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ANÁLISIS i

La trágica farsa de Westminster

Si el Parlamento británico no aprueba el acuerdo de May para el Brexit, la única solución legítima pasa por un segundo referéndum

Pancartas a favor y en contra del Brexit, el pasado viernes en Londres. En vídeo, semana clave para el Brexit y Theresa May.

La política británica es, por encima de todo, teatro. Teatro de primera calidad en el país que ha dado a Europa muchas de sus mejores figuras de la escena. Y la obra que se está representando estos días en Westminster, llamada Brexit, es una farsa que amenaza con convertirse en tragedia. El acuerdo alcanzado por la primera ministra británica, Theresa May, con el resto de la Unión Europea ha sido recibido a balazos por el ala más teatral y más furibundamente pro-Brexit del Partido Conservador, que amenaza con cortar la cabeza de la líder de su propio partido y llevarlo, más dividido que nunca, a una auténtica guerra civil.

El problema es que, como ha dicho May estos días, solo hay tres opciones: el acuerdo de salida, salir sin acuerdo o quedarse. Es la primera vez que la torpe pero remarcablemente obstinada líder conservadora maneja en público la opción de la marcha atrás, considerada tabú desde el referéndum de 2016 hasta hace apenas tres meses.

A ojos de quienes creen que el Brexit ha sido desde el principio un error —legítimo, pero error— resulta inaudito que quienes más quieren abandonar la UE se arriesguen ahora a perder esa oportunidad. La alternativa que en realidad defienden, salir de Europa completamente desnudos, provoca pavor (¡por fin!) incluso entre muchos defensores del Brexit. Por eso, un rechazo al acuerdo de May, por muy malo que pueda parecer hoy, amenaza con llevar al país a un segundo referéndum en el que los británicos deberán elegir entre irse por las bravas o agachar la cabeza e intentar quedarse. ¿De verdad quieren eso los defensores del Brexit?

Hace no tanto tiempo, la caverna mediática británica liderada por el Daily Mail llamó traidores a los jueces que decidieron que la decisión final sobre el Brexit no podía ser tomada por el Gobierno sin consultar al Parlamento. Hoy, quienes renegaron del papel que se le ha dado al Parlamento, viven la paradoja de que su mejor opción para conseguir sus objetivos de un Brexit duro es precisamente el Parlamento. Sin aquella sentencia, la decisión definitiva sobre un Brexit blando ya estaría tomada.

Porque lo que apoya el Gobierno de May no es más que un Brexit blando. Es decir, el preferido por la inmensa mayoría de la clase económica y seguramente por una amplísima mayoría de los ciudadanos que en su día votaron por el Brexit. Y si el acuerdo parece tan malo es porque el mayor error cometido por Theresa May fue defender desde el primer día la opción del Brexit duro fijando unas líneas rojas absurdamente extremas que empezaron por renegar del Mercado Interior y de la Unión Aduanera. Hasta que la realidad le hizo ver que el único Brexit posible era el Brexit blando.

La realidad, sí, pero también la existencia de un conflicto latente que aún no se ha resuelto: Irlanda. La anomalía de la existencia de Irlanda del Norte es la caja de los truenos con la que ha chocado esta negociación. El nacionalismo británico se ha rasgado las vestiduras renegando de todo acuerdo que signifique tratar a Irlanda del Norte de forma distinta al resto de Reino Unido. Es ese maximalismo el que ha acabado abocando a todo el país a permanecer (¿por tiempo indefinido?) en la Unión Aduanera europea, para alivio de quienes temen las consecuencias económicas del Brexit.

Lo que olvidan quienes reniegan de esa solución es que hay dos partes en el problema de Irlanda del Norte: Reino Unido, sí, pero también la República de Irlanda, que tiene derecho a tener la última palabra en la solución del problema fronterizo porque este es consecuencia de una decisión previa tomada por Reino Unido, la de irse de la Unión Europea.

La farsa de Westminster olvida otro aspecto crucial: que todo el valle de lágrimas de estos días, que todos los lamentos por el “vasallaje” que Reino Unido le seguirá debiendo a Europa con esa solución, es solo temporal. Si el Parlamento aprueba el Brexit, este se habrá consumado. Lo que habrá que hacer entonces es buscar una solución al problema irlandés cuando los actores se hayan calmado y dejen de sobreactuar. Empezará entonces la verdadera batalla: la de la relación definitiva entre Reino Unido y la UE.

Si el Parlamento no aprueba el acuerdo de May, la única solución legítima pasa por un segundo referéndum. Lo más grave es que es imposible especular hoy sobre qué hará el Parlamento, porque las fuerzas políticas británicas han entrado todas ellas en una espiral de locura egocentrista. Unos, los laboristas, solo piensan en recuperar el poder. Otros, los conservadores, en mantenerlo. Unos pocos (¿Dominic Raab? ¿Michael Gove? ¿Boris Johnson?) en sus ambiciones personales. Y los más duros solo parecen buscar una vacuna, una excusa (el Brexit blando) a la que atribuir cualquier estropicio que pueda ocurrir cuando Reino Unido esté fuera de la UE. Lo que no se sabe todavía en esta farsa es qué quieren hacer los británicos con Europa.

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