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China da un nuevo paso en su Ruta de la Seda moderna y la lleva a Afganistán

El primer tren que conecta ambos países llegó esta semana a la ciudad afgana de Hairatan

Un tren de mercancías procedente de Yiwu llega en diciembre de 2014 a Madrid.
Un tren de mercancías procedente de Yiwu llega en diciembre de 2014 a Madrid.

La joya de la corona de la política exterior de China es el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, la red de infraestructuras de transporte, energía y comunicaciones que le abrirá nuevas vías hacia el Oeste. Un proyecto todavía vago pero que acaba de dar un importante paso adelante con la llegada a destino del primer tren de mercancías que conectará este país con Afganistán.

El tren había partido 15 días antes de la ciudad costera china de Nantong, con 84 contenedores. Tras atravesar la región china de Xinjiang y Kazajistán, entre otros, entró el miércoles 7 en Afganistán por la ciudad de Hairatan, en la frontera afgana con Uzbekistán. Para ello había cruzado el puente de la Amistad, que Rusia construyera en 1985 para transportar tropas durante la guerra y que ha sido un tramo importante en la vía militar de suministros a las tropas aliadas en la lucha contra los talibanes.

Para Afganistán, representa la apertura de una nueva ruta terrestre para recibir y exportar mercancías. Una ruta que, espera Kabul, pueda ser una auténtica alternativa a la principal vía existente hasta ahora, a través del puerto marítimo pakistaní de Gwadar.

En el caso chino, representa una pieza más en el proyecto que oficialmente se denomina Yidaiyilu (Un cinturón, una carretera) u OBOR, por sus siglas en inglés (One Belt, One Road) y que el presidente chino, Xi Jinping, planteó por primera vez en 2013. La iniciativa, en la que se incluye la ruta Madrid-Yiwu -la más larga del mundo-, busca, según Pekín, fomentar el desarrollo y la integración económica. También abrir nuevos mercados y ampliar su influencia global. El fondo Ruta de la Seda, que el Gobierno chino dotó con 40.000 millones de dólares (35.600 millones de euros) hace dos años, ya ha financiado proyectos como una presa en Pakistán.

Con esta ruta, en concreto, China aspira a estrechar sus lazos con Afganistán, un país con el que comparte frontera, y a contribuir a la estabilización económica y política del país, una tarea que ha cobrado mayor prioridad para Pekín con la marcha de las fuerzas de la OTAN.

La normalización afgana contribuiría a proteger el Corredor Económico China-Pakistán, un proyecto estratégico -y también parte de la propia OBOR- valorado en unos 45.000 millones de dólares que comunicaría la frontera entre ambos países con el puerto de Gwadar, a través de algunas de las zonas más inhóspitas e inestables de Pakistán.

También aumentaría la seguridad de las rutas terrestres de la OBOR. Y, sobre todo, privaría de un posible refugio a los grupos extremistas islámicos que Pekín cree que operan en Xinjiang, la gran región fronteriza hogar de la minoría uigur, de religión musulmana. Asegurar las fronteras y garantizar la estabilidad de los países vecinos de Asia Central ha adquirido mayor relevancia tras el atentado de hace dos semanas contra la Embajada china en Biskek (Kirguistán). Tres personas murieron en ese ataque suicida, que el gobierno kirguís ha atribuido a militantes uigures.

Ya en agosto, China y Afganistán celebraron su primer diálogo militar estratégico, en el que los representantes chinos subrayaron, según los medios oficiales, que la actividad terrorista internacional ha entrado en “una nueva fase de actividad” que amenaza la estabilidad y la seguridad regional.