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ANÁLISIS i

El último gran gaullista

Chirac ha sido un inmenso político, con grados variables de populismo y chovinismo, de 'savoir faire' y buen olfato, pero no, en cambio, un hombre de ideas

El entonces presidente francés Francois Mitterrand (izquierda) saluda al primer ministro Jacques Chirac en junio de 1987.
El entonces presidente francés Francois Mitterrand (izquierda) saluda al primer ministro Jacques Chirac en junio de 1987. AFP

Jacques Chirac, enfermo desde hace años y fallecido en la mañana de este jueves, 26 de septiembre, puede ser considerado como el último gran gaullista, en la tradición y cultura política definidas por el general De Gaulle en la Francia de la posguerra. Chirac, nacido en 1932, ha ocupado todos los altos cargos políticos de la Francia de la V República, una auténtica monarquía republicana, como la caracterizara el politólogo Maurice Duverger: varias veces ministro con Pompidou desde 1967, primer ministro con Giscard d’Estaing en 1974, alcalde de París entre 1977 y 1995, primer ministro con Mitterrand en 1986-1988 —una interesante etapa de cohabitación derecha-izquierda, en la que Chirac compaginó el cargo con la alcaldía, su gran bastión— y, finalmente, presidente de la República entre 1995 y 2002 y, tras enfrentarse en segunda vuelta con Le Pen en una elecciones que marcaron profundamente la sociedad francesa, entre 2002 y 2007. Chirac ha sido un inmenso político, con grados variables de populismo y chovinismo, de savoir faire y una cierta amoralidad práctica, de buen olfato y capacidad de convicción, pero no, en cambio, un hombre de ideas.

En Passions, el interesante libro publicado el pasado junio por Nicolas Sarkozy, este escribe que el día del traspaso de poderes presidenciales, en 2007, sintió a Chirac “tan desamparado ante la perspectiva del vacío de una vida sin ejercicio del poder que esto me emocionó”.

Chirac fue lo que en ocasiones se llama un auténtico animal político, dotado de una presencia y energía impresionantes. En 2007, sin embargo, además de algunos problemas de salud, este político empezaba a ser un dinosaurio en una época de transformaciones profundas.

A principios del nuevo milenio, el gaullismo chiraquiano, inseparable de la grandeur y la independencia, pertenecía a otra época. No solamente Francia estaba cambiando —la crisis de las banlieues de 2005 o el colapso de lo francófono—, sino que lo hacía también el lugar de esta nación en el mundo. La oposición a la guerra de Irak y el discurso de Villepin en Naciones Unidas, en febrero de 2003, constituyeron, en cierto modo, un canto geopolítico del cisne galo.

Sarkozy, desde los ministerios que ocupó y desde la dirección del partido, pero sobre todo desde la presidencia de la República, rompió con la tradición chiraquiana, sustituyéndola por lo que en aquel entonces se bautizó como una derecha republicana sin complejos. A nivel interno significaba, por ejemplo, unir la derecha y el centro, algo que ya Chirac había propuesto sin éxito y en lo que Sarkozy tomó como modelo al PP de Aznar, y a nivel externo comportaba redefinir el lugar de Francia en la reconstrucción europea, en la que, a diferencia de lo sostenido por Chirac, no tenía cabida Turquía.

De todo aquello, sin embargo, como sabemos hoy, queda muy poco tras la explosión de la derecha francesa con Fillon —paralela a la de la izquierda socialista, incapaz de sobrevivir al suicido por incapacidad de Hollande— y la emergencia del descoordinado centro macronista. No es ya, en cualquier caso, la Francia de Chirac.

 

Jordi Canal es profesor-investigador en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), de París.

 

 

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