracturó por completo la relación bilaterales.

“Llama la atención el posicionamiento del Vaticano con monseñor Álvarez: se puede entrever que hasta el momento no le han impuesto ninguna decisión en relación con qué hacer, como sí lo hizo con monseñor Silvio Báez. Si al obispo Álvarez le hubiesen impuesto alguna orden religiosa de ese tipo, probablemente ya la hubiera acatado. Otra cosa es que la gente está muy dolida con lo que le han hecho”, afirma Cuadra.

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El politólogo José Alcázar sostiene que la pareja presidencial pensó que monseñor Álvarez iba a optar por el exilio por su cuenta. Sin embargo, el obispo claramente dijo en una de sus misas en cautiverio policial que no “se iba de su patria”. “Todas las presiones fueron empujándolo en esa dirección, pero monseñor Álvarez no se doblegó y finalmente su figura creció tanto que todos los focos nacionales e internacionales estaban al tanto de su situación. Hubo presiones a distinto nivel para lograr callar a Álvarez. Y aquí lo más significativo es eso, que no se calló y el régimen tuvo que recurrir a este tipo de estrategia que quería evitar desde el principio”, dijo.

Pronunciamiento de Francisco

El Vaticano ha recibido muchas críticas ante el silencio del papa Francisco ante la persecución religiosa que sufre su Iglesia en Nicaragua, que no solo implica el caso de monseñor Álvarez, sino el de sacerdotes presos y condenados, hostigamiento a templos, ataques físicos, y el impedimento de oficiar misas. Sin embargo, el pontífice se refirió a Nicaragua durante la oración del ángelus este domingo 21 de agosto.

“Sigo con preocupación y dolor la situación de Nicaragua. Quisiera expresar mi convicción y mi esperanza de que, a través de un diálogo abierto y sincero, se puedan seguir encontrando las bases para una convivencia respetuosa y pacífica”, expresó Francisco.

En una entrevista con el periodista Carlos Fernando Chamorro, el sociólogo Humberto Belli dijo que con la declaración de Francisco la Iglesia pone “la pelota en la cancha” de Ortega y Murillo. Si bien dice que el mensaje de Francisco le faltó “garra”, también tiene algo “positivo”.

“La parte positiva que veo es que, al llamar al diálogo —que el Papa no puede dejar de hacerlo, ni nadie puede renunciar al mismo, sería al menos idealmente la solución de la mayor parte de la crisis—, le está poniendo la pelota en la cancha al Gobierno. La Iglesia ahora oficialmente está llamando al diálogo. Ahora le toca al Gobierno dar una iniciativa. Bueno, voy a soltar a los presos como una expresión del diálogo, voy a crear una nueva mesa de interlocución, voy a sacar [de prisión] a algunos representantes de la oposición para hablar con ellos”, dijo Belli a Chamorro. Y agregó: “Si el Gobierno se queda callado, está rechazando el diálogo y, si abre las puertas de una forma insuficiente, igual. Veo positivo que el Papa expresó preocupación. Es un término que no han usado nuestros obispos”.

Por ahora, el obispo Álvarez continúa en arresto domiciliario, como un reo de conciencia, insisten los analistas, mientras Ortega y Murillo se han empantanado con un religioso incómodo al que no han podido doblarle el brazo.

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