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Resistir en tiempos oscuros

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista 'CTXT'

El banquero de inversión y filántropo George Soros da un discurso el 19 de noviembre en Viena.
El banquero de inversión y filántropo George Soros da un discurso el 19 de noviembre en Viena. AFP

Frente a la deriva del orden liberal occidental, del que cada día y a golpe de elecciones o protestas se descuelgan más ciudadanos dispuestos a rendirse ante los cantos de sirena de los más radicales, uno de los medios más representativos de su establishment, el Financial Times (FT), ha elegido a George Soros personaje del año. Blanco de los ataques de todo enemigo de las sociedades abiertas y tolerantes, Soros representa para el FT, según cuenta Roula Khalaf, la resistencia en estos días oscuros. El multimillonario judío, de 88 años y origen húngaro, que sobrevivió al nazismo y padeció el comunismo en su peor versión y que hizo su fortuna ejerciendo de financiero sin escrúpulos, emplea gran parte de su dinero en defender los derechos de los gitanos y los rohingyas, en abrir universidades, conceder becas, luchar contra la corrupción o apoyar a la libertad de prensa ahí donde crea necesario. Ha visto así reconocido su activismo en la defensa de su visión abierta y liberal del mundo, atacada hoy por todos los flancos. Es, como dice el citado diario, el único ciudadano del mundo que a título individual tiene su propia política exterior. Su Fundación Open Society, a la que ha legado 18.000 millones de dólares, gasta 940 millones de dólares al año en 100 países.

Detestado por la extrema derecha estadounidense por sus críticas a Donald Trump y su apoyo a Hillary Clinton en las últimas elecciones presidenciales, Soros recibió en octubre pasado un paquete bomba en su casa de las afueras de Nueva York. Ha sido acusado por el presidente estadounidense de financiar la caravana de migrantes centroamericanos, como relatan en el New York Times Kenneth P. Vogel, Scott Shane y Patrick Kingsley. Señalamiento que después se ha relacionado con el último ataque a una sinagoga en Pittsburgh dirigido contra toda la comunidad judía. Tampoco es querido en el Reino Unido, donde estudió y es dueño de numerosas propiedades. Allí no le perdonan el ataque que protagonizó contra la libra esterlina que supuso su expulsión del embrión de lo que luego se convirtió en la unión monetaria. Pese a que los partidarios del Brexit se lo tendrían hoy que agradecer, le detestan por financiar a una de las organizaciones que defienden la convocatoria de un segundo referéndum para que el Reino Unido no salga de la Unión Europea.

Manifestantes en contra de Orbán, el 17 de diciembre de 2018 en Budapest.
Manifestantes en contra de Orbán, el 17 de diciembre de 2018 en Budapest. REUTERS

Con el presidente ruso Vladimir Putin el desencuentro viene de más lejos. Soros publicó en noviembre de 2014 en The New York Review of Books un artículo en el que alertaba a Europa sobre Putin. En él, advertía de que el descontento popular en la Unión Europea ocasionado por la Gran Recesión lo estaban canalizando partidos anti-europeos que ocupaban ya el 30% del Parlamento común. Y que Rusia estaba detrás de esa alternativa. El tiempo y algunas revelaciones inquietantes, como el apoyo ruso a la campaña de Marine Le Pen en Francia, le han dado la razón. Putin expulsó a Open Society de Rusia en 2015 argumentando que era un peligro para la seguridad nacional y desde entonces la campaña rusa para desprestigiarle sólo se ha intensificado.

El financiero es también objeto de ataques en su Hungría natal. El presidente Viktor Orbán, otro mandatario nacionalista, xenófobo y autoritario, se benefició, ironías de la vida, de una beca de estudios de la organización que preside Soros en los felices días que siguieron a la caída del muro de Berlín. Hoy Orbán acusa a Soros, a quien llama “judío ridículo”, de planificar la entrada masiva de inmigrantes en Europa y ha conseguido cerrar prácticamente la Universidad Centroeuropea de Budapest que creó el financiero. La institución, fundada en 1991, se ha visto forzada a trasladar casi toda su actividad a Viena. Una decisión que para la universidad representa “un día oscuro para Europa y un día oscuro para Hungría”. En palabras de Soros: “La historia estaba de nuestra parte en los primeros años, cuando la idea de una sociedad abierta tenía éxito e iba ganando terreno. Pero el curso de la historia ha cambiado. Esa es la cuestión que estoy tratando de entender. ¿Qué es lo que está pasando para que las sociedades cerradas estén ganando la batalla?”.

Francia: Nacionalismo, tradición y religión

Para aproximarse al fenómeno de la imparable ascensión de la extrema derecha en Europa, puede ayudar la opinión de Mark Lilla en The New York Review of Books. En el último número de esta publicación, el autor de El regreso liberal: Más allá de la política de la identidad, relata sus impresiones tras asistir a la convención anual de la Conferencia para la Acción Política Conservadora celebrada este año en Washington. Él lo define como una suerte de Davos de derechas (en referencia a la reunión anual del World Economic Forum en esta localidad suiza que atrae a los más poderosos del planeta). En su opinión, el discurso de la derecha más radical europea va más allá de los exabruptos xenófobos y está mejor organizada de lo que parece. Y destaca cómo Steve Bannon, que desembarcó en Europa con su propuesta The Movement (El Movimiento) a principios de año, está logrando poner de acuerdo a las derechas de Francia, Polonia, Hungría, Austria, Alemania e Italia para que compartan una sola agenda y movilicen a sus ciudadanos en contra de la política de inmigración, la deslocalización económica, la Unión Europea y la ampliación de los derechos sociales (matrimonio homosexual, derechos LGTB, etc).

La líder de Reagrupación Nacional, Marine Le Pen, en la Asamblea Nacional francesa el 11 de diciembre de 2018. ampliar foto
La líder de Reagrupación Nacional, Marine Le Pen, en la Asamblea Nacional francesa el 11 de diciembre de 2018. AFP

Lilla cree que la religión cristiana puede ser un vehículo útil para unir a este movimiento paneuropeo. Y cita el ejemplo de Francia, donde a pesar del laicismo del Estado los católicos conservadores mantienen una alta capacidad de influencia y movilización. El ejemplo más reciente: la Manif pour tous, la protesta masiva y prolongada durante meses en las calles de París contra la legalización del matrimonio gay propuesto por el anterior presidente François Hollande. Lilla se remonta también a 1984, cuando François Mitterrand se vio obligado a retirar una ley para reformar la escuela católica tras la marcha de más de un millón de católicos en París. El autor sostiene que la línea divisoria entre los partidos tradicionales de derechas y los nuevos partidos ultras, dispuestos a salir de la UE, derribar toda institución liberal y expulsar a los inmigrantes, es más fina de lo que parece. Y que hay lugar para el triunfo de una tercera vía, a caballo entre ambas.

En su opinión, el discurso de la joven Marion Mérichel-Le Pen en el citado foro representa esa vía intermedia. Contenida, alejada del estilo incendiario de su abuelo o su tía, se atrevió a atacar el individualismo ante una audiencia fanáticamente convencida del valor de la propiedad privada y el uso de armas en defensa propia. Arremetió contra la globalización y el egoísmo reinante que convierte a los trabajadores extranjeros en esclavos y a los nacionales en parados. Lamentó el sometimiento de Francia a la UE que, como país miembro de la misma, no puede tener su propia política exterior o económica ni defender sus fronteras contra la inmigración ilegal o frenar la entrada de una ‘contra-sociedad’ islámica en su territorio. Y defendió las tradiciones como valor supremo: “Las tradiciones no son el culto a las cenizas, sino la transmisión del fuego”. Nacionalismo, tradición y religión son, según Lilla, el mélange perfecto para la expansión de esta nueva derecha que tan impecablemente representa Mérichel-Le Pen.

Alemania: Dique verde

Una derecha cuyo ascenso en Alemania y en su versión ultra ha conseguido frenar el Partido de los Verdes. Algo se mueve en otra dirección, como analiza Zia Weise en el diario digital POLITICO. En las recientes elecciones del Estado de Baviera, los socialdemócratas del SPD sufrieron una colosal derrota (menos del 10% del voto). Pero las circunscripciones donde siempre eran mayoría no han caído en manos de la extrema derecha, representada por la euroescéptica y xenófoba Alternativa para Alemania (AfD), si no de los Verdes que se han convertido en el segundo partido más votado tras hacerse con el 18% de los votos. Un resultado que supone cambiar la dinámica del voto de castigo a los partidos tradicionales que hasta ahora ha capitalizado el partido de ultraderecha y que le permitió convertirse en la tercera fuerza más votada en las últimas elecciones federales de 2017. Y lo interesante es que este vuelco en el voto ha ocurrido en uno de los estados más ricos de Alemania. ¿Supone esto un cambio de tendencia? Puede que sí.

Una encuesta sitúa ya al Partido de los Verdes como la segunda fuerza nacional, por delante del SPD, con un 24% de intención de voto, y tres puntos por debajo de los Cristianos Demócratas de Angela Merkel. En la mente del votante alemán, los Verdes han conseguido situarse en el extremo opuesto a lo que representa Alternativa para Alemania y atraer el voto de los socialdemócratas desencantados. Se convierten así en el partido representante de la alternativa de izquierdas y de la resistencia europea frente al ascenso de la extrema derecha en el resto del continente. ¿Perdedores o ganadores de los cambios globales? ¿Cómo encarar la inmigración? ¿Es necesario dejar entrar a quienes buscan protección o trabajo? ¿Aspiramos a tener una sociedad heterogénea o preferimos una homogénea y cerrada? Esas son las cuestiones que según recoge Weise, se plantean no sólo en Alemania, sino en toda Europa.

Tráfico de datos

Y hablando del liderazgo de Alemania, aunque tiene que ver con otra batalla, en este caso relacionada con la exposición de la intimidad de cualquier ciudadano sin su autorización, el Gobierno de Berlín ha sido el primero de Europa en reaccionar a las nuevas revelaciones del New York Times sobre el uso ilegal de datos por parte de Facebook.

El miércoles, el diario publicó que la plataforma de Mark Zuckerberg cedió durante años datos privados de millones de cuentas a más de 150 empresas, entre ellas otras grandes tecnológicas como Microsoft, Amazon y Spotify, en una práctica que se asemeja a las de cualquier monopolio. Aunque aquí no se pactan precios sino que se intercambia de forma oscura el principal activo que comparten, que es la información confidencial del usuario sin requerir su consentimiento.

El tráfico irregular de datos por parte de Facebook continuó durante 2018, a pesar de que Zuckerberg asegurara lo contrario en abril, durante su comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos para defenderse de las acusaciones sobre Cambridge Analytics. La ministra de Justicia alemana, Katarina Barley, ha exigido a Facebook que responda a las noticias del NYT. Mientras, el diario tuiteaba en su cuenta una guía breve explicando a sus lectores cómo darse de baja de Facebook, en lo que parecía una declaración de guerra en toda regla. Una de las primeras respuestas al tweet fue: “Den ejemplo entonces y borren ustedes su página de Facebook”. Un difícil desafío de aceptar. El NYT tiene 16.299.524 seguidores en Facebook y la página, por supuesto, sigue abierta. La cifra pone en evidencia la dificultad de que los medios prescindan de la red social más influyente del mundo, que se calcula tiene en este momento 2.200 millones de cuentas personales. Una contradicción que simboliza, de nuevo, estos tiempos oscuros.

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