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Morgan Tsvangirai, voz y resistencia de Zimbabue

El símbolo de la oposición al dictador Mugabe muere de cáncer en Johanesburgo a los 65 años

Morgan Tsvangirai, en 2008.
Morgan Tsvangirai, en 2008. AFP

La oposición en Zimbabue ha perdido esta semana su columna vertebral. Morgan Tsvangirai, una de las voces más críticas con el régimen de Robert Mugabe, murió en Sudáfrica la noche del día de San Valentín. Como si su cuerpo hubiera aguantado para perder definitivamente a los 65 años la batalla contra el cáncer de colon que padecía hasta vivir la caída del longevo dictador, y el inicio de la esperada nueva era para Zimbabue, el pasado noviembre. De origen muy humilde, Morgan Tsvangirai (Gutu, 1952) pasó diez años de su juventud trabajando en una mina de níquel, y su carácter inconformista y combativo le llevó a liderar el poderoso Congreso de Sindicatos de Zimbabue. La suya fue siempre una carrera de fondo que enseguida pasó de defender los derechos de los trabajadores al vehemente activismo pro democracia.

En un país gobernado hasta hace solo tres meses por un solo hombre y un solo partido, Robert Mugabe y el ZANU-PF, Tsvangirai se erigió en los años noventa como el más incómodo revulsivo de la oposición, organizando huelgas generales masivas y fundando su propio partido, el Movimiento por el Cambio Democrático (MDC), en 1999. Fue objeto de la ira del régimen en forma de palizas de la policía, de acusaciones de los jueces y de varios intentos de asesinato. Pero nunca se amedrentó. “No aflojaré hasta que Zimbabue sea libre”, escribió en 2007, después de ser liberado, con un brazo fracturado, de una de sus detenciones. “Lejos de matar mi espíritu, las cicatrices que me han infligido brutalmente me han dado más energía. Solo busco un nuevo alivio para mi país, en el que los ciudadanos puedan vivir libremente en prosperidad y sin temer a sus gobernantes”, dijo entonces.

La última etapa, la de los años 2000, fue la más dura para él y la oposición. La imagen de su rostro marcado con un ojo magullado —que quedó marcada como el símbolo de la represión del régimen—, subrayó la brutalidad policial y la oleada de violencia que el régimen alentó durante el periodo electoral de 2008 contra sus detractores, y que dejó 200 muertos y centenares de heridos y detenidos. Tsvangirai ganó la primera vuelta, pero se retiró de la segunda, boicoteándola ante la brutal represión. De entonces data la información, oficiosa, de que Tsvangirai había sido preseleccionado como candidato al premio Nobel de la Paz. Tsvangirai aceptó formar parte de un Gobierno de unidad nacional con su eterno rival Mugabe, y fue primer ministro desde 2009 hasta 2013, pero su autoridad real estaba maniatada por el dictador y la enorme maquinaria del ZANU-PF.

El activista y político, el luchador incansable por los derechos humanos, recibía tratamiento contra su cáncer en Sudáfrica, donde murió, cuando en noviembre se produjo el golpe militar y la lucha intestina en el ZANU-PF contra Mugabe que acabó provocando la caída del dictador tras 37 años en el poder. Y Tsvangirai regresó inmediatamente a Zimbabue para estar presente en ese momento histórico, aunque volviera a marchar en enero a Johanesburgo para seguir tratamiento. Muchos zimbabuenses le reprochan no haber sido capaz de haber preparado bien su sucesión, incluso de dividir internamente su partido para mantenerse al frente —unas prácticas parecidas a las de su eterno rival— permitiendo que ahora, con un Zimbabue que se encamina hacia las primeras elecciones sin Mugabe de la historia poscolonial, en julio, el ZANU-P, el gran partido único durante décadas, tenga enfrente a un debilitado rival, privado definitivamente del pilar que constituía Morgan Tsvangirai. En un gesto postrero de concordia, el MDC, que ha pedido que Tsvangirai sea declarado héroe nacional, eligió el jueves a un nuevo líder interino, hasta que la formación celebre elecciones. Difícil será llenar el hueco dejado por quien encarnó la voz crítica y el imbatible espíritu de resistencia de Zimbabue.