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Balas de odio contra los nueve “hijos de Hanau”

La ciudad alemana recuerda a las víctimas de la matanza racista, casi todas de origen extranjero

Dos mujeres con carteles en protesta contra la matanza racista, el 22 de febrero en una manifestación en Hanau.
Dos mujeres con carteles en protesta contra la matanza racista, el 22 de febrero en una manifestación en Hanau. AP

Un paso. Esa es la distancia que hace que el albanokosovar Saban Zejnulah estuviera vivo el sábado conmemorando junto con miles de personas en la localidad alemana de Hanau a los nueve conciudadanos de origen extranjero asesinados presuntamente por el alemán Tobias Rathjen. De no ser por esos centímetros, estaría en la lista de las víctimas mortales del odio de un racista.

Zejnulah tiene 36 años y nació en Hanau, adonde llegó su padre hace más de medio siglo. En esta ciudad, a 20 kilómetros de Fráncfort, también estudió, se casó y cría ahora a sus dos hijos. Siempre fue su hogar. Hasta que el 19 de febrero alguien quiso decirle de la forma más brutal posible que hay quienes no lo consideran de aquí. Esa noche, Zejnulah estaba en el Midnight, el café shisha (de pipas de agua) que se convirtió en el primero de los dos objetivos del odio xenófobo de Rathjen. El asesino pasó a un metro de él. Vio cómo disparaba una y otra vez. “Tiraba a la cabeza”, relata aún con el gesto marcado por el pavor. En unos minutos eternos, Zejnulah perdió a dos amigos, los kurdos Gökhan Gültekin y Sedat Gürbüz, ambos abatidos ante sus ojos. Pero la lista del horror racista de Hanau es más larga.

Las autoridades alemanas no han revelado oficialmente los nombres de las víctimas. Solo han confirmado que nueve de los 10 asesinados —todos salvo la madre de Rathjen, también abatida presuntamente por su hijo— son de origen extranjero, aunque muchos nacieron en Alemania. Han sido familiares y amigos los que han recopilado sus nombres —aunque hasta ayer reinaba confusión sobre una de las víctimas— y los han leído durante los últimos días en alto para que nadie olvide quiénes eran y por qué murieron estos “hijos de Hanau”, como reclamaban el sábado los manifestantes.

En el centro de la ciudad, a escasa distancia de la plaza central donde una estatua recuerda a los hijos más famosos de la ciudad, los hermanos Grimm, perdieron la vida Sedat Gürbüz, el dueño de origen kurdo de 30 años del café Midnight donde comenzó la pesadilla; el búlgaro Kalojan Welkow, de 32, que regentaba el vecino bar La Votre; el también kurdo Gökhan Goco Gültekin, que a sus 37 años estaba a punto de casarse y cuidaba de su padre, enfermo de cáncer; además de una cuarta víctima, también de origen turco, sobre cuyo nombre seguía habiendo confusión ayer a última hora. Después, Rathjen se desplazó en coche hasta su barrio, Kesselstadt, donde continuó la matanza en otro café de cachimbas, el Arena. Se llevó a Ferhat Ünvar, el hijo de 22 años de una periodista del diario kurdo Yeni Özgür Politika; al bosnio Hamza Kurtovic, de 22 años; al afgano Said Nessar El Hashemi, de 21; al rumano Viorel Paun y a Mercedes Kierpacz, una mujer de 35 años y madre de dos hijos miembro de una familia gitana germano-polaca que trabajaba en el kiosco del Arena. Son nombres y orígenes que demuestran las intenciones racistas de Rathjen, al igual que el objetivo elegido. Porque no fue un ataque aleatorio.

En países de fuerte inmigración musulmana como Alemania o Francia, los bares shisha son habitual punto de encuentro de jóvenes y mayores que charlan, ven la televisión o escuchan música mientras comparten una shisha. Están tan identificados con esta comunidad que partidos de ultraderecha como Alternativa para Alemania (AfD) han hecho de ellos blanco habitual.

Contra la ultraderecha

“Los políticos tienen que hacer algo. También nosotros somos ciudadanos”, reclamaba el tunecino Baccouche Abderrazak, vecino de Kesselstadt desde 1970. No es una opinión aislada. Los partidos tradicionales alemanes han sido unánimes a la hora de señalar a AfD como el responsable del clima de xenofobia y odio que ha propiciado la masacre de Hanau, aunque el presunto autor no manifestara una filiación política concreta antes de comenzar su matanza.

Pero desde la poderosa comunidad migrante de Hanau, donde viven 7.000 ciudadanos de origen turco, el 7% de la población, y miles más de diversos orígenes, etnias y confesiones, se exige más, al igual que desde otros lugares de Alemania víctimas de ataques racistas. Más responsabilidades asumidas por todos, más acciones, más prevención “y menos condolencias”. Porque, como recordaba la activista kurda Newroz Duman el viernes en Hanau, “puede que todos se sientan afectados, pero en esta sociedad, los que se convierten en blanco son la gente que lleva un pañuelo en la cabeza, que tiene el cabello oscuro, que es negra, que lleva una kipá. A los que están asesinando es a inmigrantes y a gente que muchos sienten que no pertenecen aquí”.

“Soy de Hanau. ¡Soy de aquí! Y de pronto te llaman extranjero. ¡Extranjero! Da igual cuánto tiempo lleves aquí, que tus amigos sean alemanes, que hables, leas y escribas el alemán fluidamente. No les interesa. Eres y serás siempre un extranjero”, lamentaba Zejnulah, que está pensando seriamente hacer las maletas y mudarse con su familia a Kosovo, donde hace tres años compró media hectárea de terreno.

La idea de marcharse le ronda también a Bekir, un tunecino de 41 años que lleva casi la mitad de ellos en Hanau. También él podría estar en la lista de asesinados. “Me salvé por un minuto”, asegura. Los que murieron en el Arena eran sus amigos, con quienes solía tomar un café o fumar un cigarro. La noche del miércoles, habían quedado para comer una pizza en el bar. Invitaron a Bekir. A él le apetecía, pero su esposa le dijo que ya había preparado la cena. “Así que les dije que me tenía que ir. Ellos se rieron, me dijeron que tenía miedo de mi mujer y yo les dije que por supuesto que sí. Salí [del café] y giré en la esquina, y solo había caminado unos metros cuando escuché un ruido fuerte”. Eran las balas del odio.

Cerca de 3.000 personas piden tolerancia en las calles

No callar nunca más. Casi 3.000 personas, según los organizadores y la policía, volvieron a marchar el sábado en Hanau para repudiar el ataque racista que el miércoles causó la muerte de 10 personas, nueve de ellas de origen extranjero. Sus nombres fueron leídos una vez más en un encuentro organizado por asociaciones de migrantes y de lucha contra el racismo y a la que acudieron familiares y amigos de los fallecidos.

“No solo nosotros somos víctimas. Todos somos víctimas de un enfermo de ultraderecha con una ideología bárbara”, dijo en nombre del resto de los familiares Abdullah Ünvar, primo de una de las víctimas, Ferhad Ünvar. La masacre del 19 de febrero fue un atentado “contra todos, contra la humanidad, contra la democracia”, denunció Ünvar.

Durante la concentración, se leyeron mensajes de solidaridad de todas partes de Alemania. Muchos procedían de familiares y de supervivientes de otros atentados racistas de los últimos años en el país. Porque, como recordó la activista kurda Newroz Duman, “esto no viene de la nada. Este acto no es único”.

Solo en 2019, dos masacres conmocionaron a Alemania. En octubre, un hombre abrió fuego contra una sinagoga en Halle y mató a dos personas. En junio, un ultraderechista asesinó a tiros en la terraza de su casa al político conservador Walter Lübcke. Sucedió en Hesse, el mismo Estado donde se ha producido ahora la masacre de Hanau. Hasta allí llegaron también las voces de familiares de víctimas del grupo neonazi NSU, que entre 2000 y 2006 mató a nueve extranjeros en varias partes del país. Muchos de los asesinatos de inmigrantes no han sido resueltos del todo, denuncian las organizaciones. “¿Cuándo va a reconocer Alemania el problema de racismo que tiene?”, se preguntó uno de los oradores.

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