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El Chapo tras torturar y asesinar a dos narcos de Los Zetas: “Que no queden ni los huesos”

El último testigo de la Fiscalía revela los límites de la crueldad del capo para proteger al Cartel de Sinaloa

El Chapo, tras su tercer arresto en 2016.
El Chapo, tras su tercer arresto en 2016.

¿Qué más podía contarse en el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán que el jurado no supiera? La respuesta a la pregunta del juez Brian Cogan la respondió de una manera macabra el último cooperante que presentó la Fiscalía, con el que remata su causa contra el cabecilla del Cartel de Sinaloa. Isaías Valdez, alias Memín, contó cómo su jefe torturó y asesinó a un miembro de los Arellano Félix y a dos del grupo rival de los Zetas.

El cooperante describió con naturalidad dos actos violentos en los que El Chapo fue el ejecutor. El primero tuvo lugar entre 2006 y 2007, en la localidad de Bastantitas, en Durango. Ismael El Mayo Zambada, de acuerdo con su relato, les mandó en su avión a un miembro de los Arellano Félix. “Venía ya bastante torturado”, explicó, “con el cuerpo quemado con una plancha y con marcas de encendedor de coche”.

La camisa, dijo al narrar su estado, la tenía pegada a la carne. El Chapo se molestó, según Memín, cuando le informaron. “¿Por qué nos han mandado a un cabrón así?”, preguntó Guzmán. Pasaron tres días hasta que se acercó a verlo e interrogarlo para tener información de otros miembros del cartel que se encontraran por la plaza. Decidieron en ese momento llevarlo a otro lugar y meterlo en un gallinero.

“Se tiró varios días ahí dentro”, contó, “apestaba a podrido”. El Chapo ordenó sacarlo y pidió a su gente que cavaran un hoyo. El narco sacó una pequeña pistola, se la puso detrás de la cabeza cuando estaba al borde de la que iba a ser su tumba y volvió a interrogarle de nuevo. “Se veía que sentía miedo”, comentó Memín. Y mientras respondía, “a una de esas le disparó”, tras llamarle hijo de puta.

El arma era muy pequeña, de calibre .25, por lo que no murió al instante. “Seguía tratando de respirar”, indicó Memín, antes de pasar al segundo incidente. Fue también entre 2006 y 2007, este en la localidad de Coluta, también en Durango. “Nos mandaron un regalo”, dijo el cooperante que les anunció El Chapo. Esta vez era de parte de la gente de Dámaso López, que habían agarrado a dos Zetas. Guzmán ordenó al recibirlos que los metieran en una cabaña donde guardaban pasto para el ganado y les ordenó que los empezaran a “calentar” a golpes para que soltaran información. El capo les pidió después buscar un tronco y un lugar perdido en el monte a donde pudiera torturarlos. “El tronco no lo pidió para hacerles cariño”, comentó con una media risa, “empezó a golpearles”.

“No podían moverse”, afirmó, “tenían los huesos quebrados”. El Chapo también utilizó su rifle para golpearlos mientras les preguntaba como podían trabajar para los Zetas y traicionarle siendo de la misma zona que controlaba el Cartel de Sinaloa. Pasadas tres horas, pidió abrir un gran hoyo en la tierra, echar troncos y prender una hoguera. Entrada la noche, cogieron a los dos hombres y los acercaron al fuego. Memín explicó que los colocaron en la parrilla de dos motos de cuatro ruedas. Una la llevó El Chapo. Los dos rivales seguían vivos, los bajaron, el jefe sacó su rifle, le metió una bala, colocó el arma en la cabeza de uno de ellos y le disparó tras llamar puta a su madre. “Hizo lo mismo con el segundo”, dijo. Una vez ejecutados, echaron sus cuerpos a la hoguera. “Que no quede ni un hueso”, dijo antes de irse.

La hoguera se mantuvo viva hasta el amanecer. Isaías Valdez relató también como ejecutó varias órdenes de Joaquín Guzmán para matar a dos “ratas” que estaban informando a las autoridades. También relató un enfrentamiento que tuvieron con miembros del cartel de los Beltrán Leyva en una gasolinera a las afueras de Culiacán, en el que murieron ocho personas de la banda rival.

Memín estuvo a las órdenes de El Chapo durante una década. Se sumó al cartel de Sinaloa tras abandonar las fuerzas especiales del Ejército mexicano. Empezó trabajando en el círculo de seguridad que protegía al narcotraficante en las sierras de Sinaloa. También lo hizo más adelante para los hijos de Joaquín Guzmán y llegó a ser uno de sus pilotos. Su desgarrador relato le sirve a la Fiscalía para apuntalar el primero de 10 cargos contra el narcotraficante, como líder de la empresa criminal, por el que puede ser penado con cadena perpetua.

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