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El bautismo israelí del valle del Jordán palestino

Los colonos judíos celebran la propuesta de Netanyahu para anexionar el territorio ocupado mientras los campesinos de Cisjordania defienden su futuro Estado

Cartel de una promoción inmobiliaria en Al Auja, en Jericó, en la Cisjordania ocupada por Israel. Ver fotogalería
Cartel de una promoción inmobiliaria en Al Auja, en Jericó, en la Cisjordania ocupada por Israel. EL PAÍS

Con cerca de 40 grados en la mañana de final del verano, Mohamed Rashul y su cuadrilla de jornaleros de Jericó parecen estar a gusto bajo el palmeral de Naran, en el corazón del valle del Jordán de Cisjordania ocupado por Israel desde hace 52 años. Por 85 shequels (22 euros) la jornada, de seis de la mañana a cuatro de la tarde, recolectan dátiles de la apreciada variedad medjoul en la plantación de un colono judío. “Si hacemos horas extras nos pagan 120”, precisa este campesino de 55 años que se encarama a una plataforma elevadora. “Los israelíes no necesitan anexionarse esta tierra, ya la tienen; pero saben que esto siempre será Palestina”, se despide hacia la altura.

En vísperas de unas elecciones en las que sigue sin despegar en los sondeos, el primer ministro en funciones, Benjamín Netanyahu, anunció esta semana que proyecta extender la soberanía israelí sobre 2.400 kilómetros cuadrados del valle —un 30% de Cisjordania— si es relegido el martes. El voto de los 600.000 colonos judíos en territorios palestinos puede salvarle de la derrota.

“Estamos en Tierra Santa”, predica el padre Yohahan con paciencia bíblica. “Aquí no hay anexiones que valgan sin contar con el pueblo”, arguye este sacerdote copto afincado en Jerusalén mientras unge con óleo de la basílica de la Natividad de Belén a peregrinos llegados de México y Ucrania, recién bautizados en las aguas del Jordán. La frontera fluvial es tan estrecha en el lugar donde la tradición cristiana sitúa el bautismo de Jesús que casi es posible alcanzar Jordania de un salto.

De cumplir su compromiso —algo que dudan la mayoría de los rivales políticos de Netanyahu— el futuro Estado palestino se verá condenado a convertirse en una entidad inviable, asfixiada dentro del cerco de Israel. La zona pendiente de ser anexionada comprende la parte oriental del Área C (de gestión exclusiva israelí) de Cisjordania, excluida la ciudad de Jericó y su oasis, integrados en la zona A (bajo control autónomo de la Autoridad Palestina) también definida en los acuerdos de Oslo de 1993.

La promesa electoral del primer ministro ha desatado la rara condena unánime del fragmentado mundo musulmán, que hoy tiene previsto concertarse en el marco de la Organización de Cooperación Islámica en Yedá para dar una respuesta al plan de anexión. Países como Arabia Saudí o Baréin, que parecían virar hacia la normalización de relaciones con el Estado judío, se han sumado al rechazo frontal a la “violación de la legalidad internacional” denunciada por la Liga Árabe.

Entre salinas de paisaje lunar y playas de barro curativo donde israelíes en biquini y palestinas con burkini se bañan con indiferencia, el valle del Jordán desprende una semidesértica soledad. Pero en las vegas del río sagrado para las religiones del Libro surge uno de los vergeles más fértiles de Oriente Próximo, apenas habitado por 65.000 palestinos, la mayoría en Jericó, y unos 11.000 colonos en medio centenar de asentamientos.

El presidente del Consejo Regional del Valle del Jordán, David Elhaiini, todavía conserva a los 59 años algunas de las palabras españolas que le enseñó su madre, que emigró desde Tánger al Estado de Israel. Este agricultor, que posee plantaciones de palmeras datileras en Masua, al norte de Jericó, lleva más de tres décadas en el ardiente valle.

“Nuestra presencia en lugares estratégicos —cruces de carreteras y manantiales— contribuye a garantizar la seguridad de Israel en un territorio fronterizo”, explica mientras prepara la reunión que este domingo prevé mantener el Gobierno de Israel en la sede del Consejo Regional. “Ahora confiamos en que el presidente Donald Trump deje bien claro en el plan de paz de EE UU que el valle del Jordán forma parte de Israel”. “Tenemos buena relación con los vecinos árabes, pero no aceptaremos vivir bajo un Estado palestino”, advierte.

En el palmeral de Naran, el capataz Mashud Abunair, de 40 años, dirige con 39 grados a la sombra a cuatro decenas de jornaleros llegados desde Jericó y Nablus para cumplir con la cuota de recolección de ocho toneladas de dátiles por jornada. “Estas tierras siempre fueron palestinas, aunque ahora no hay otra opción que trabajar para los colonos”, reconoce sudoroso sobre un tractor.

"La anexión es un crimen de guerra"

Saeb Erekat, secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina y veterano portavoz en las negociaciones con los israelíes, recuerda que “la anexión es un crimen de guerra según el derecho internacional”. “No se puede poner fin a este largo conflicto si no podemos tener un Estado dentro de las fronteras anteriores a 1967”, remacha en Twitter.

Naciones Unidas ha establecido que todos los asentamientos en territorio ocupado carecen de legitimidad. El Consejo de Seguridad lo reiteró por última vez en diciembre de 2016 en la resolución 2334, que advirtió a Israel de su responsabilidad como potencia ocupante.

En Mevoot viven 45 familias de colonos judíos con 200 niños en caravanas y casas provisionales desde hace dos décadas. Ni siquiera es un asentamiento reconocido por el Estado de Israel, pero un soldado monta guardia en la cancela de la valla que lo rodea. Este domingo está previsto que Netanyahu y sus ministros legalicen la colonia salvaje.

En su desolada Arcadia próxima al monte de las Tentaciones, el israelí Doror Alouche, de 47 años, recita la cantinela bíblica que salmodian los colonos religiosos para justificar la ocupación: “Los países europeos no comprenden la vinculación histórica del pueblo judío con esta tierra, descrita en la Biblia”. Este biólogo educado en París cultiva dátiles y educa a sus ocho hijos en el valle del Jordán. “Vine desde Francia para vivir en el Estado judío”, confiesa a la sombra de un árbol cuando el termómetro ya ha roto la barrera de los 40 grados. “Si esta tierra donde he tenido el privilegio de vivir las dos últimas décadas se entrega a los palestinos, no tendré más remedio que abandonarla con mi familia”.

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