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François Ruffin, el reverso izquierdista de Emmanuel Macron

La estrella de la oposición al presidente francés creció en su misma ciudad y en la misma escuela

El diputado Francois Ruffin (i) y el presidente Emmanuel Macron, en una fábrica de Amiens a principios de octubre.
El diputado Francois Ruffin (i) y el presidente Emmanuel Macron, en una fábrica de Amiens a principios de octubre. AFP

Ambos pertenecen a la misma generación: nacieron en los setenta, con dos años de diferencia. Crecieron en la misma ciudad, la provinciana Amiens, en el norte de Francia, y estudiaron en la misma escuela privada, los jesuitas de La Providence. Se parecen, quién sabe si por influencia jesuítica, en la habilidad dialéctica y en la pasión por la cosa pública.

Aquí termina las semejanzas entre el diputado François Ruffin (Calais, 1975), estrella emergente de la oposición de izquierdas en Francia, y Emmanuel Macron (Amiens, 1977), cuyas reformas económicas le han convertido, para muchos franceses, en “el presidente de los ricos”.

“En el temperamento tanto él como yo somos jugadores: me gusta boxear con él, y pienso que es recíproco”, dice Ruffin. “En las ideas, en el terreno económico y social, es evidente que nos encontramos en las antípodas”.

Ruffin, el anti-Macron, o mejor dicho, el otro Macron: lo que Macron hubiese podido ser si hubiese tomado otros caminos. Si acaso no hubiese abandonado Amiens siendo adolescente para estudiar en París. Si en vez de ingresar en el cuerpo de altos funcionarios del Estado se hubiera dedicado al periodismo como Ruffin. Si no se hubiese hecho millonario trabajando en la banca de inversión y en su lugar hubiese dirigido un combativo documental de éxito (Merci, patron!) para denunciar a los patrones multimillonarios, como hizo Ruffin, una especie de Michael Moore francés.

Si todas estas condiciones se hubiesen dado, quizá Macron sería Ruffin, y Ruffin, Macron. Pero Macron reside en el Palacio del Elíseo y Ruffin recibe hoy a los tres periodistas en la cocina de su casa en un barrio popular de Amiens. Adscrito al grupo parlamentario de La Francia Insumisa del exsocialista Jean-Luc Mélenchon, Ruffin es, con el permiso de su jefe, Mélenchon, una de las voces más influyentes, y más polarizadoras, en la izquierda francesa.

Ruffin no es un político natural que se sienta cómodo abrazando bebés en mercados o cayendo simpático a las multitudes. Habla sin argumentarios prefabricados y se mueve sin consejeros de imagen, pero tiene las ideas claras y las expone sin rodeos.

Acusa a Macron de ser un presidente sin contacto con el terreno. En francés usa la palabra hors-sol, que suena a apátrida o a offshore, como las cuentas en paraísos fiscales.

“¿Cuándo, en toda su trayectoria, ha tenido un arraigo, un vínculo con el pueblo? No lo hay”, dice Ruffin. Y señala a una evidencia: cuando unos días antes Macron visitó Amiens, no salieron multitudes a la calle. ¡Y era su ciudad! El presidente regresaba a su patria chica y no era motivo de aclamación popular. Según Ruffin, Macron es y no es de Amiens. Pertenece a otro mundo, en su opinión, el de París y la alta política y las altas finanzas: el de las élites que han perdido todo contacto con la sufrida clase media.

“No nos engañó”, añade en otro momento. No es un elogio. “Nos dijo que haría una política para los ricos, y hace una política para los ricos”. Se refiere a medidas como la supresión de empleos subvencionados por el Estado, a la reforma laboral, o a las rebajas de impuestos para las empresas o a la supresión parcial del impuesto sobre la fortuna.

El problema de Ruffin y su partido es la escasa capacidad para hacer descarrilar el programa de Macron. En la Asamblea Nacional, el partido de Macron, La República en marcha, tiene 314 de 577 diputados, y La Francia Insumisa, el de Ruffin, 17. Una mayoría presidencial apabullante y disciplinada, de un lado: los proyectos de ley se conciben en el Elíseo, la sede presidencial. Y, de otro, una oposición casi residual que fuerza a diputados como Mélenchon o Ruffin a usar el Parlamento no como un órgano legislativo sino como altavoz para sus reivindicaciones.

“En la medida que el poder legislativo no está en el Parlamento, lo que queda es usarlo como tribuna”, dice. “Y hay que usarlo plenamente, con una especie de doble público: los pares en la Asamblea Nacional, a quien hablamos en teoría, pero en la práctica hablamos al pueblo”.

Ruffin combina el empirismo en su aproximación a los problemas —la voluntad, quizá derivada de su experiencia periodística, de escuchar a los votantes, de basar su trabajo con datos e informes— con una retórica revolucionaria.

“[El intelectual] Emmanuel Todd habla del divorcio sociológico de los dos corazones de la izquierda. En síntesis, los ‘profes’ y los ‘prolos’. Los educados y los obreros” , dice. "Pero hay un segundo divorcio en el interior de las clases populares entre los barrios del extrarradio de origen inmigrante, y la Francia rural: la Franca periférica. Si queremos contrarrestar a la élite, hay que eliminar esta doble fractura, necesitamos un bloque potente. Lenin decía que una situación prerrevolucionaria estalla cuando los de arriba ya no pueden más, los de abajo ya no quieren más, y los del medio se inclinan hacia los de abajo”.

Una de las batallas de Ruffin es evitar precisamente que la clase obrera caiga en manos de la extrema derecha del Frente Nacional de Marine Le Pen; persuadir a los desempleados que su enemigo no son los inmigrantes sino las multinacionales que cierran las fábricas. En la segunda de las elecciones presidenciales, el pasado mayo, que enfrentaron a Macron y a Le Pen, anunció su voto por Macron.

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