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Merkel culmina su ofensiva diplomática proeuropea: 17 líderes en una semana

La canciller visita cuatro países de la UE para reforzar los cimientos tras el 'Brexit'

De izquierda a derecha, los primer ministros de Finlandia, Juha Sipila, y Holanda, Mark Rutte, la canciller Merkel, el jefe de Gobierno sueco Stefan Lofven y su homólogo danés Lasrs Lokke Rasmussen, en el castillo de Meseberg.
De izquierda a derecha, los primer ministros de Finlandia, Juha Sipila, y Holanda, Mark Rutte, la canciller Merkel, el jefe de Gobierno sueco Stefan Lofven y su homólogo danés Lasrs Lokke Rasmussen, en el castillo de Meseberg. REUTERS

Poco antes de que la canciller Angela Merkel iniciará, el lunes pasado, una inédita ofensiva europea que la llevó a cuatro países de la UE, Italia, Estonia, Republica Checa y Polonia, y a reunirse en total con 17 líderes del continente, el portavoz del Gobierno alemán, Steffen Seibert, aclaró ante la prensa el propósito de la gira y también quiso justificar la decisión de la canciller de invitar a Berlín a ocho jefes de Gobierno comunitarios, que cerraron el viernes y sábado, una agitada e inédita semana europea protagonizada por la jefa del gobierno alemán. “La Unión Europea se encuentra, después del voto a favor del Brexit, en una fase en la que todos intentan aportar ideas para el futuro desarrollo de la Unión”, dijo Seibert. “Alemania, como un importante país en el centro de Europa y con un enorme poder político y económico, tiene una gran responsabilidad en este futuro. Se trata de hablar con el mayor número posible de nuestros socios europeos”, añadió.

La apretada agenda de la canciller dejó al desnudo algo más que un simple y necesario intercambio de opiniones. Según comentarios de la prensa alemana, Merkel quiso enviar con su semana europea, una poderosa señal política a sus socios comunitarios: “Europa debe seguir con vida y debe ser cada día más fuerte”, fue la tónica de los comentarios, que dejaron entrever también que la canciller había vuelto a tomar las riendas políticas de la UE.

El encuentro con el presidente de Francia, François Hollande y el jefe de Gobierno de Italia, Matteo Renzi en la isla de Ventotene, en el golfo de Nápoles, fue la primera señal, aunque más simbólica que práctica, del desafío que se impuso la canciller, en vísperas de una cumbre informal que debe tener lugar el próximo 16 de septiembre en Bratislava. “Muchos creyeron que había llegado el fin de la UE después del Brexit, Pero no ha sido así. Queremos iniciar un nuevo capítulo en su historia”, afirmó Renzi, el anfitrión del encuentro, durante una rueda de prensa realizada a bordo del portaaviones italiano Giuseppe Garibaldi.

Los tres líderes europeos también abordaron otros desafíos que tiene por delante la casa comunitaria y de cuya solución depende también una mayor y mejor integración entre los 27 socios: La lucha contra el terrorismo, una más estrecha cooperación para alentar el crecimiento económico y una solución común para la crisis de refugiados, este último punto, una tema delicado y casi personal para Merkel.

En Tallín, Merkel solo recibió elogios de su anfitrión, el primer ministro Taavi Roivas, quien admitió, al darle la bienvenida a su ilustre huésped, que el se sentiría alegre si Europa se hiciera un poco más alemana. En Tallin, Merkel se refirió a la posibilidad de buscar un nuevo equilibrio en el seno de la UE y pidió “calma” para el nuevo proceso de reformas.

Pero la canciller alemana vivió en carne propia en Praga y Varsovia una nueva enfermedad que nació en el seno comunitario a causa de su política de refugiados que intentó imponer en la UE. Cuando llegó a Praga fue recibida con un coro de abucheos y vio carteles con su imagen en la que habían pintado el famoso bigote de Adolf Hitler.

En Varsovia, Merkel se reunió con los líderes políticos del llamado Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovenia), un encuentro que le demostró que su liderazgo europeo es rechazado, algo raro en países que hace 25 años pertenecían al bloque comunista. El encargado de mostrarle los límites, fue el primer ministro húngaro Viktor Orban, quien dio a conocer que blindaría sus fronteras para impedir la llegada de nuevos refugiados y rechazó, una vez más, la cuota obligatoria para recibir a refugiados.

La canciller replicó con una frase conciliatoria: “Uno de los principios de la Unión Europea es admitir diferencias de opinión. Tenemos que mencionarlos, hablar al respecto e intentar buscar soluciones comunes”, dijo. Merkel optó por ignorar la rebelión y prefirió poner el acento en el desafío principal al cual está enfrentada la UE. “El Brexit es un punto de inflexión en la historia de la Unión Europea y es muy importante que podamos encontrar las respuestas adecuadas. Los ciudadanos europeos aceptarán a la UE, si somos capaces de ofrecerles un futuro próspero y mejor”, dijo.

La semana europea de Merkel concluyó este sábado en el castillo de Meseberg donde recibió a los jefes de gobierno de Austria, Bulgaria, Eslovenia y Croacia. En la noche del viernes había cenado con los jefes de gobierno de Holanda, Suecia, Dinamarca y Finlandia. Ambos encuentros concluyeron sin declaraciones a la prensa.