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Trump usa el atentado de Nueva York para atacar a los migrantes

El presidente se sirve del caso del terrorista detenido para pedir el fin del reagrupamiento familiar y clamar por un endurecimiento legislativo. "Entra demasiada gente peligrosa", dice

Donald Trump, el lunes en la Casa Blanca. En vídeo, declaraciones de la portavoz de la Casa Blanca.

Nada hicieron, pero son los culpables. Donald Trump volvió a mostrar este lunes su rechazo al migrante. Poco después de haber prometido a sus ciudadanos volver a la Luna, el presidente de Estados Unidos tomó en sus manos el terror desatado por el frustrado ataque suicida al metro de Nueva York, lo expandió bien por el país y, a cuenta de que el autor es un migrante con residencia legal, pidió públicamente un endurecimiento de las leyes de extranjería y el fin de la reagrupación familiar, una vía que ha permitido entrar a EEUU a 20 millones de personas desde 1981. La diatriba culminó con la petición de la pena de muerte para los terroristas. Todo en un mismo saco.

En el discurso de Trump apenas caben los matices. No distingue y no quiere distinguir. Las andanadas generales contra el sistema migratorio heredado de Barack Obama, un presidente que deportó casi tres millones de personas, siempre son bienvenidas por el núcleo duro de su electorado. Y Trump, obsesionado con una posible reelección, no deja pasar oportunidad para sacar provecho.

Esta vez le sirvió de pretexto el caso de Akayed Ullah, el bangladesí de 27 años, detenido por el atentado de Nueva York. No importó que el ataque acabase sin víctimas mortales o que el único herido grave fuese el propio autor. Tampoco que la investigación estuviese en sus albores y no se conociese la vida del sospechoso. Bastó que el Departamento de Seguridad Interior determinase que Ullah había ingresado legalmente en 2011 por la vía del reagrupamiento familiar para que empezase el tiroteo.

“El intento de asesinato masivo en Nueva York, el segundo en la ciudad en dos meses, nos alumbra otra vez sobre la necesidad de poner en marcha reformas legislativas que protejan al pueblo americano. Primero y ante todo, como llevo diciendo desde que anuncié mi candidatura presidencial, América tiene que arreglar un sistema migratorio laxo que permite a demasiada gente peligrosa entrar a nuestro país. El sospechoso del atentado accedió a nuestra patria a través del reagrupamiento familiar, algo incompatible con la seguridad nacional”, clamó en un comunicado.

A partir de esta constatación, el presidente estalló. Sin pararse a distinguir entre inocentes y culpables, pidió al Congreso que prohíba el reagrupamiento familiar, que respalde sus propuestas de “mejora de la seguridad nacional” (entre ellas, la expulsión exprés de prácticamente cualquier indocumentado), y que otorgue presupuestos para incrementar las fuerzas dedicadas a la vigilancia y detención de los migrantes.“El terrible daño que este sistema defectuoso inflige a la economía y seguridad americanas es demasiado evidente”, afirmó Trump, “y estoy determinado a mejorarlo para poner a nuestro país y nuestro pueblo primero”.

América Primero. El gran lema de Trump. El aislacionismo pero también el rechazo a lo extranjero. El presidente de un país con 43 millones de habitantes de origen migrante (15% la población), nunca ha querido gobernar para todos. Y su ejecutoria así lo demuestra. En apenas 11 meses de mandato, ha puesto fin al programa de protección de los dreamers (indocumentados que llegaron siendo menores y están plenamente integrados), ha rebajado la cifra de refugiados de 110.000 a 45.000 al año y ha autorizado un proyecto legislativo para recortar de un millón a medio millón la concesión anual de green cards (permisos de residencia y empleo).

Cumpliendo con disciplina estricta sus promesas electorales, ha apretado las tuercas donde ha podido. Secundado por su jefe de gabinete, el general John Kelly, ha iniciado la persecución judicial y financiera de las grandes ciudades que se resisten a aplicar sus medidas indiscriminadas contra los emigrantes, entre ellas Los Ángeles, Chicago o Nueva York, y ha ordenado la contratación de 15.000 agentes fronteras. No le ha frenado que desde hace cinco años el saldo migratorio con México ya sea negativo (vuelven más mexicanos a su país que entran en EEUU) o que los cruces ilegales con la frontera sur hayan descendido casi un 50%. Para Trump, el enemigo es la migración y la metáfora para explicarlo, el muro.

Es una narrativa de la que participa su gabinete. Sus exabruptos contra los migrantes carecen de contestación interna. Por el contrario, son jaleados con fervor por los halcones. El fiscal general, Jeff Sessions, es uno de ellos. “Hemos sufrido en dos meses en Nueva York dos ataques terroristas llevados a cabo por personas que vinieron aquí como resultado de nuestras fracasadas políticas de inmigración, de unas normas que no sirven al interés nacional”, afirmó Sessions.

Un paso más dio la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders. “El presidente ha llamado a poner fin al reagrupamiento familiar. Si esto se hubiera hecho antes, habríamos evitado que estos individuos [los terroristas] hubieran venido a Estados Unidos”, afirmó. Tampoco en el Partido Republicano hubo contestación. La rentabilidad electoral es muy alta.

Romper familias para recortar gastos

Donald Trump ha situado el reagrupamiento familiar como gran objetivo a batir. Esta modalidad de inmigración es considerada la principal vía de entrada legal de extranjeros a Estados Unidos. Los think tanks conservadores subrayan que de los 33 millones de inmigrantes admitidos en el país desde 1981, unos 20 millones (61%) llegaron gracias al reagrupamiento. Una modalidad por la que se incorporan de media unos tres familiares por inmigrante aceptado. Cifra que se eleva hasta seis en el caso de los mexicanos.

Para Trump y sus aliados se trata de un torrente humano que no sirve a los intereses patrios, sino a los del inmigrante. “Aquellos extranjeros con habilidades y valores que podrían ayudar a los objetivos de los Estados Unidos quedan fuera en favor de familiares que no tienen nada que aportar”, señala la poderosa Federación para la Reforma de la Inmigración Americana. O dicho en el letal lenguaje burocrático de la Casa Blanca: solo 1 de cada 15 llega por sus cualificaciones profesionales; el resto son de baja preparación.

Bajo esta perspectiva, el presidente ha apadrinado una reforma que limita el reagrupamiento básicamente a cónyuges, mayores dependientes e hijos menores. Y que promociona lo que define como mérito: buen inglés, alta capacitación profesional, solvencia financiera y oferta de trabajo. Un sistema de puntos que permitiría a la Administración filtrar las entradas en función de criterios económicos.

Trump insiste en que con esta medida se acabaría con la presión a la baja que sufren los salarios y también que se reduciría el gasto que supone tener que ocuparse de una población pobre. “Se evitará tener que dar ayudas sociales a nuevos inmigrantes y también que los trabajadores americanos se vean desplazados por extranjeros”, ha dicho.

Es un buen anzuelo para sus votantes y una oferta ideológicamente sabrosa para sus aliados más xenófobos. “Reduciría el número de foráneos y aseguraría que se acepta a aquellos capaces de cumplir con las prioridades culturales y económicas de EEUU”, afirma la Federación para la Reforma de la Inmigración. Ese es el objetivo de Trump.