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Obama alerta en la ONU del peligro de los populistas que construyen muros

El presidente ofrece ante la Asamblea General una mayor integración ante el repliegue y la división

En su último discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente Barack Obama defendió este martes la integración internacional como antídoto ante las fuerzas del repliegue y la división. Hablaba de su país y del resto del mundo. De los populistas a ambas orillas del Atlántico. De los políticos con pulsiones autoritarias. Obama no citó a Donald Trump, el magnate neoyorquino que aspira a sucederle. No era necesario. Su mensaje fue claro. Uno, Trump no representa las mejores tradiciones de EE UU. Y dos, el fenómeno no es exclusivamente estadounidense.

Barack Obama en su último discurso ante la Asamblea General de la ONU

"Hoy una nación cercada por muros sólo se encarcelaría a sí misma”, dijo Obama en una de las múltiples referencias veladas a Trump y a su proyecto estrella, la construcción de un muro en la frontera entre EE UU y México.

Era la última ocasión de Obama para dirigirse al foro que, una vez al año, congrega a los líderes los miembros de la ONU. Sus palabras tenían varias lecturas. Eran una exposición de su visión de las relaciones internacionales, basada en el multilateralismo y en la defensa de la democracia liberal, aunque renunciando a su imposición por la fuerza. También una reivindicación de los beneficios de la globalización, mezclada con la defensa de que esta requiere correctivos, en forma de una reducción de las desigualdades y una mejor gobernanza.

"No podemos despreciar estas visiones", dijo Obama sobre el repliegue nacionalista y populista. "Son poderesos. Reflejan una insatisfacción entre demasiados de nuestros ciudadanos".

Finalmente, el discurso puede leerse como un discurso electoral. El 8 de noviembre EE UU elegirá al próximo presidente, y la posibilidad de que en un año sea el republicano Trump quien suba al augusto podio en la Asamblea General causa inquietud en muchas capitales. Pocas veces, en años recientes, las denuncias de un presidente de EE UU sobre los peligros que acechan a la democracia y la convivencia internacional se había aplicado con tanta exactitud a rivales del presidente tanto extranjeros como autóctonos.

Cuando Obama defendió el libre comercio y la cooperación internacional, a nadie escapó que pensaba en el proteccionismo y el nacionalismo de Trump. En el pasado, las menciones de Obama al peligro del autoritarismo y los hombres fuertes quizá se habrían interpretado como una alusión al presidente ruso Vladímir Putin. Esta vez, además de Putin, era inevitable pensar en Trump, que se recrea en la retórica autoritaria ("Sólo yo puedo arreglarlo", dice sobre los problemas de EE UU) y exhibe su admiración por Putin.

Otro ejemplo. Cuando Obama denunció "el fundamentalismo religioso, la política de la etnia, la tribu o la secta, el nacionalismo agresivo, el populismo vulgar, a veces de la extrema izquierda pero, con más frecuencia, de la extrema derecha, que intenta recuperar lo que ellos creen que fue una era mejor, más simple, libre de contaminaciones", el mensaje se entendió. Porque aquí caben el Estado Islámico, la Rusia de Putin y Trump, cuyo eslogan es "hacer América grande de nuevo". Entre sus propuestas de campaña figura el veto a la entrada de musulmanes a EE UU y la expulsión de millones de inmigrantes indocumentados.

"Debemos rechazar todas las formas de fundamentalismo, o racismo o creencia en la superioridad étnica que hacen que nuestra identidades tradicionales sean irreconciliables con la modernidad", dijo Obama. "En su lugar, debemos abrazar la tolerancia que resulta del respeto de todos los seres humanos".

En su despedida, Obama exhibió su versión más internacionalista y al mismo tiempo la más estadounidense. Quiso explicar al mundo que EE UU no es Trump, o no sólo Trump, sino todo lo contrario: un país de inmigrantes y refugiados, una democracia que genéticamente rechaza a los hombres fuertes, una nación abierta al mundo con valores universales.

Los países prometen acoger el doble de refugiados

Lucía Leal (Efe)

Estados Unidos aseguró este martes que decenas de países se han comprometido a acoger este año a más de 360.000 refugiados, casi el doble que en 2015, y a proporcionar más oportunidades laborales y sociales a las personas desplazadas para paliar esa grave crisis humanitaria.

La cumbre sobre refugiados encabezada por el presidente de EE.UU., Barack Obama, en la que participaron 52 países y organizaciones, se celebró un día después de que la ONU organizara su propia cita sobre el tema, que se cerró sin compromisos concretos de los países, y había generado por tanto una gran expectación.

"Colectivamente, nuestras naciones están casi duplicando el número de refugiados que admitiremos a nuestros países, hasta más de 360.000 este año", dijo Obama en la Cumbre de Líderes sobre Refugiados, celebrada en la sede de Naciones Unidas.

En su conjunto, los participantes en la cumbre han dedicado 4.500 millones de dólares más este año que el pasado para luchar contra la crisis global de refugiados y han facilitado empleo a un millón más de desplazados que en 2015, según la Casa Blanca.

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