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Instinto de México

Nos centramos tanto en los candidatos, en un candidato, que se nos olvidó el país

Elecciones México
La bandera de México en Tijuana (Baja California). Getty Images

El signo de México es la exclusión y el abandono. Lo digo sin afán de sonar trágico, o apelar a las fibras emocionales de quien me lea. Así lo creo. Hemos construido en el país una gobernanza apuntalada por la remoción de millones de lo público, posible sólo desde su silencio y su indefensión. Un equilibrio terrible en el que el Estado permanece para unos y desaparece para otros; y en esa ausencia desprotege justamente a quienes más lo necesitan para estar bien, para defenderse, para construir destinos productivos, para seguir vivas y vivos.

Ese país desapareció en la campaña. Nos centramos tanto en los candidatos, en un candidato, que se nos olvidó el país. Quiero hablar del México que vota hoy, que encuentra en la boleta su única conexión con lo público, el único mecanismo político para mejorar su vida. Que vuelve a empeñar en las urnas su fe por una democracia que le ha dado la espalda una y otra vez.

Es el México que trabaja más de cuarenta horas semanales y no puede transformar esas horas en alimento suficiente para su familia. Más de cuarenta horas del tiempo de una persona que no se traducen en la comida apenas necesaria para seguir. Es el México al que le robaron la más esencial de las autonomías: llevarse al mercado y regresarse independiente. Al que le dan transferencias públicas para alcanzar la sobrevivencia que el mercado laboral le niega.

Es el México al que le niegan el ejercicio de derechos que sólo se alcanzan con empleos formales reducidos para una tercera parte de la población trabajadora. El México que no puede usar la ley para defenderse, condenado a la informalidad que otros entienden como un problema fiscal y no como un problema de seguridad social. Que paga impuestos y recibe en respuesta dádivas que atrofian sus derechos políticos, servicios de salud de segunda porque así los cataloga el gobierno, escuelas para sus hijos abandonadas porque el dinero se fue para publicidad del secretario, traslados de horas de ida y horas de regreso porque la inversión se fue hacia quienes usan automóvil. Es el México que no tiene derechos para acceder a bienes públicos, tiene sólo un peso demográfico para volverse parte de la maquinaria política que se activa cada tanto. Partícipe involuntario de su propia tragedia.

Es el México de los que desaparecen y mueren, cerradas las puertas de las capacidades productivas, cerradas las puertas de los derechos, cerradas las puertas del ingreso, fueron arrojados a la vulnerabilidad, al peligro, al destino de una muerte violenta. Es el México de sus madres que se encontraron afuera de un ministerio público o de un servicio forense en búsqueda de sus hijos o de sus cuerpos, que leyeron en otros ojos su misma desesperación. Ahí van implacables, de roca, a rastrear restos al monte, a buscar lo que el Estado no busca, a importarles lo que al Estado no le importa, a no olvidar lo que el Estado nunca recordó.

Es el México del miedo y la desesperanza, de quienes saben que no accederán nunca a la justicia, están solas, están solos. Para ellas y ellos sólo la sumisión, sólo bajar la mirada, sólo saber que no se pertenecen. Es el México en el que lo mejor es no moverle, que carga su pobreza como el único delito que sí te lleva a la cárcel. Que llevará esa carga el resto de su vida porque aquí quien sale de la pobreza es una anomalía, una rareza que utilizarán expertos y opinadores para mostrar que sí se puede, que es cosa de echarle ganas, que tú eres el problema. Eres el México que no leerá las columnas de esos expertos, por las que les pagaron algo cercano a tu ingreso anual, en periódicos que sobreviven gracias a un gasto público que a ti te niegan.

Ese México es el que vota hoy, el que dejaron agotado, lastimado, resentido; pero que encuentra hoy alternativas en un crayón que contiene todas sus posibilidades, en una boleta que es una carta a 18 años de indolencia. Es el instinto de México que busca erguirse, curarse, perdonarse.

José Merino es politólogo y ha trabajado en el equipo de la candidatura de Claudia Sheinbaum para la Ciudad de México.

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