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Los Clinton, el escándalo y las apariencias

Los conflictos de intereses por la fundación que lleva su nombre empañan la campaña de la demócrata

Hillary y Bill Clinton, en la última convención demócrata.
Hillary y Bill Clinton, en la última convención demócrata.

Es distinto un escándalo que la apariencia de un escándalo, y no es lo mismo ser corrupto que arrastrar la reputación de serlo. Hillary Clinton, que lleva cuatro décadas en la política, se ha movido siempre en este territorio. Nadie, nunca, ha demostrado que la candidata demócrata a la Casa Blanca haya cometido ningún crimen, ni que sea corrupta, un verdadero milagro teniendo en cuenta el tiempo que se ha dedicado a este negocio. Pero siempre ha cargado —por su propia negligencia, por la afición a jugar peligrosamente de la línea fina que separa el escándalo del simple error, y por la saña de sus enemigos— con la peor de las reputaciones.

El último caso, el de la fundación que lleva el nombre de su familia, serviría como ejemplo prefecto en un manual introductorio de clintonología.

La dejadez de los Clinton a la hora de anticipar las críticas por conflictos de intereses. La mezcla de lo público y lo privado. La obsesión destructiva contra ella de los republicanos, y algunos demócratas. La tendencia a imaginar lo peor cuando Hillary Clinton está de por medio (alimentada recientemente por fantasías televisivas como House of Cards). Y finalmente las dificultades para encontrar la prueba definitiva.

Todo esto se concentra en el caso de la Fundación Clinton. Bill Clinton habría podido dedicarse, después de abandonar la Casa Blanca en 2001, a pintar al óleo como su sucesor George W. Bush, o a jugar a golf. Decidió usar su experiencia y su red de contactos para impulsar una organización filantrópica que, solo con su nombre, era capaz de atraer millones de dólares en donativos. Seguramente muchos donantes se fiaban de él: poner el dinero en sus manos era una manera de garantizar que sería bien gastado.

Pero aquí llega la primera sospecha: que algunos donantes contribuyesen no pensando en las buenas obras, o no solo, sino para obtener algo a cambio. Dar dinero a la Fundación Clinton era una manera de comprar el billete de entrada a uno de los círculos de poder más exclusivos. Cuando Hillary Clinton fue nombrada secretaria de Estado, en 2009, estas sospechas se dispararon. Entre los donantes se encuentran Gobiernos e instituciones extranjeras que podrían intentar influir en la política de EE UU.

Trump describe la fundación como “una vasta empresa criminal”; él fue donante hace años

Ahora que ella puede ser presidenta el debate regresa con más fuerza. Primero, por las noticias recientes sobre el acceso de donantes de la fundación a Clinton cuando ella era secretaria de Estado. En muchos casos, intentaban pedir favores, o reunirse con ella, y no lo lograban. Decenas se reunieron con ella durante aquella etapa, pero con frecuencia se trata de personalidades que probablemente habrían podido ver a la secretaria de Estado sin necesidad de ser donantes, y en cualquier caso no se ha acreditado que ella les favoreciese a cambio de los donativos a la fundación.

Como ocurre con frecuencia con los Clinton, todo está envuelto en una nebulosa de sospechas y suposiciones sin demostrar. La pistola humeante nunca aparece. Quizá la solución definitiva sea paralizar la fundación en el caso de victoria de Hillary Clinton ante el republicano Donald Trump en noviembre. Para Trump, es un argumento central en su campaña. La describe como “una vasta empresa criminal”, un monataje corrupto por el que Clinton concedía favores a cambio de donativos. Uno de estos donantes fue el propio Donald Trump: dio entre 100.001 y 250.000 dólares, según los archivos de la fundación.

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