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El caos del fútbol, un fantasma para no olvidar que nada es fácil en Argentina

El torneo no arranca en medio de una batalla entre políticos, sindicalistas, showman

Mientras el resto del planeta discute si el mejor futbolista de todos los tiempos fue Di Stefano, Maradona o es Messi –de Pelé ya no se habla tanto- la tierra donde nacieron los tres es incapaz de organizar el torneo local. El fútbol argentino lleva más de un mes de retraso por una guerra interna de todos contra todos que implica a políticos, sindicalistas, estrellas de la televisión, empresarios, jueces, fiscales, y casi cualquiera que mande un poco en Argentina. Porque sin el fútbol parece imposible llegar a nada en este país. Basta un dato: el presidente viene de ahí y las reuniones clave se producen en la sede de Camioneros, el sindicato más poderoso del país, mientras la AFA, la federación de fútbol, nido de corrupción y caos, está sin presidente, intervenida judicialmente. El fútbol como quintaesencia de Argentina, con una selección que es un brillante conjunto de individualidades a la que le cuesta jugar en equipo.

El Gobierno de Mauricio Macri, un hombre que debe su éxito político al fútbol, que le hizo popular como presidente de Boca Juniors, insiste en que Argentina ya cambió. “Necesitamos creer que somos la generación que vino a cambiar la historia”, les dijo el miércoles a los diputados, como si necesitara convencerles de algo que ni siquiera ellos mismos acaban de ver. Pero el fútbol, el origen y final de casi todo en Argentina, está ahí cada día para recordarle que algunas cosas no solo no mejoran, empeoran.

El presidente, el sindicalista más poderoso y líder de Camioneros, Hugo Moyano, el conductor estrella de la televisión, Marcelo Tinelli, y decenas de satélites de todos los sectores se disputan el poder del fútbol argentino. Después de la experiencia de un presidente que viene de ahí, todos creen que controlar el fútbol es dominar Argentina. Y el resultado de esa guerra a muerte es que nadie parece controlar nada.

Todo empezó en diciembre de 2015. Votaban 75 directivos de la AFA encerrados en una sala. Dos candidatos: Tinelli y Segura. Al abrir las urnas llegó la magia argentina: empate a 38, 76 votos, uno más de los presentes. Desde entonces nadie ha podido resolver el caos.

Los futbolistas argentinos son la clave del mercado mundial. Di María, Higuaín, Tévez y Messi rompen récords cada mes: el fichaje más caro, el mejor pagado, el más premiado. Pero todo sucede fuera de la tierra donde aprendieron a jugar, de los potreros donde cada día millones de niños renuevan la leyenda. Porque en su casa, a la que estos astros vuelven solo de vacaciones –Tévez volvió a Boca pero aguantó poco más de un año antes de irse a China- los jugadores no cobran. Y ni siquiera creen en las promesas. Quieren ver el dinero en sus cuentas antes de empezar a jugar. Nadie se fía de nadie en el fútbol argentino.

En Argentina empieza a instalarse la idea de que si Macri no consigue arreglar el problema del fútbol, que es el mundo que mejor conoce, no podrá tampoco con otros. Él ya no disimula: "El fútbol está en una crisis terminal y sus dirigentes buscan atajos”, se lanza. Hasta ahora, el problema siempre se resolvió con dinero público. Pero Macri ya no quiere poner más. Ha entregado 350 millones de pesos (22,5 millones de dólares) y con eso tienen que arreglarse. Pero no basta, porque son muchos a repartir –en uno de los múltiples apaños para seguir adelante, se pasó a un campeonato inviable de 30 equipos, 10 más que en España- y casi todos están quebrados.

Nadie sabe dónde fueron a parar las toneladas de dinero público -140 millones de dólares anuales- que llegaron a los clubes en los últimos años. Lo único seguro es que cualquier solución será parcial. El fútbol argentino llena el planeta de estrellas, pero en casa no funciona. Si no lo arregla, será difícil que alguien le crea a Macri cuando dice que esta vez es diferente.