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ANÁLISIS i

¿Un nuevo Al Sisi?

Tras la caída de Buteflika, existe el riesgo de que el jefe del Ejército se valga del vacío de poder para instalarse en una transición de por vida

Buteflika (izquierda) con el general Gaid Salah en 2012 en Argel.
Buteflika (izquierda) con el general Gaid Salah en 2012 en Argel. AP

¿Un nuevo Al Sisi en el norte de África? Desde la caída de Buteflika, todas las miradas están puestas en Argelia y su nuevo hombre fuerte, el general Gaid Salah. Se trata de un hombre poco destacado, de casi 80 años, con poca cultura política según su leyenda argelina, excombatiente de la guerra de independencia, conocido por su carácter tosco, su idea simplista del Estado, sus tensas relaciones con Francia y su fidelidad a su salvador, Buteflika. Este, a partir de 1999, apadrinado por las redes de los que toman las decisiones en Argel, un club de generales que nombra a los presidentes, decidió debilitar a sus padrinos y acabó encontrando una treta hábil: nombrar jefe del Estado Mayor a un general caído en desgracia al que sus compañeros iban a jubilar. Lo que vendría después sería fácil y la presidencia observaría de lejos cómo este general repescado devoraría a sus colegas. Al cabo de una década, el control de la presidencia sobre el Ejército y los “servicios secretos” sería total. El general Gaid solo creía en su salvador y le protegería contra viento y marea. Hasta la primera semana de abril de 2019.

Seis semanas de manifestaciones de millones de argelinos terminaron por empujar a la “traición” al fiel general, que conminó a su mentor a que se marchase, e incluso le amenazó con sacar los tanques. Buteflika dimitió el 2 de abril. Lo que ha llevado a este general a erigirse en defensor de la democracia y de la voluntad de la “calle” seguirá siendo un misterio. Se habla de ambición personal, de miedo a pagar por la caída de su presidente, de competencia entre sus propios hijos y los hombres de negocios cercanos al expresidente. Y también se menciona una crisis de patriotismo. El misterio sigue sin desentrañarse.

Gaid Salah representa esa vieja guardia del Ejército argelino que considera que el Ejército es el árbitro del juego político y el guardián del territorio, pero también el tutor del “pueblo” y su encarnación directa. Esta mística se aprovecha del recuerdo de la guerra de independencia y de la guerra civil de la década de 1990 contra los islamistas. El Ejército garantiza la estabilidad y nombra a los presidentes de la república para evitar que el “pueblo vote mal”. Eso es lo que ha sucedido desde la independencia, y los presidentes argelinos sufren fuertemente esta proximidad.

Sin embargo, este jefe del Estado Mayor puede verse tentado ahora de adoptar la solución egipcia, más directa. Valiéndose del vacío de poder y sin una competencia política fuerte, el general argelino puede instalarse en una transición... de por vida. De hecho, un Al Sisi en Argelia beneficia a los partidarios locales, e incluso extranjeros, de la estabilidad en detrimento de la democracia. La primera significa controlar los flujos migratorios, y la segunda significa que habrá tantas urnas para votar como pateras para marcharse.

El Ejército argelino es un árbitro, pero también una fuente de ingresos, ya que tiene el presupuesto más importante en Argelia. Y eso significa contratos, equipamiento, compras y, por tanto, mercados y porcentajes. El Parlamento no debate este presupuesto, que escapa a todo control. Es un auténtico complejo económico parecido al Ejército de Al Sisi y a su peso en la economía del país. El Ejército, que es rico, goza de legitimidad después de haber expulsado a Buteflika y se preocupa por sus privilegios, puede decidir quedarse. Eso sería el fin de la primavera argelina. Y es lo que más temen los manifestantes. “No queremos ser ni Siria, ni Egipto”, resumía uno de ellos a un periódico electrónico argelino. ¿Pero con qué medios? Nadie lo sabe.

El general Gaid ha retomado el control de instituciones estratégicas como los “servicios secretos”, los medios de comunicación y los partidos políticos que antes gozaban de la confianza de la presidencia, pero para permanecer en el poder hace falta un enemigo útil. En Egipto, Al Sisi ha encontrado el pretexto de los islamistas. En Argelia, los islamistas son invisibles, el movimiento de la oposición sigue siendo fuerte, el desastre egipcio recuerda a todos el riesgo de que gobierne un militar, y la guerra civil de la década de 1990 es un mal recuerdo para el Ejército que conoce el coste político y humano del enfrentamiento. Y un último detalle: Gaid es mayor. Su ambición no puede llegar más allá de los límites de la biología.

Sin la presión del Ejército, Buteflika nunca habría dimitido. Pero sin la “calle”, el Ejército nunca se habría movido para destituir a este presidente. Esta dependencia es una trampa para todo el mundo. La “calle” considera que es la depositaria del poder y el jefe del Estado Mayor cree que tiene una misión. Y una vez más, nos hallamos ante una pregunta que se plantea en el mundo árabe: ¿qué hacer con el Ejército? Si se disuelve, se corre el riesgo de que se produzca el desastre iraquí. Si no existe, sería la tragedia libia. Si existe demasiado, sería el caso egipcio o sirio. Y a falta de un enemigo externo, estos ejércitos, ociosos políticamente desde las descolonizaciones o las últimas guerras entre árabes e israelíes, son un problema sin solución.

Pero en Argelia siempre se permite un optimismo razonable.

Kamel Daoud es escritor y periodista argelino.

Traducción de News Clips.

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