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ANÁLISIS i

El presidente que apostó por la paz y la cultura

Ver a Belisario Betancur era siempre un deleite y un aprendizaje

El expresidente Belisario Betancur en 2003.
El expresidente Belisario Betancur en 2003. EFE

Belisario Betancur dejó de ser presidente de Colombia hace 32 años, cuando tenía 63. Acaba de morir a los 95, perfectamente lúcido, al menos hasta la última vez que lo vi, hace menos de un mes, cuando hizo un discurso cálido y erudito en la Embajada de España en Bogotá. Habló de gramática castellana y disertó sobre varios filósofos griegos. Verlo era siempre un deleite y un aprendizaje. Seguía leyendo a los más jóvenes escritores del país y, a modo de broma, dijo que le gustaba aprender siempre algo nuevo, como a Sócrates, que a la espera de tomarse la cicuta quiso aprender a tocar una pieza para flauta. Al hacerlo admitió que estaba citando un ensayo de Italo Calvino.

Cuando la mayoría de los colombianos lo eligió presidente, en 1982, yo no conocía a Belisario, ni voté por él. Aunque estaba dotado de una simpatía arrasadora y mostraba un ánimo sincero de querer hacer la paz con las guerrillas colombianas, él era del partido conservador, y en una familia de liberales como la mía los votos se dividieron entre Alfonso López Michelsen y Luis Carlos Galán (un disidente del liberalismo que sería asesinado años después). El menos conservador de los conservadores, Betancur, llegó a la presidencia gracias a la división de los liberales. Su paso por la presidencia fue muy difícil, en especial por dos tragedias naturales (el terremoto de Popayán y la catástrofe de Armero tras la erupción del nevado del Ruiz) y una tragedia política: la toma violenta, por terroristas del M-19, del Palacio de Justicia y su salvaje retoma, por parte del Ejército (con muerte de casi toda la cúpula judicial del país, desde el mismo presidente de la Corte Suprema), usando tanques y cañones de guerra a discreción.

Hace más de diez años, cuando ya me había hecho amigo del expresidente Betancur, tuve la oportunidad de discutir con él algo que había escrito para presentar un libro, El palacio sin máscaras, de Germán Castro Caycedo, sobre los muertos y los desaparecidos del Palacio de Justicia:

“Por supuesto que también salieron muchas personas vivas del Palacio de Justicia. 96 murieron, incluyendo más de veinte guerrilleros, y entre doscientas y trescientas se salvaron. Pero lo más grave es que entre algunas de las personas que salieron con vida -supuestamente salvadas- también hubo torturados, vejados, rematados con tiros de gracia y desaparecidos, entre ellos un magistrado. Fuera de la retoma sangrienta, sin ninguna misericordia por los rehenes que clamaban por un cese al fuego, ya fuera del Palacio también ocurrieron actos inhumanos, al principio en el Museo del Florero, y después en varias guarniciones militares.

Lo ocurrido con el poder civil tampoco es menos alarmante. Las Fuerzas Militares no se tomaron solamente el Palacio de Justicia, sino que se tomaron también el Palacio de Nariño (la casa presidencial), dejando al Presidente muchas veces aislado de la situación, casi como un rehén más, sin acceso a las personas que querían hablar con él, sin que le obedecieran a cabalidad las pocas órdenes que alcanzó a impartir, dándole informaciones parciales que hablaban de la salvación de los rehenes cuando en realidad no se estaba haciendo nada o casi nada por protegerlos, con tal de resolver rápidamente la batalla.

Siempre he sentido respeto por el presidente Betancur. Sé que de él nunca saldría la orden de torturar, rematar o desaparecer a nadie. Pero cometió un pecado de omisión, o al menos de carácter: dejó en las manos de los militares la resolución de un problema que pudo haber tenido un desenlace muy distinto por la vía del diálogo civil. Y si no del diálogo, por la vía del cansancio. No había semejante prisa para entrar con tanques, disparar, cañonear. No hablo de la claudicación del derecho ni del sometimiento de las instituciones, pero sí del diálogo inteligente con los terroristas, dejando tiempo al cansancio natural, que podría haber llevado a un desenlace menos trágico en términos de vidas humanas. Queda la impresión de que esto era lo que menos querían los militares, temerosos de que el M-19 pudiera sacar así fuera una salida no digamos digna, sino incluso indigna del Palacio. No los querían rendidos, los querían muertos. Y, todo hay que decirlo, tampoco los guerrilleros se querían rendir: preferían hacerse matar.”

La conversación sobre este asunto fue tensa y difícil. El expresidente, sobre esto, no quería hablar, incluso a pesar de que su esposa, Dalita Navarro, lo animaba a contar todo abiertamente. Se limitó a decir, como en un acto cristiano de contrición (Betancur era un católico muy devoto, e incluso alto consejero de asuntos éticos en El Vaticano), que él personalmente debía asumir toda la responsabilidad, sin descargarla sobre nadie más. ¿Cuánta culpa personal le cabía? Yo creo sinceramente que muy poca, como no sea la ya señalada sobre la falta, no de acción sino de omisión. No es imposible que él haya dejado algún escrito póstumo al respecto.

Pero el presidente Betancur no debería pasar a la historia como el hombre trágico que no pudo resolver sin violencia la toma terrorista del Palacio de Justicia y su retoma sangrienta. No es justo limitar su presidencia a esta tragedia, por grave que haya sido. Él fue también el presidente que con más ardor y tenacidad buscó la paz tanto con las Farc como con el mismo M-19. Incluso llegó a firmar para ellos un cese al fuego y una amnistía que les permitiera negociar con el gobierno. A esto se opuso duramente el Ejército y toda la derecha colombiana. “Los enemigos agazapados de la paz”, como dijo uno de sus ministros y mejores amigos, Otto Morales Benítez. Cuántos muertos, cuántos secuestrados y cuánto sufrimiento nos habríamos evitado si se hubiera firmado la paz de Belisario en 1984. Hubo que esperar 34 años más para que ese sueño se cumpliera, con Juan Manuel Santos.

Y fuera de lo anterior, sea como presidente que como expresidente, Belisario Betancur fue el gobernante y el político que apoyó con más decisión (y con recursos, primero del Estado y luego propios) la cultura en Colombia. Fue él quien ideó la Ley del Libro, que sacó a Colombia del atraso editorial y a muchos escritores de la miseria. Fue el mecenas de músicos, poetas, cineastas, desde la pianista Teresita Gómez hasta el poeta León de Greiff. Creó el embrión del ministerio de Cultura, al fortalecer como nadie antes a Colcultura. Fue editor, director de la Fundación Santillana, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, y protector de un maravilloso pueblo colonial: Barichara, en el departamento de Santander. Y fue además un buen padre de familia (le sobreviven dos hijas y un hijo), un marido amoroso y el mejor amigo de sus amigos, así no estuviéramos de acuerdo en todo. Y esto último, con todo el orgullo y con todo el afecto que le tuve y le tengo, lo puedo firmar.

Héctor Abad Faciolince es escritor colombiano

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