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La lucha contra la desigualdad y el ISIS marcarán la presidencia de Donald Trump

La agenda internacional condicionará al nuevo comandante en jefe de EE UU

Un votante ejerce su derecho al voto en una lavandería, en Chicago (EE UU)
Un votante ejerce su derecho al voto en una lavandería, en Chicago (EE UU) Reuters

Donald Trump, el presidente electo de Estados Unidos, afrontará a partir del 20 de enero, cuando asuma el cargo, una amalgama de retos inaplazables. El próximo inquilino del Despacho Oval tiene ante sí un tablero geopolítico en el que Washington busca afianzar su influencia como primera potencia mundial. Y en su propio país, debe dar respuesta a una sociedad inquieta por la erosión de la clase media, la polarización política y que está en plena transformación demográfica ante el retroceso de la raza blanca como colectivo hegemónico.

Pero la victoria de Trump adentra a EE UU y al mundo en territorio desconocido. Como candidato, el republicano ha prometido romper con dogmas internacionales, como la defensa del libre comercio, la cláusula de defensa colectiva de la OTAN o la no proliferación nuclear en Asia.

“Nos relacionaremos de forma justa con todo el mundo, buscaremos terrenos en común y no hostilidad, alianza y no conflicto”, dijo un Trump conciliador en su discurso de victoria.

A nivel nacional, el republicano prometió en campaña medidas controvertidas de difícil aplicación y que chocan con los valores estadounidenses, como la prohibición a la entrada de musulmanes extranjeros o expulsar a todos los inmigrantes indocumentados.

Washington entra oficialmente este miércoles en una fase de transición. Tras semanas de contactos informales, el Gobierno saliente empieza a trabajar con el entorno del Ejecutivo entrante para preparar el traspaso de poder. Al margen de sus propias prioridades, el nuevo comandante en jefe hereda de los ocho años de presidencia del demócrata Barack Obama una carpeta de asuntos que marcarán el inicio de su mandato.

En la arena internacional, deberá abordar el papel de EE UU en la guerra contra el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) en Irak y Siria, la tensión con Rusia por sus ansias expansionistas o el auge de una China más ambiciosa regionalmente.

Trump no ha escondido su simpatía con el presidente ruso, Vladímir Putin, y ha prometido reforzar la lucha militar contra el ISIS. Pero, a la vez, ha formulado una doctrina exterior aislacionista, alejándose del principio de que Washington debe ser el policía del mundo o actuar bajo un faro moral.

Los desafíos de la Unión Europea ante el Brexit, cuyo resultado Trump elogió, y la ola de refugiados también serán una prioridad. “Deberá tejer alianzas bilaterales potentes con Francia, Alemania e Italia si quiere avanzar en sus objetivos ante la visible incapacidad de las instituciones europeas de ofrecer soluciones efectivas a estos retos”, considera Carles Castelló-Catchot, jefe de gabinete del Centro Brent Scowcroft del Atlantic Council, un laboratorio de ideas en Washington. El experto advierte de la creciente “irrelevancia” de Europa como “socio prioritario” de EE UU.

“El mundo es diferente que en 2009 y 2013. Tendrá que tener en cuenta qué está pasando en el mundo y cómo impacta a la política y los intereses estadounidenses”, sostiene P. J. Crowley, que fue asesor en asuntos de seguridad nacional del presidente Bill Clinton y portavoz de la candidata demócrata Hillary Clinton cuando fue secretaria de Estado en el primer mandato de Obama. “Tendrá que evaluar qué tipo de mandato ha recibido en las elecciones. El pueblo americano considera importante la lucha contra el Estado Islámico”, matiza.

EE UU cuenta con unos 5.000 asesores militares en Irak y unos 300 en Siria en la campaña contra el ISIS. El nuevo presidente deberá decidir si amplía ese contingente y refuerza la campaña aérea, iniciada en agosto de 2014. Otra prioridad es decidir el futuro del presidente sirio, Bachar el Asad, y su papel en la resolución del laberinto sirio tras más de cinco años de sangrienta guerra civil. Washington sigue pidiendo oficialmente la salida de El Asad, pero en los últimos meses ha rebajado la urgencia, consciente de que su prioridad es la derrota del yihadismo. El presidente sirio es un aliado de Moscú, que ha elogiado a Trump.

Auge del populismo

En el terreno nacional, Trump heredará un país más dividido tras su pugna con Clinton. Los ataques feroces entre ambos hacen difícil de presagiar el fin de la polarización política y el bloqueo en el Congreso que ha marcado los años de presidencia de Obama. “Tendremos qué descubrir el por qué”, dijo el lunes, la víspera electoral, en un mitin en Fairfax (Virginia), el vicepresidente saliente, Joe Biden, sobre el recelo al establishment político entre muchos votantes. “Hay mucha gente que se siente abandonada”, agregó.

El auge del populismo de Trump y también del senador Bernie Sanders, que perdió las primarias demócratas ante Clinton, ha evidenciado la creciente brecha entre una parte de la sociedad estadounidense y su clase política. Igual que otros países desarrollados, la salida de la crisis económica no se percibe del mismo modo en el bolsillo de todos los ciudadanos. La creciente desigualdad de ingresos en EE UU no desaparecerá antes del 20 de enero.

Tampoco lo hará el debate racial sobre el trato de la policía con la comunidad afroamericana. Obama, como primer presidente negro, no ha logrado sanarlo. El nuevo mandatario deberá dar respuesta también al desafío migratorio en un país cada vez más latino. Y a preocupaciones monetarias del día a día del ciudadano, como el creciente coste de la sanidad y de las matrículas universitarias.

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