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Trump pone en la cuerda floja a su fiscal general con nuevas descalificaciones

El presidente se declara "muy decepcionado" con Jeff Sessions. "Veremos que pasa, el tiempo dirá", afirma

El fiscal general de Estados Unidos, Jeff Sessions, ante el Comité de Inteligencia del Senado. Foto: EFE

No importa quién caiga. Donald Trump quiere recuperar el control de la investigación de la trama rusa y para ello ha puesto en el disparadero a su propio fiscal general, Jeff Sessions. En una maniobra insólita, pero bien calculada, el presidente y sus portavoces no dejan de descalificar desde hace una semana al hombre que, tras recusarse del caso, cayó en desgracia. La presión es máxima y el futuro del responsable del Departamento de Justicia pende de un hilo. "Estoy muy decepcionado con el fiscal general. Veremos qué pasa. El tiempo dirá", sentenció el presidente.

Los protagonistas de la trama rusa van cayendo uno tras otro. Primero fue el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn. Tras 24 días en el cargo, tuvo que tirar la toalla al destaparse que había mentido sobre sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, Sergéi Kislyak. Luego le ha tocado a este último. Este sábado, tras nueve años de destino, fue retirado del escenario por Vladímir Putin. Y ahora todas las flechas apuntan a Sessions.

El martes por la mañana, Trump dejó claro su desapego en una serie de tuits. En esta ocasión fue por la actitud del fiscal ante el caso de los correos electrónicos de Hillary Clinton y las filtraciones de los servicios de inteligencia. El presidente calificó de “muy débil” la posición de Sessions, al tiempo que se quejaba de que no hubiese investigado los supuestos “esfuerzos ucranios” para sabotear su campaña electoral. Por la tarde, en conferencia de prensa, se declaró "muy decepcionado" con Sessions. "No tendría que haberse recusado, y cuando lo fue a hacer, me lo tendría que haber dicho previamente y yo habría elegido a otro para el puesto”, afirmó el presidente, repitiendo el argumento dado el miércoles pasado en una entrevista con The New York Times.

La reprimenda pública dio nuevos bríos a las especulaciones sobre su destitución. Desde hace una semana apenas hay día que pase sin que al fiscal no le llegue una andanada de la Casa Blanca. El lunes el presidente tuiteó que Sessions vivía “asediado”. Y el fin de semana, rompiendo su promesa de no tocar a su rival demócrata, se quejó de que no se investigase con el mismo ahínco los correos de Clinton que la trama rusa.

Ante este fuego amigo, Sessions ha mantenido un estoico segundo plano. Cuando hace dos meses emergieron las primeras desavenencias, se supo que había ofrecido su dimisión y que Trump la había rechazado. Pero en aquel momento, el pulso era soterrado. Ahora, es público y creciente, hasta el punto de que los medios estadounidenses ya barajan nombres de sustitutos como el antiguo fiscal y alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, quien para enredar aún más la madeja ha defendido que Sessions se recusase.

El fiscal general se inhibió del caso en marzo cuando se descubrió que en sus audiencias de confirmación había ocultado al Senado dos encuentros con el embajador ruso. La ola de críticas, incluidas las republicanas, alcanzó tal virulencia que, como responsable del Departamento de Justicia y del FBI, optó por recusarse para evitar la contaminación de las investigaciones en curso.

Las competencias fueron asumidas por su adjunto Rod Rosenstein, un funcionario de mínimo perfil político que, tras la abrupta destitución del director del FBI, decidió delegar la investigación de la trama rusa en un fiscal especial. La medida, destinada a blindar el caso de la injerencia presidencial, fue adoptada sin consultar a la Casa Blanca.

El puesto recayó además en Robert Mueller, una de las leyendas vivas del FBI, agencia que dirigió tanto con George W. Bush como con Barack Obama. Bajo su mando, la investigación ha ido ensanchando el campo de acción. Si en un origen las pesquisas se centraban en la posible connivencia del entorno de Trump con el Kremlin en la campaña desatada contra Clinton durante las elecciones, ahora han entrado a cuerpo entero en el perímetro financiero del presidente y su entorno.

Con el caso fuera de control, el nerviosismo de la Casa Blanca ha ido en aumento. Sin atreverse a dar el paso de la destitución, que implicaría un enorme escándalo político, Trump ha empezado a librar una guerra de desgaste con su fiscal general. A los ataques del presidente se han sumado los portavoces que no dejan de repetir la desilusión que siente el mandatario con quien fuera su amigo y seguidor de primera hora. Sessions está en la cuerda floja.