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EE UU destapa la ‘fábrica de las fake news’ y acusa a 13 rusos por la injerencia electoral

Cientos de personas trabajaban en la Operación Lathka para "sembrar desconfianza" e influir en los comicios desde las redes sociales y páginas web

Robert Mueller sale del Congreso el pasado junio

El fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller, dio ayer un espectacular golpe de timón. Cuando todas las miradas estaban puestas en la Casa Blanca, el encargado de investigar si el equipo de Donald Trump se coordinó con el Kremlin para dañar a Hillary Clinton, destapó la fábrica rusa de las fake news y acusó a 13 ciudadanos rusos y tres empresasdel mismo país por interferir en las elecciones de 2016. El gigantesco operativo, bautizado como Proyecto Laktha, empleaba a cientos de personas y, a través de las redes sociales y el activismo de base, desplegó en EEUU una intensa campaña de intoxicación política.

En su escrito de acusación Mueller señala que el operativo puso en marcha una “guerra de información” encaminada a generar “desconfianza hacia los candidatos y el sistema político en general”. “Este escrito debe servir de recordatorio de que la gente no siempre es quien parece ser en Internet. Conspiradores rusos trataron de promover la discordia en Estados Unidos y socavar la confianza pública en la democracia. No podemos permitir que triunfen”, señaló el número dos del Departamento de Justicia, Rod Rosenstein.

La investigación ofrece una sorprendente visión interior del universo de la intoxicación informativa. Las empresas implicadas (Internet Research Agency LLC, Concord Management and Consulting y Concord Catering) están ubicadas en San Petersburgo. Pero a través de un entramado de compañías subsidiarias y otras tapaderas, operaban tanto en Rusia como fuera. Con un presupuesto de 1,25 millones de dólares al mes, Internet Research Agency empleaba por sí sola a “cientos de personas”. Para cubrir las 24 horas, se alternaban dos grupos. Su misión consistía en crear bajo nombre falso miles de cuentas en redes sociales. Un equipo de diseñadores gráficos, analistas de datos y tecnólogos les apoyaban.

Aunque en un principio tuvo otros objetivos, a partir de 2014 Internet Research Agency centró sus esfuerzos en Estados Unidos. Dos años después, ya tenía a 80 personas trabajando en el proyecto norteamericano. La recolección de datos sobre el terreno era frecuente y sus emisarios visitaron hasta ocho estados. Su actividad fue especialmente intensa en territorios electoralmente indecisos como Florida, Virginia y Colorado.

Para ocultar sus huellas, la maquinaria rusa utilizaba como pantalla ordenadores e identidades estadounidenses. Bajo este escudo, siempre según el FBI, generaba cientos de cuentas en redes sociales (Facebook, Instagram y Twitter). “Con nombres robados, cuentas de banco fraudulentas y documentos de identidad falsos, se hacían pasar por estadounidenses, que abogaban o censuraban a determinados candidatos, abrían páginas web y creaban comunidades con ciudadanos ajenos a lo que ocurría”, señala el Departamento de Justicia.

En el operativo también se incluía la contratación de estadounidenses. Estos servían como activistas de base y participaban en las protestas organizadas por la trama. Los reclutados, según el FBI, desconocían que estaban tratando con rusos. La red también usaba anuncios publicitarios para sembrar la discordia, casi todos contra Clinton. “Hillary es Satán, y sus crímenes y mentiras muestran su maldad”, reza uno de estos anuncios.

Las maniobras de intoxicación eran constantes. Y trascendían el universo digital. Por ejemplo, poco después de las elecciones presidenciales convocaron el mismo día en Nueva York una manifestación a favor y otra en contra del recién elegido Donald Trump. La meta, según el FBI, era generar malestar y erosionar la confianza en el sistema político.

Cuando las investigaciones del fiscal especial empezaron a salir a la luz, los cerebros de la red se asustaron. La publicación en septiembre pasado de las primeras informaciones sobre esta granja de fake news, llevó a uno de sus promotores a comunicarse con sus pares y trasladarles sus miedos. “Hemos tenido una pequeña crisis aquí, el FBI ha reventado nuestra actividad, así que estamos borrando huellas”, escribió.

La acusación presentada por el equipo de Mueller incluye ocho cargos. El de conspiración para engañar a Estados Unidos alcanza a todos los imputados. Pero también hay por fraude bancario (tres), así como robo y suplantación de identidad (ocho). Ningún ciudadano estadounidense ha sido señalado.

Es la primera vez que la investigación de la trama rusa apunta directamente a ciudadanos rusos. El escrito de acusación, sin embargo, no traza ningún vínculo directo con el Kremlin ni tampoco con el equipo electoral de Trump. Un elemento que fue utilizado por el presidente. “Rusia empezó su campaña en 2014, antes de que yo anunciará que competía para la presidencia. Los resultados de las elecciones no se vieron afectados. La campaña de Trump no hizo nada. No hay colusión”, tuiteó el presidente.

Hasta ahora, se habían hecho públicas cuatro imputaciones vinculadas a la trama rusa y todas eran de personas relacionadas con Trump: su exconsejero de seguridad Michael Flynn, su jefe de campaña Paul Manafort, el empresario Rick Gates y el asesor electoral George Papadopoulos. Este último incluso trató de concertar una cita entre Trump y el presidente ruso, Vladímir Putin.

 

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