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¿Vivimos aún en la era del 68?

Del anticapitalismo al turbocapitalismo, de las redes sociales al populismo trumpiano, todo es susceptible de retrotraerse hoy a Mayo del 68

Un policía lanza una piedra a los manifestantes el 6 de mayo de 1968, durante los enfrentamientos en París.

Cuando el presidente francés Emmanuel Macron le pidió a Daniel Cohn-Bendit, el líder más visible del Mayo de 68, cómo conmemorar la revuelta, la respuesta de Cohn-Bendit fue tajante. “¿Pero de dónde viene esta idea? ¡Ni hablar!”, le escribió en un mensaje por teléfono, según el semanario L’Obs.

Mayo del 68 ya es historia: Macron nació nueve años después, y la mayoría de líderes mundiales eran niños o adolescentes entonces. Pero Mayo del 68 —y, en un sentido más amplio, el “68 largo” del que habla el historiador británico Richard Vinen: un 68 que no es exclusivamente francés y que empieza antes y acaba después de este año— es presente: uno de estos momentos que abre las compuertas de una nueva época, que todavía es la nuestra.

Del movimiento feminista y la defensa de los derechos de los homosexuales a la afirmación de los derechos individuales y la contestación de la autoridad, 1968 modela, a veces de forma insospechada, el mundo en que vivimos. Tan lejos, tan cerca.

Cuando el intelectual Raymond Aron decía, aquel mismo año en su libro La revolución inencontrable, que Mayo del 68 había sido un “psicodrama” y “una maratón de palabrería”, no es difícil establecer un paralelismo con las revueltas postmodernas que se escenifican en las redes sociales. Y fue Régis Debray, compañero del Che en la selva boliviana y después consejero de François Mitterrand, el primero en sugerir, ya en los años setenta, que Mayo del 68 pudo ser un “ardid del capital” para liquidar “las dos religiones solidarias y en competición que era la nación y el proletariado”. Del anticapitalismo al turbocapitalismo, de las redes sociales al populismo trumpiano, todo es susceptible de retrotraerse a Mayo del 68. El sistema todo lo digiere, todo le refuerza.

“En cierta manera, la versión cultural del 68 ha triunfado sobre la versión social”, dice desde Londres el historiador Vinen, autor de 1968. El año en que el mundo pudo cambiar (editorial Crítica). Lo que Vinen llama “versión cultural” serían los movimientos de la liberación de las mujeres o de los gays, el cuestionamiento de las jerarquías o una democracia más avanzada. Los ecos no se han apagado.

La “versión social” tiene que ver con el movimiento obrero, dicen Vinen. Vivió su apogeo en el 68: en Francia no hubo una revolución pero sí una huelga general que paralizó el país y un pacto social, los acuerdos de Grenelle, que supusieron mejoras salariales tangibles e inigualadas. Continuó, en Francia y otros países, en los años setenta. Y en los ochenta chocó con la contrarrevolución reaganiana y thatcheriana.

Macron encarnaría “de forma sorprendente”, según Vinen, este triunfo del mayo cultural sobre el social. “En términos culturales y morales es hijo del 68, en el sentido en que se siente cómodo con una sociedad liberal. Al mismo tiempo, representa una visión del mundo liberal desde el punto de vista económico”, dice.

“Queda una herencia cultural enorme: el movimiento de las mujeres, de los inmigrantes, de los homosexuales”, comentaba el martes, durante la manifestación del 1 de mayo en París, Alain Krivine, uno de los líderes de Mayo del 68, y militante trotskista. “Pero atención: gracias a 68 y después de 68”, añadió. Se refería a que el mayo francés ni fue un movimiento feminista ni a favor de los derechos de los homosexuales, pero sí creó las condiciones para que que estos combates se libraran en los años siguientes.

“Son logros, pero muy limitados”, admitió Krivine. “En cambio, en el plano político hay que recomenzar. Yo no soy como Cohn Bendit, que es macronista. Al contrario. Nos tenemos que unir contra Macron, pero hoy no es el caso”, decía, constatando la desunión de los sindicatos franceses ante las reformas liberales del presidente y la debilidad de la oposición de izquierdas. Más allá del folclore de algunos eslóganes, no hay similitudes entre las protestas dispersas y limitadas de 2018 —las huelgas de ferroviarios, la ocupación de algunas facultades, las manifestaciones de funcionarios— y las de 1968.

Henri Weber también era trotskista en el 68, pero tomó una vía distinta en los años posteriores. En los ochenta ingresó en el Partido Socialista. Los logros del 68 son, en su opinión, una obra inconclusa. “No solo vivimos de los logros del 68 sino que hemos añadido: las [reducción de la jornada laboral a] 35 horas no fueron en 68, sino en el 2000", dice en el legendario Café de Flore, en el boulevard Saint-Germain, que fue uno de los epicentros de la revuelta. "Y el próximo logro será el derecho de los ciudadanos a morir con dignidad. Cuando tengamos esto, nuestra generación podrá marcharse tranquila. Habrá liberalizado muy profundamente este país”.

Weber formula dos críticas. “Mi crítica de fondo es el culto a la violencia, la valorización de la violencia como método de transformación de la sociedad”, dice. La segunda crítica se centra en “la cultura del conflicto y del enfrentamiento” propia del 68.

Hay algo de aquella época en la polarización ideológica y en la retórica revolucionaria del nuevo populismo. E incluso en el presidente de Estados Unidos, Donald Trump y sobre todo en sus votantes. “Pertenecen a la misma generación. No son los mismos, pero nacieron en el mismo momento, a finales de los años 40: es el tiempo de gente que votó por el Brexit en Gran Bretaña”, dice el historiador Vinen. “Pero también es el tono el populismo de derechas: el ataque al establishment, el deseo de cambiarlo todo el rechazo a los expertos. Todo eso me parece que recuerda levemente al 68”.

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