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Kofi Annan, el mejor de los diplomáticos contemporáneos

El exsecretario general de la ONU alumbró e inspiró reformas muy importantes para el derecho y las relaciones internacionales que aún hoy sorprenden por su visionario contenido

kofi annan
Kofi Annan (i), en 1971, con compañeros de estudios, en Zambia EFE

Murió Kofi Annan, sin ninguna duda el mejor secretario general que ha tenido la Organización de Naciones Unidas, el que dio un nuevo impulso a una organización que llevaba años sin encontrarse a sí misma, que alumbró e inspiró reformas muy importantes para el derecho y las relaciones internacionales que aún hoy sorprenden por su visionario contenido. Hoy se escribirán muchas páginas recordando lo mucho que hizo; sus éxitos y también —por descontado— sus fracasos, sobre los que él mismo recapacitaba, y no por conjurar la posible frustración, sino por una cuestión de humildad natural y la conciencia de que podrían albergar lecciones para otros. Yo quisiera recordar hoy al hombre, al excepcional ser humano, al amigo entrañable, al líder que siempre actuaría bajo un sesgo ético, cualquiera que fueran las consecuencias.

Kofi Annan fue el mejor de los diplomáticos contemporáneos, un excepcional modelo para todos los que trabajan en este complejo entorno y —sobre todo— para los que aspiran a unirse a él, porque concebía la diplomacia, incluso aquella que se aplica en los conflictos más intratables, como una ciencia humana y humanitaria, que debía construirse en toda ocasión con proporciones antropomórficas. Tenía una capacidad de empatía única, una singular disposición para la mediación.

Recuerdo hoy a la persona que aún muchos años después se estremecería al recordar tragedias como Ruanda o Bosnia. En cualquier otro secretario general tal vez esa adversidad hubiera conducido a la frustración, la melancolía o al cinismo, a él le llevó a plantear a la comunidad internacional las preguntas que nadie había hecho nunca, a impulsar la Responsabilidad de Proteger y provocar, con ese cambio tranquilo pero revolucionario en que se sentía a sus anchas, una de las propuestas más audaces que ha conocido el derecho internacional contemporáneo, tan audaz que aún llevará muchos años metabolizarla.

Tenía un liderazgo natural. Cuando hablaba con su característica voz, a pesar de su tono bajo y pausado, todos callaban. Siempre decía algo cargado de sentido —como razón y como sentido común— veía el horizonte ético al que no siempre llegaban otros, y acaso por ello tuviera aquella modesta disposición para marcar el rumbo.

Y tenía también un increíble sentido del humor. Cuando la tensión bloqueaba negociaciones y debates, o, simplemente, se relajaba con su familia o sus amigos, sabia recordar una divertida historia africana o sorprendía con una anécdota o un juego de palabras.

Kofi Annan adoraba España. Cuando dejó la secretaría general de la ONU me pidió que organizáramos en secreto un viaje por Andalucía con sus hijos y, por supuesto, su inseparable Nane. Logramos que pasara desapercibido mientras pasaban días muy especiales de reencuentro, con la discreción y sencillez que les caracterizaba. Después de años muy duros para su familia, quiso que nuestro país fuera el escenario de tan especial circunstancia.

Hace muy pocas semanas, hablábamos de nuevos proyectos para tratar de ayudar en Venezuela. A pesar de su edad, mantenía la ilusión de un veinteañero, y aunque supiera que podría ser severamente criticado, no dudaba en involucrarse en empresas si creía en ellas, en ir adelante armado con la valentía de los hombres justos y tranquilos.

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