El legado de Raúl Castro: deshielo con EE UU y tímidas reformas económicas

El presidente de Cuba termina un segundo mandato marcado por las relaciones con Washington

Barack Obama y Raúl Castro, en La Habana en 2016.
Barack Obama y Raúl Castro, en La Habana en 2016.Ramon Espinosa / AP

Raúl Modesto Castro Ruz (Birán, 1931) termina este jueves su segundo mandato de cinco años como presidente de Cuba. A sus 86 años, el general se retira del primer plano político pero se mantendrá hasta 2021 como primer secretario del Partido Comunista, definido por la Constitución como la “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Es decir: Raúl Castro cede el timón presidencial, pero sigue en la cima jerárquica.

Llegó al poder en 2006, cuando su hermano mayor, Fidel Castro, enfermó. En 2008 fue nombrado oficialmente jefe de Estado y de Gobierno. Raúl Castro siempre había sido el segundo del régimen, encargado de dirigir las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia y contrainteligencia. Su carrera había transcurrido a la sombra de su hermano. A partir de ahí le tocó cumplir el rol político, asumiendo en 2011 también la jefatura del Partido Comunista de Cuba, e iniciar un proceso de reformas que impidiese el derrumbe del estado socialista.

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“Con él empezaron los cambios de la etapa de Fidel Castro a otra etapa histórica”, dice en La Habana el historiador Enrique López Oliva. “Se enfrentó a dos retos: evitar el colapso del sistema y la ruptura generacional. Y lo hizo con inteligencia, incluso sobreponiéndose a sí mismo. Es paradójico que siendo él uno de los más comunistas de los que hicieron la revolución, terminase dando comienzo al giro al mercado. No tuvo alternativa”.

Las reformas de Raúl Castro arrancaron en 2008 con la eliminación de “prohibiciones absurdas”, dijo, como que los cubanos no pudieran hospedarse en los hoteles de su país; que no pudieran tener acceso legal a servicios de telefonía celular; o que no pudieran comprarse un ordenador o un reproductor de DVD. Ese año autorizó también la entrega a campesinos y cooperativas de tierras ociosas en manos del Estado. En 2010, ante la evidencia de que la plantilla de empleo estatal estaba inflada en más de un millón de personas, el general decidió abrir la economía a la iniciativa privada ampliando las categorías permitidas para el trabajo por cuenta propia. En 2011 se autorizó la compraventa de coches y de viviendas tras medio siglo de prohibición, decisiones en línea con la “actualización del modelo económico” que propugnara Castro unos meses antes en el VI Congreso del PC —“a fin”, afirmó, “de garantizar el carácter irreversible del socialismo en Cuba”—.

Pragmático tanto por necesidad como por su carácter militar, Castro continuó deshaciendo nudos. En 2013 el Gobierno empezó a instalar zonas de acceso Wifi en espacios públicos y se dejó de exigir permiso de salida. Los cubanos pudieron empezar a viajar al extranjero libremente. Pero el hito más relevante de su presidencia fue el deshielo: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos que se anunció en diciembre de 2014. Al verano siguiente Estados Unidos y Cuba reabrían sus respectivas embajadas y en 2016 Barack Obama hacía una histórica visita de Estado a la isla, la primera de un presidente de Estados Unidos desde 1929. Su paso por Cuba fue el momento álgido del raulismo pero también el inicio de la ralentización del proceso de reformas, ya de por sí timorato. En su último latigazo político antes de morir, Fidel Castro reaccionó con un artículo en el que recelaba del acercamiento bilateral —“No necesitamos que el imperio nos regale nada”— y revigorizó a los sectores de la línea dura dentro del régimen, paralizando hasta hoy el paso reformista.

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