Primavera árabe

Dictadura y guerra tras las revueltas truncadas

Los intentos por impulsar el cambio en varios países de Oriente Próximo y el norte de África acabaron aplastados

Soldados del Ejército sirio caminan en medio de una gran destrucción en el barrio de Bustan al-Basha, en Alepo, en el transcurso de su asalto para retomar la ciudad del control de los combatientes rebeldes.
Soldados del Ejército sirio caminan en medio de una gran destrucción en el barrio de Bustan al-Basha, en Alepo, en el transcurso de su asalto para retomar la ciudad del control de los combatientes rebeldes.GEORGE OURFALIAN

La transición tunecina de la dictadura a la democracia brilló más allá de sus fronteras y fue considerada un referente para todo el mundo árabe. Otras sociedades se rebelaron en 2011 tras su ejemplo contra los gobernantes en la ola revolucionaria de la primavera árabe. Pero mientras la mayoría de monarquías de la región pudieron capear el temporal de las revueltas y el impulso democratizador se vio abortado, otros países se vieron sacudidos después por golpes de Estado e incluso guerras civiles.

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El golpe de Egipto. Junto a Túnez, el primer país en hacer caer a su dictador, Zine el Abidine Ben Ali, el país que suscitó mayores esperanzas de cambio hace una década fue Egipto. Hosni Mubarak fue el segundo autócrata en morder el polvo y dimitir ante la presión de la calle gracias a la movilización en la plaza Tahrir de El Cairo, epicentro de la revolución, abriéndose una turbulenta transición democrática pilotada por el Ejército, la institución más poderosa.

En las primeras elecciones libres, ya en 2012, se impusieron los Hermanos Musulmanes, el histórico partido islamista egipcio. Sin embargo, su criticada gestión y la incapacidad de los militares de asumir órdenes de un poder civil desembocaron en un golpe de Estado en 2013 liderado por el general Abdelfatá al Sisi. Hoy Egipto es un régimen de perfil totalitario, con decenas de miles de prisioneros políticos y figura entre los países del mundo con más ejecuciones. Al Sisi ha modificado la Constitución para poder ostentar el cargo prácticamente de forma vitalicia.

Una década de contienda en Siria. La revuelta popular en Siria no logró desbancar al presidente, Bachar el Asad. Tras la represión a sangre y fuego de las manifestaciones pacíficas, el país cayó en el abismo más profundo. El pasado marzo se cumplieron diez años de cruenta guerra civil que han mantenido a El Asad en el poder. A costa de cerca de 400.000 muertos, 6,7 millones de desplazados de sus hogares dentro del país, 5,5 millones de refugiados en el exterior, y una devastación que deja una factura en pérdidas de un billón de euros.

Si bien todavía hay franjas de territorio que el Estado no controla, especialmente en el norte y noroeste, ya bien por estar en manos de rebeldes yihadistas, de las tropas turcas o las milicias kurdas, El Asad ha dado por ganada la guerra y encara un cuarto mandato en el poder tras unas elecciones sin rivales de peso y con la oposición en el exilio. Además, su Gobierno se encuentra altamente hipotecado ante Rusia e Irán, dos aliados clave en el devenir de la contienda civil en su favor.

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Crisis humanitaria en Yemen. Otro país que cayó en el caos y el conflicto es Yemen, hundida en una profunda crisis humanitaria, según ha advertido repetidamente la ONU. Según el Programa Mundial de los Alimentos, hasta 20 millones de personas sufren malnutrición en un país de casi 30 millones de habitantes. Yemen ya era el país más pobre del mundo árabe cuando la primavera árabe propició la caída del dictador Ali Abdalá Saleh, pero la transición descarriló a causa de la descarnada lucha de poder entre diversas facciones. En 2015, la milicia Huthi, próxima a Irán, ocupó Saná, la capital, y hasta un tercio del país, lo que después llevó a la intervención militar de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos para sostener a sus rivales.

Los combates —en marzo pasado Riad propuso un alto el fuego considerado insuficiente por los Huthi— han provocado decenas de miles de muertos y heridos, y la mediación de la ONU no ha logrado poner fin de momento al conflicto.

Caos en Libia. Como en Siria, la represión del coronel Muamar el Gadafi tras el estallido de las primeras protestas desembocó en una guerra civil en Libia con intervención directa de la OTAN, cuyos bombardeos fueron claves para la victoria rebelde a finales del 2011, poco después de la muerte del dictador mientras intentaba huir. Las milicias rebeldes nunca se llegaron a disolver, y el Gobierno de transición elegido en las urnas no pudo imponer su autoridad. El país cayó en el caos, se dividió y vio emerger en 2015 la figura del mariscal Jalifa Hafter, que sigue ejerciendo su influencia mientras un Gobierno de unidad nacional intenta desde marzo llevar a buen puerto una transición hacia elecciones en diciembre.

Revuelta en Bahréin. El pequeño país del golfo Pérsico también vivió protestas en 2011, marcadas por diferencias comunitarias. Las reivindicaciones de los chiíes, mayoritarios en la población de 1,5 millones y que llevan décadas quejándose de discriminación, dieron un tinte sectario a la revuelta que la familia real gobernante, los Al Khalifa (suníes), reprimió sin contemplaciones. La ocupación de la icónica plaza de la Perla, terminó con la invasión del Ejército saudí, que no podía permitir el éxito de una revuelta chií en su frontera.

Una segunda ola de la primavera árabe tomó el relevo en varios países en 2019 con una misma pulsión antiautoritaria. En Argelia, las movilizaciones hicieron caer al dictador Abdelaziz Buteflika, y en Sudán a Omar al Bashir. En ambos casos, dos años después, los activistas continúan luchando por cambios reales. Más compleja aún es la situación en Líbano e Irak, donde también se han registrado protestas. Ambos países tienen en común una población indignada por la corrupción y la creciente pobreza, una política dominada por clanes sectarios, y unas potentes milicias que condicionan la política interna.

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