Jens Stoltenberg en el décimo aniversario de la matanza de Utoya: “El odio sigue presente”

Noruega aún se resiente de la mayor tragedia de su historia reciente cuando se cumplen diez años del doble atentado ultraderechista que acabó con 77 personas

Homenaje de las autoridades noruegas para recordar a las 77 víctimas del doble atentado de hace 10 años, este jueves en el memorial levantado en la isla de Utoya.
Homenaje de las autoridades noruegas para recordar a las 77 víctimas del doble atentado de hace 10 años, este jueves en el memorial levantado en la isla de Utoya.BEATE OMA DAHLE (EFE)

El 22 de julio de 2011 Noruega se sumió en el horror. A las 15.25 horas, una furgoneta con 950 kilos de explosivos estallaba en el corazón de Oslo, al pie de la sede del Gobierno que entonces presidía Jens Stoltenberg, actual secretario general de la OTAN. Ocho personas murieron y decenas resultaron heridas. A las 17.17 horas, el autor de la explosión, Anders Behring Breivik, aterrizaba en la isla de Utoya disfrazado de policía e iniciaba un largo e indiscriminado tiroteo de 79 minutos recorriendo la pequeña isla a lo largo de los cuales acabó con la vida de otras 69 personas, en su mayoría jóvenes miembros de la Liga Laborista Juvenil, y dejó decenas de heridos.

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Noruega aún no ha conseguido digerir el trauma colectivo causado por esta tragedia, la mayor vivida en el país escandinavo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante los actos conmemorativos de la matanza y de homenaje a las víctimas celebrados en la catedral de Oslo, Stoltenberg ha alertado este jueves de que “el odio sigue presente” en la sociedad noruega y llamó a plantar cara al extremismo. “Respondimos a ese ataque con amor. Recuperamos la isla de Utoya como lugar de encuentro y no de muerte. Pero el odio sigue ahí”, ha admitido Stoltenberg. El dirigente socialdemócrata ha recordado el caso de otro joven noruego que, tras matar a su hermanastra de origen asiático, trató hace dos años de irrumpir en una mezquita de Oslo para causar otro baño de sangre. Y ha aludido, asimismo, a tantos otros atentados “exponentes del odio y el radicalismo” ocurridos en otras partes del mundo, como Bruselas, París, Nueva York o Bagdad.

También la actual primera ministra, la conservadora Erna Solberg, ha hecho referencia durante un homenaje en el Ayuntamiento de la capital a la intolerancia asegurando que “el odio no puede quedar sin respuesta”. “El muro de contención más importante es el que tenemos que construir en cada uno de nosotros. Para reforzar el muro contra la intolerancia y los discursos de odio”, ha dicho Solberg.

Tras disparar 189 balas, Breivik , de 32 años, se entregó a la policía, que recibió duras críticas por su tardanza en llegar a Utoya. El extremista fue condenado en 2012 a 21 años de prisión, una pena que puede prorrogarse indefinidamente, por lo que pasará probablemente el resto de su vida entre rejas. Su sombra se cierne, como recordaba Stoltenberg, sobre varios atentados, incluidos los dirigidos contra mezquitas como en Christchurch (Nueva Zelanda).

Lo cierto es que no son pocos los supervivientes de los atentados que consideran que Noruega no ha hecho todavía un proceso contra la ideología de extrema derecha que está detrás de los ataques. Una amenaza que permanece. “Las ideas de extrema derecha que inspiraron el ataque siguen siendo una fuerza motriz para los extremistas de derecha en el país y en el extranjero y han inspirado varios ataques terroristas en la última década”, advertía esta misma semana el servicio de inteligencia noruego (PST). La lenta reacción de la policía también fue objeto de críticas.

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El aniversario de la matanza es una fecha difícil para los supervivientes y los familiares de las víctimas.

“Falta gente, es lo más doloroso. Muchos deberían estar aquí y no están. Es horrible”, ha declarado estos días a Efe Lisa Marie Husby, de 29 y superviviente de Utoya, que reclama un análisis más profundo de las raíces políticas de los atentados. “Ha sido difícil hablar de la dimensión política porque la amenaza salió de Noruega, no del exterior. Uno de nosotros, que nació y creció aquí con una vida normal. No conseguimos preguntarnos cómo se pudo radicalizar durante 10 años y nadie lo paró”, explica.

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