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Grace Mugabe ya ensombrece al ‘camarada Bob’

La mujer del nonagenario presidente de Zimbabue se perfila para la sucesión en el pobre país africano

El presidente Mugabe asiste junto a su mujer, Grace, a uno de los actos por su 92 cumpleaños.
El presidente Mugabe asiste junto a su mujer, Grace, a uno de los actos por su 92 cumpleaños. AP

A Grace Mugabe, de 51 años, le deben pitar los oídos. Aunque ella lo niega por activa y por pasiva, la segunda esposa del nonagenario Robert Mugabe, más conocida por sus derroches y su vida de lujo, diamantes y excesos que por su capacidad política, está últimamente en boca de todos como posible relevo de su marido en la Presidencia de Zimbabue. Hace tan solo unos días, el camarada Bob, como se conoce al mandatario, la calificó de “formidable fuerza política”, volviéndola a situar en el epicentro de la tormenta sucesoria de un país que sufre una grave crisis económica y un aumento de la contestación social en la calle.

Ocurrió el pasado 25 de febrero. Decenas de miles de estudiantes venidos en cientos de autobuses desde todos los rincones del país ocupaban las verdes colinas de Matopos, mientras las delegaciones extranjeras se comían las 150 vacas servidas como almuerzo en unas enormes tiendas de campaña blancas adornadas con carteles, pancartas y telas con el rostro del líder. Como cada año, la celebración por todo lo alto del cumpleaños de Robert Mugabe, el histórico luchador contra la dominación blanca y en la actualidad presidente más longevo del mundo, en el poder desde 1980, no dejaba indiferente a nadie.

Sin embargo, pocos días después del festejo, el líder zimbabuense partía rumbo a Singapur para un nuevo chequeo médico. A sus 93 años y oficialmente candidato para las elecciones del año que viene, su salud ya no es la que era. Sus otrora vigorosos discursos los lee hoy a trompicones, apenas con un hilo de voz, y sus olvidos constantes y su paso cansino no auguran nada bueno. De hecho, dicen que es Grace quien gestiona los asuntos de Estado y se ocupa de ciertas decisiones. Mientras el partido en el poder se desangra en luchas intestinas, el propio presidente colma de elogios y responsabilidades a la primera dama, en lo que se interpreta como una maniobra dinástica.

Nacida en Sudáfrica en 1965 y casada con un piloto militar, su ascenso al poder comienza cuando fue nombrada secretaria de Mugabe, convirtiéndose también en su amante pese a una diferencia de edad de 41 años. Desde su matrimonio en 1996 (tienen tres hijos) ha destacado por su gusto por el lujo. Apodada por sus detractores Disgrace (Desgracia) o Gucci Grace, son famosos sus viajes de compras a París, Londres o Hong Kong, en cuyas tiendas gasta decenas de miles de euros sin reparo mientras su país está sumido en la pobreza. “¿Acaso es delito ir de compras?”, replicó a sus críticos en una ocasión.

Hace unos años se vio envuelta en una agria polémica tras la filtración por parte de Wikileaks de un cable diplomático estadounidense que la relacionaba con la explotación ilegal de diamantes y a principios de 2015 la prensa local reveló que había comprado una piedra preciosa por valor de 1,3 millones de euros como regalo para su marido. Además de su fortuna personal, es propietaria de una granja y ha supervisado la construcción de dos palacios para su familia: el primero, un extravagante complejo apodado Gracelands por los zimbabuenses, que fue luego vendido a Gadafi; el segundo, construido con un coste de 26 millones de dólares. Asimismo, tiene propiedades en Malasia, Hong Kong y unos 1.000 millones de dólares invertidos en el extranjero.

Sin embargo, hasta 2014, cuando fue designada presidenta de la Liga de Mujeres del partido en el poder, apenas había mostrado ambiciones políticas. Desde entonces, a medida que la salud de Mugabe se ha ido deteriorando, ella ha limpiado de obstáculos su camino a la gloria, como cuando hizo caer en desgracia a la vicepresidenta Joice Mujuru. Con el respaldo de los jefes tradicionales del país y el beneplácito de su marido, a Grace le faltaba tan solo una acreditación académica. Dicho y hecho. En septiembre pasado, la Universidad de Harare le otorgó el título de doctora en Filosofía dos meses después de matricularse. Hasta ahora, nadie ha sido capaz de encontrar su tesis o al menos un trabajo fin de carrera.

Ella no se cansa de negarlo y ha llegado a afirmar que los zimbabuenses votarían por Mugabe “incluso si se presenta su cadáver a las elecciones”, pero todo apunta a que el viejo Bob está preparando a su esposa para el relevo. Mientras el vodevil palaciego continúa, Zimbabue atraviesa tiempos de crisis. Decenas de miles de personas están en riesgo de sufrir hambre debido a una nefasta combinación de malas cosechas, pésima gestión económica y una corrupción sistémica. Fruto de todo ello, las manifestaciones en la calle y la violenta represión ya no son algo extraño, un contexto en el que el despilfarro de los Mugabe y el fulgurante ascenso de la inexperta Grace son algo peor que el delirio del ocaso de un dictador.