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El síndrome de Oslo: 25 años de paz secuestrada

La violencia y la expansión de los asentamientos malograron el primer acuerdo de israelíes y palestinos

El primer ministro israelí, Isaac Rabin, saluda al líder palestino, Yasir Arafat, en presencia del presidente Bill Clinton, el 13 de septiembre de 1993 en la Casa Blanca.
El primer ministro israelí, Isaac Rabin, saluda al líder palestino, Yasir Arafat, en presencia del presidente Bill Clinton, el 13 de septiembre de 1993 en la Casa Blanca. AFP

“Fue un buen arreglo, sentó las bases para el retorno de 800.000 palestinos y puso fin a las deportaciones impuestas por Israel, pero fracasó porque nunca pasó de ser un pacto interino”, sostiene en Ramala el veterano negociador Nabil Shaath, asesor internacional del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, a quien ya asistió durante las conversaciones secretas que condujeron a la firma, hace ahora 25 años, de los Acuerdos de Oslo. “Estados Unidos era entonces la única superpotencia tras la desaparición de la Unión Soviética, mientras que palestinos —por su apoyo a Sadam Husein— e israelíes —aislados y paralizados durante la Guerra del Golfo— estaban debilitados”, argumenta en Jerusalén Ilan Baruch, exembajador y primer responsable de las relaciones con la Autoridad Palestina en la diplomacia israelí.

Shaath, de 80 años, y Baruch, de 70, aún creen en la solución de los Estados a través de una negociación multilateral para resucitar el acuerdo de paz al que dedicaron algunos de los mejores esfuerzos de su vida. Jóvenes palestinos de la generación de Oslo, nacidos a partir de 1993, protagonizaron entre 2015 y 2016 la ola de violencia también conocida como Intifada de los Cuchillos, mientras que los israelíes con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se declaran más conservadores y nacionalistas que sus padres en los últimos sondeos sociales.

“Muchos creen que el asesinato de [el primer ministro laborista Isaac] Rabin marcó el fin de Oslo”, analiza Baruch las razones por las que se malogró el acuerdo, “pero el clima de división interna —por los sangrientos atentados de Hamás y la permanente presión de la derecha israelí— en ambos bandos habría hecho descarrilar el pacto final previsto al término del periodo transitorio de cinco años”. La Segunda Intifada (2000-2005) y las tres guerras emprendidas en Gaza por Israel en la última década arruinaron la confianza en alcanzar la paz.

“Estados Unidos ofreció garantías de que se negociaría un acuerdo definitivo, en el que estarían incluidas las cuestiones de la capital compartida Jerusalén y el retorno de los refugiados palestinos, que habían quedado aparcadas, pero Israel no mostró ninguna voluntad de avanzar en su compromiso y Washington no cumplió su promesa”, responsabiliza Shaath a los sucesivos gobiernos hebreos.

Las instituciones propias construidas tras el regreso en 1994 del líder histórico de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasir Arafat, es el legado al que se aferran los antiguos negociadores. Su autogobierno más amplio se limita ahora, sin embargo, a un 18% del territorio de Cisjordania, y a otro 21%, aunque sin competencias sobre seguridad. La franja de Gaza, sometida a bloqueo por Israel, escapa desde hace 11 años al control de la Autoridad Palestina.

El asesinato del laborista Rabin a manos de un joven judío radical hipotecó la continuidad de las negociaciones, que quedaron poco después en manos del conservador Benjamín Netanyahu después de que derrotara en las urnas a Simón Peres, el ministro de Exteriores galardonado con el Nobel de la Paz junto con Rabin y Arafat por los Acuerdos de Oslo. En su primer mandato (1996-1999), Netanyahu cumplió con lo pactado al entregar Hebrón a los palestinos, pero se reservó el control del centro histórico de la ciudad al amparo de la presencia de colonos judíos.

“El pecado original de Oslo fue y sigue siendo que apenas llegó a desarrollarse”, argumenta el columnista de Haaretz Gideon Levy en las páginas de su diario. “Ha acabado perpetuando la ocupación”, concluye, “y ha proporcionado a Israel al menos otros 25 años de expansión incontrolada de los asentamientos”.

Cuando Rabin y Arafat se dieron la mano en presencia del presidente Bill Clinton en los jardines de la Casa Blanca vivían unos 110.000 colonos en Cisjordania; ahora son más de 400.000, según datos de la ONG pacifista israelí Paz Ahora. Hasta este mismo año, las autoridades israelíes habían venido cumpliendo la palabra empeñada en Oslo de no autorizar ningún nuevo asentamiento. Mientras tanto, fomentaban el desarrollo de los ya existentes y hacían la vista gorda ante la proliferación de outpost, o colonias avanzadas no aprobadas, que se han extendido de forma salvaje.

Un 47% de los judíos israelíes respalda hoy en día la solución de los dos Estados acordada hace 25 años, frente al 46% que se opone, según un sondeo del Instituto para la Democracia en Israel. Entre los palestinos, otro 47% expresa apoyo mientras el 50% la rechaza, de acuerdo con la encuesta del Centro Palestino de Investigación Política. En ambas comunidades de Tierra Santa un mayoritario 56% reconoce que un Estado palestino no será viable en las condiciones actuales. Implicado directamente en la segunda etapa de las negociaciones (Acuerdo de Oslo II), que ampliaron en 1995 la autonomía a parte de Cisjordania tras una primera fase en Gaza y Jericó, Baruch abandonó hace siete años la carrera diplomática en rechazo a la política de Netanyahu, que volvió a dirigir el Gobierno a partir de 2009.

“El primer ministro no cree en la solución de los dos Estados, sino en la de un Estado y medio. Sostiene que en el Israel bíblico que habitaron los judíos hace 3.000 años solo cabe el Estado hebreo y, como mucho, una entidad menor de autogobierno palestino”, concluye Baruch. Al frente del Gabinete más conservador de la historia israelí, Netanyahu se ha consolidado en el poder desde hace casi una década preservando el statu quo de la ocupación e impulsando los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este.

La Administración demócrata del presidente Barack Obama intentó mantener a raya la colonización israelí, pero desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca el avance de los asentamientos se ha multiplicado por tres. El presidente republicano ha reconocido Jerusalén como capital de Israel y ha cancelado la financiación de la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, dos medidas teóricamente destinas a retirar de la mesa de negociaciones los dos principales escollos, lo que ha favorecido los intereses de Israel y ha llevado al presidente palestino Abbas a suspender los contactos con EE UU y negarle el carácter de mediador único en el conflicto refrendado precisamente con los Acuerdos de Oslo.

De Camp David al bloqueo del diálogo

17 de septiembre de 1978. Israel firma la paz con Egipto en Camp David (EE UU) y devuelve el Sinaí ocupado en 1967.

Octubre-noviembre de 1991. En la Conferencia de Paz de Madrid se acuña la fórmula “paz por territorios”.

1993. Conversaciones secretas en Oslo de israelíes y palestinos.

13 de septiembre de 1993. Firman en Washington el acuerdo el primer ministro israelí, Isaac Rabin, y el presidente de la OLP, Yasir Arafat, que otorga autonomía a Gaza y Jericó.

2 de julio de 1994. Arafat regresa a los territorios palestinos.

25 de febrero de 1994. Un colono judío mata a 30 palestinos en Hebrón.

28 de septiembre de 1995. Rabin y Arafat firman en Washington Oslo II, que amplía la autonomía en Cisjordania.

4 de noviembre de 1995. Rabin es asesinado en Tel Aviv.

15 de enero de 1997. El nuevo primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y Arafat firman el acuerdo de retirada parcial israelí de Hebrón.

28 de septiembre 2000. El líder de la derecha israelí Ariel Sharon visita la Explanada de las Mezquitas. Estalla la Segunda Intifada.

13 de diciembre de 2001. Sharon, ya primer ministro, suspende todo contacto con Arafat ante el auge de la violencia palestina.

11 de noviembre de 2004. Muere Arafat. Le sucede Mahmud Abbas.

15 agosto de 2005. Sharon ordena la retirada de las tropas y colonos de Gaza.

24 de abril de 2014. Netanyahu suspende el diálogo con los palestinos tras el acuerdo de unidad nacional entre Fatah y los islamistas de Hamás.