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May y su plan, caiga quien caiga

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista CTXT

Manifestación a favor del Brexit el 14 de marzo en Londres.
Manifestación a favor del Brexit el 14 de marzo en Londres. Reuters

Salir de la UE con el acuerdo pactado en noviembre, cumplir con el mandato popular del Brexit y mantener el partido Conservador unido. Esos son los objetivos que se ha fijado Theresa May. Casi nada. Las dos prórrogas que le ha dado Bruselas plantean un escenario que no gusta a nadie en el Reino Unido, con la excepción de los brexiters partidarios del clean cut (la salida por las bravas). Londres ha obtenido una prórroga corta que obliga al Parlamento a votar, por tercera vez, si acepta o no el plan de May. De ganar, como hasta ahora, el no, el país abandonará sin acuerdo la UE, el temido Brexit duro, el próximo 12 de abril. Si ganara el , lo hará el 22 de mayo, antes de las elecciones al Parlamento Europeo. Una disyuntiva que pone toda la presión sobre la Cámara de los Comunes, que ya ha rechazado por amplia mayoría y en dos ocasiones el plan de May. Martin Wolf y Philip Stephens, en sendas columnas del Financial Times, analizan la decisión de May. Y dicen de todo menos cosas bonitas.

Wolf opina que, si el resultado del órdago lanzado por May es la salida sin acuerdo de la UE, ella será la culpable del desastre. “David Cameron era el peor primer ministro de la historia, pero Theresa May es la gran rival para ocupar este puesto”. Critica que May someta por tercera vez a votación un acuerdo que no gusta a la gran mayoría. Si antes amenazaba con pedir una prórroga larga para conseguir que los partidarios del Brexit votaran a su favor por miedo a que se diluyera en la voluntad de salir de la UE, ahora, al haber negociado una prórroga corta, está intentando forzar a los partidarios de un Brexit suave a que apoyen un acuerdo que no quieren. “Siempre con el mismo objetivo: sacar su acuerdo adelante sí o sí". Para Wolf, May ha abandonado los intereses del país en favor de los intereses del partido. Y eso es “imperdonable”.

Para Stephens, director de opinión del FT, la decisión tomada por May es un “chapucero ultimátum de una dirigente débil. Cree que es irónico que al desenterrar ahora el fantasma del Brexit duro, May pierde el apoyo en el Parlamento de los miembros más radicales de su partido, pues con no aceptar el plan de May tienen garantizada la salida por las bravas a la que aspiran. Una posible solución para acabar con esta pesadilla sería pedir a la UE una prórroga más extensa, que acarrearía la dimisión de May, “que así sea”, y permitiría al Reino Unido recuperar su estabilidad política. Elecciones generales, revocación del artículo 50 y darse más tiempo para alcanzar un acuerdo que sea aceptable para el Parlamento y los 27. Bajo otro liderazgo, ¿estaría Europa dispuesta a aceptar esto? Esa, reconoce Stephens, es la gran incógnita. La ampliación de la prórroga colisionaría con las elecciones europeas, en las que el Reino Unido tendría que participar, y no garantiza que se llegue a un acuerdo mejor, sobre todo después de que la UE ya haya expresado su negativa a cambiar una coma de lo acordado con May. ¿Qué ventajas ven París, Berlín, Madrid y Bruselas en empujar al Reino Unido al borde del abismo económico y político?, se pregunta Stephens.

Sala de reuniones del Consejo Europeo, este viernes en Bruselas.
Sala de reuniones del Consejo Europeo, este viernes en Bruselas. AFP

Para Tom Clark, el director la revista británica Prospect, “May está jugando a la ruleta rusa con la economía del país”. Clark celebra el intento del presidente del Parlamento británico de pararle los pies a May. El speaker John Bercow, famoso ya en las redes sociales por sus llamadas (gritos más bien) al orden en la cada vez más agitada Cámara de los Comunes, se sacó de la manga un reglamento parlamentario que se remonta a 1614 para vetar a principios de la semana el intento de May de que se volviera a votar su plan. Ahora, tras pactar la prórroga corta con Bruselas y con la espada de Damocles del Brexit duro encima, resulta improbable que Bercow impida esa tercera votación. Esta será quizás una victoria para May en el pulso que ha echado al Parlamento, pero supone un golpe a la soberanía de la Cámara baja que agrava la crisis constitucional en la que está sumida la democracia más antigua de Europa.

Para Clark, May está actuando con arrogancia y de forma deshonesta en su obcecación por imponer su plan. Pide a los conservadores contrarios al Brexit y a los partidarios de un Brexit suave que fuercen la revocación de esta decisión o que pidan directamente la dimisión de la primera ministra. “Es un pulso brutal, contrario a los intereses económicos del país y que ignora el derecho del Parlamento y de los votantes a tener un debate democrático”. Y concluye: “Llegados a este punto, nuestra rara e introvertida primera ministra se ha revelado como una dirigente que se para, piensa y toma deliberadamente la decisión equivocada”. También en Prospect, Johnathan Lis, subdirector del think tank British Influence, critica la incompetencia de May. E ironiza sobre cómo el Brexit ha pasado de ser una tragedia nacional autoinfligida a una farsa de éxito de taquilla a nivel mundial.

El reglamento del que echó mano Bercow, relata Lis, existe para evitar los abusos del Gobierno sobre el Legislativo en el caso de proponer la misma ley una y otra vez hasta conseguir su aprobación, como está haciendo May. Todo apunta, sin embargo, a que este quedará ahora en papel mojado. Y concluye: “Cada día nuestros dirigentes provocan un nuevo caos. Cualquiera tiene la culpa menos ellos. Cambian de opinión una y otra vez, se sacan antiguos reglamentos de la manga, se inventan nuevos, se engañan a sí mismos, nos mienten… Si de vez en cuando no nos pudiéramos reír de todo ello, no haríamos otra cosa más que llorar”. Y critica a May por “agarrarse a su plan con el celo y la obcecación de un cruzado medieval”.

La primera ministra británica, Theresa May, el 8 de marzo en Grimsby (Inglaterra).
La primera ministra británica, Theresa May, el 8 de marzo en Grimsby (Inglaterra). AP

La cada vez más insostenible tensión entre el Ejecutivo y el Legislativo son analizadas por Henry Mance en un extenso artículo publicado por el Financial Times bajo el título ¿Quién gobierna en el Reino Unido? La pregunta es oportuna visto cómo el Brexit ha puesto patas arriba a la mayoría de instituciones del país y abierto la más grave crisis constitucional de su historia reciente. Las filtraciones de las reuniones del Consejo de Ministros, la desintegración de la disciplina de partido, las sucesivas reformas del reglamento parlamentario, el desprestigio del Parlamento, la incompetencia del Gobierno… “Si dejamos de lado el caos y la farsa, el proceso del Brexit demuestra que nuestra Constitución no escrita está básicamente rota”, señala al FT Stewart Wood, miembro laborista de la Cámara de los Lores. Pero la crisis no se originó donde era más previsible: por diferencias entre la Cámara de los Lores y los Comunes o entre el Legislativo y el Ejecutivo o incluso entre el Ejecutivo y el Judicial. La crisis empezó con la convocatoria del referéndum. Los referéndums, en opinión de algunos expertos constitucionalistas citados en el artículo, no tienen buen encaje en la Constitución británica ni conviven bien con la tradición política del país.

Antes del Brexit, relata Mance, en todo el territorio del Reino Unido sólo se habían convocado dos plebiscitos: uno en 1975 sobre la pertenencia a la Comunidad Europea y otro en 2011, para cambiar el sistema de votación de los miembros del Parlamento. En ambos, la voluntad de los votantes y del Parlamento estuvo alineada. Pero esta ha sido la primera vez en que el electorado británico votó a favor de un resultado sobre el que la mayoría del Parlamento estaba en contra. Casi un 52% de los votantes apoyaron la salida del Reino Unido de la UE, mientras en la Cámara baja el 75% eran partidarios de quedarse. Una situación que puso en evidencia las posibles incompatibilidades entre la democracia representativa y la democracia directa y que posteriormente mutó en el estancamiento de las negociaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo sobre el Brexit. Y acusa a May de no haber peleado por buscar el consenso entre los dos grandes partidos y de actuar con arrogancia y en solitario. Todo ello ha llevado al Reino Unido a un callejón sin salida: rechazado el acuerdo negociado por Theresa May con la UE, descartada la salida sin acuerdo de la UE, el Parlamento no votará de nuevo el plan y ha forzado al Gobierno a pedir a Bruselas una prórroga. Que ahora May ha pedido que sea corta para devolver la pelota al Parlamento. Y la farsa continúa…

De farsa o al menos poco creíble califican algunos el mensaje emitido por Donald Trump en respuesta al terrible ataque sufrido hace una semana por la comunidad musulmana en dos mezquitas en Christchurch (Nueva Zelanda), que acabó con la vida de 50 personas. El presidente estadounidense, que nada más llegar al poder promovió una ley para impedir la entrada de ciudadanos procedente de ciertos países musulmanes, que ha respondido con tibieza a los ataques sufridos por esta comunidad en suelo americano y la ha incluso atacado en su cuenta de Twitter, intentó en vano buscar palabras de consuelo. Simplemente expresó “solidaridad y más cálida simpatía”. Eso fue todo. Luego se esforzó en calificar el acto como algo aislado y negar que haya un terrorismo de ultraderecha, nacionalista y supremacista

Detractores del Brexit se manifiestan en Londres el 18 de marzo. ampliar foto
Detractores del Brexit se manifiestan en Londres el 18 de marzo. Reuters

The Washington Post en un reciente editorial anima a llamar por su propio nombre a la masacre ocurrida: “Un ataque terrorista de un nacionalista blanco consumido por su islamofobia y empujado por el extremismo ferviente que crece en las grietas más oscuras de Internet”. Las fuerzas que animaron al asesino, la ignorancia, la intolerancia y un tribalismo sediento de sangre, son antiguas, señala. Y pide a los líderes mundiales que denuncien con claridad y contundencia actos macabros como este. “No se puede culpar al presidente Trump de la tragedia, a pesar de su historial de declaraciones hostiles hacia el islam”, señala el diario, pero apunta que la retórica xenófoba del autor de la masacre coincide con algunos mensajes lanzados por Trump contra los inmigrantes.

En un artículo publicado por el think tank Brookings, el politólogo experto en Oriente Medio Daniel L. Byman reflexiona sobre cinco puntos a considerar a raíz del atentado. Primero, las palabras tienen consecuencias. Esto es, los políticos que demonizan la comunidad musulmana contribuyen a la polarización de la sociedad y animan a la violencia. Segundo, los servicios de seguridad deben vigilar la actividad terrorista de los grupos de extrema derecha, cuyos objetivos en Occidente han sido las comunidades musulmana y judía. Tercero, el liderazgo ante una situación de crisis es fundamental. Y alaba la gestión de la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern, identificándose con el dolor de las familias de las víctimas: “Ellos somos nosotros”. Cuarto, las redes sociales tienen que tratar el terrorismo de extrema derecha igual que tratan al yihadista. Y quinto, muchas formas del terrorismo supremacista blanco son terrorismo internacional, con sus instigadores, ideas y redes a nivel mundial. Ha dejado de ser un asunto puntual nacional.

Porque parece que las cifras avalan que el resurgir de la extrema derecha en distintas partes de Occidente está derivando en un aumento de los actos terroristas de supremacistas blancos, como analiza The Economist. Con una contundencia reservada a los asuntos económicos o de política nacional, el británico Financial Times en un reciente editorial apunta que no se puede negar que el atentado en las mezquitas de Nueva Zelanda está relacionado con la creciente popularidad de los movimientos de extrema derecha. Y señala que sus seguidores están muchas veces jaleados por algunos políticos de las democracias occidentales, cuyos discursos “traspasan las fronteras de lo que es políticamente aceptable”. No se puede seguir infravalorando, dice el diario, su corrosiva ideología o los factores que permiten su expansión.

Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, el 22 de marzo en Christchurch. ampliar foto
Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, el 22 de marzo en Christchurch. Getty Images

Frente a la peligrosa deriva de los movimientos de extrema derecha en Occidente, muchos medios han destacado la figura de la primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, una dirigente que invita a creer que otro tipo de liderazgo es posible en un mundo en el que los valores liberales y progresistas se están viendo amenazados por el creciente acceso al poder de líderes autoritarios, populistas y nacionalistas. En The Guardian, Eleanor Ainge Roy destaca el papel de la primera ministra neozelandesa en la gestión del peor ataque terrorista sufrido por el país en su historia reciente. La joven primera ministra, de 38 años, puesta a prueba con esta crisis como ningún otro líder de ese país anteriormente, ha dado una lección al resto de líderes mundiales con su compasión y su capacidad para identificarse con el dolor de las víctimas. 

En contraste con los discursos vengativos e incitadores al odio de algunos irresponsables mandatarios, Ardern ha optado por abrazar y defender la diversidad de la sociedad neozelandesa. Su reacción a la crisis, dicen los líderes de la comunidad musulmana neozelandesa, ha permitido que permanezcan unidos y que sientan que Nueva Zelanda es y siempre será, su casa. As-salaam-alaikum. Que la paz sea contigo, Jacinda Ardern.

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