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And the winner is…?

Los italianos llevan votando antisistema al menos desde 1992, tras el gigantesco escándalo de corrupción de Mani Pulite y cuando se derrumbó la clase política tradicional

El recuento de los votos en Nápoles este domingo 4 de marzo. En vídeo, análisis del redactor jefe de Internacional de EL PAÍS, Andrea Rizzi.

Este fin de semana no era fácil decidir llamar, como siempre, quiniela de los Oscar a la incertidumbre de los Oscar, porque planteaba un grave problema de metáforas para valorar el grado de intriga de las elecciones italianas. Si lo de Hollywood es una quiniela, lo de Italia qué era: ¿una ruleta? ¿rusa? ¿el dilema de la materia oscura del universo? Hoy nos hemos levantado y sabemos hasta quién ha ganado el Óscar al mejor cortometraje, pero ni idea, no ya de quién será el primer ministro italiano, sino de quién ha ganado las elecciones, así en general.

Pero, en realidad, no hay tal misterio: ha salido exactamente lo que se había calculado que saliera. Es decir, cuando izquierda y derecha aprobaron in extremis hace unos meses esta nueva ley electoral, el enésimo artefacto malévolo de laboratorio de la política italiana, querían precisamente que ocurriera esto: que no ganara el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), aunque eso significara instaurar el caos. El caos es más familiar, le tienen más miedo al movimiento de Beppe Grillo, que es lo desconocido. Se prefieren a ellos mismos, que son los de siempre y se conocen de toda la vida. Lo que pasa es que, como ocurrió en los anteriores comicios de 2013, cuando M5S ya fue el primer partido, los italianos insisten en votar contra lo de toda la vida, contra el sistema, y será por algo. Entre otras cosas porque nada ha cambiado desde hace cinco años, otra oportunidad perdida.

Los italianos llevan votando antisistema al menos desde 1992, tras el gigantesco escándalo de corrupción de Mani Pulite y cuando se derrumbó la clase política tradicional. Entonces el antisistema, eso decía él, era Berlusconi. También la Liga Norte. Luego El Olivo, una inédita coalición de izquierdas, y por tanto suicida, valga la redundancia. Después Matteo Renzi, aunque a él no le eligió nadie, se bastó él solo. Todos en mayor o menor medida se han presentado como una novedad, como algo realmente distinto, esta vez en serio, para acabar con la inercia y la podredumbre de la política italiana. Pero nada. Y cada vez se prueba algo más fuerte. El lema de M5S, desde sus inicios es muy básico, y perdón por la burda expresión, pero es una cita literal: mandar a todos los políticos de siempre a tomar por culo. Fueron los primeros en Europa, luego vino Podemos, UKIP, Marine Le Pen, el Brexit, Trump…

Los partidos tradicionales italianos no han tenido más antídoto que esperar a ver si la gente se cansa también de los nuevos, hasta que sean como ellos. Pero es que en cuanto a aburrimiento y falta de credibilidad les llevan unas cinco décadas de ventaja. Muchos votan pensando que peor no puede ser y que cualquier cosa menos esta gente, que lleva mangoneando desde que uno tiene uso de razón. Luigi di Maio, el líder del M5S, tiene ahora la oportunidad de mostrarse hábil e inteligente —de momento ya parece un chico bueno— y sería un alivio para Italia que de verdad lo fuera, pero ni entre los que le han votado se hacen muchas ilusiones. Más bien mantienen la respiración y que sea los que Dios quiera.

Lo más preocupante es el ascenso de la Liga Norte como primera fuerza de la derecha, pero es natural. Italia siempre ha tenido una gran mayoría conservadora, y los dos bandos se han turnado indefectiblemente en el poder, por decepción fija con el último vencedor. Nunca nadie ha repetido. Ahora le tocaba a la derecha y el líder de referencia de ese campo, por vacío político y por ausencia de Berlusconi, es Matteo Salvini. Es el que hay. Hubiera ganado el pato Donald echando pestes de los inmigrantes, aunque en este caso quizá era mejor el pato Donald. La Liga, en todo caso, ya ha gobernado muchos años, ha robado como todos y también se acabó domesticando en los despachos, aunque mantiene siempre activa una notable cuota de tonterías y desvaríos. Pero en todo caso su auge tiene un responsable indirecto: la Unión Europea, los Estados que la componen. La inmigración irregular es un problema colosal en Italia, que ha sido dejada sola a gestionar una emergencia histórica con su maltrecho y agujereado entramado administrativo. Solo lo ha conseguido con el altruismo y la humanidad de miles de italianos, que suplen a menudo con su individualismo los fallos del sistema.

En resumen, izquierda y derecha han preferido el caos a M5S. Conseguido el caos, ahora verán qué se les ocurre. Si piensan ustedes que tienen un plan B aún no lo han entendido: el plan B es el que va a fallar ahora, ellos están ya por el C o el D. Pero solo saldrá adelante el de uno de ellos o una combinación insatisfactoria para todos del plan H de uno y el W de otro, con ribetes del Y de un tercero, que si no jamás apoyaría la operación. Por eso ahora mismo los líderes italianos no tienen ni idea de qué va a pasar, pero ya lo irán sabiendo, aunque se pongan nerviosos Europa y los mercados. Da igual lo que hayan dicho hasta ahora, de no pactar nunca con este o el otro, la coherencia no viene de serie, es opcional, empieza una partida distinta y con un nuevo tablero. Ahora ya es posible todo, que es lo que se pretendía. El pueblo italiano, mientras tanto, espera, aunque no espera nada. Ellos votan a pesar de sus políticos y estos se organizan a expensas de sus ciudadanos.

Es ilustrativa una anécdota de ayer —en Italia las anécdotas son más verdad que las noticias—. Es lo que pasó en Roma, Nápoles y otras capitales con cientos de empleados públicos de servicios públicos de transportes o recogida de basuras: se presentaron en masa como voluntarios para el escrutinio, porque es un permiso de concesión obligatoria y pagado. Aunque suponga que la ciudad queda paralizada en servicios mínimos y perjudique al resto de ciudadanos. Eso refleja un espíritu práctico y egoísta hasta el extremo, también la pobreza de salarios, y que no deja de ser divertido, pero que tiene un fondo triste. Será, probablemente, más o menos la gama de emociones que dominará la escena política en las próximas semanas, hasta que se inventen una solución, que solo se les ocurriría a ellos. Lo que nunca se sabe es el ganador.

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